miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tríada. El imperio de la desmesura

En 2006 Mauro Guzmán se duplica, se traviste y se transforma dando luz a una figura emblemática, a la que da a conocer con el nombre de Linda Bler. En sus intenciones no está el propósito de usar un sobrenombre, sino la creación de un personaje cuyo epígrafe de artista poseída –con referencia al papel de la actriz Linda Blair en El exorcista- responde a la institución de un alter ego femenino en el campo del arte. Encarnado por el autor, este fenómeno protagoniza, en adelante, cada una de sus entregas fílmicas.
Las tituladas Trilogía del terror (2006-2008), Trilogía del amor trágico (2008) y Trilogía animal (2009), realizadas bajo el sello de Studio Brócoli, fueron desarrolladas a partir de la inserción de esta otra identidad artística, que ingresa en este mundo de puestas artístico-cinematográficas desde su estatus de entidad ficticia.  
En este esquema, Guzmán pasa a ser el director de una serie de films cuya estrella principal es su segunda personalidad. Un guiño eminentemente duchampiano, emocionalmente problemático por la imposibilidad de concretar ese escape de sí mismo propio del deseo constitutivo del planteo de Rrose Sélavy.[1] Guzmán sigue siendo Guzmán, en tanto autor. Pero también es Linda Bler, su alter ego. Un juego entre «yo» y «mí» cuya dualidad es estigmatizada a través de un círculo productivo que hoy podemos interpretar a partir de una estructura de concepción triádica.
Los tres grupos de films-obras de esta tríada funcionan como eslabones de un circuito determinado por el uso, el abuso y la fisura de ciertos mecanismos de construcción de las artes visuales, el cine y el teatro. Como interpretante, en el proceso de semiosis,[2] el artista se transforma en esos espectadores mutantes que se distancian a cada momento de los fenómenos estéticos que toman como referencia al mismo tiempo que reniegan de ellos. Decía Susan Sontag, la interpretación es la venganza que se toma el intelecto sobre el arte. Y aún más, es la venganza que se toma el intelecto sobre el mundo.[3]
Estas condiciones que acarrea la interpretación terminan situando al trabajo de Guzmán en un terreno de investigación: sobre géneros cinematográficos, sobre el universo de la puesta en escena, sobre performance. Justamente en los espacios del ensayo, el autor logra la fusión definitiva del experimento con el proyecto-idea desplazando el espíritu exclusivamente accidental que sus pruebas de cámara parecían tener en un primer momento.
En este contexto, Tríada se constituye como un pensamiento actuado y materializado que compila ciertas problemáticas radicadas en esos procesos de interpretación, vinculadas con ese gran monstruo que es la ficción. Como tal, hoy nos será útil para desplegar una visión inicial sobre algunas de las claves del discurso actual del artista.


NOTAS

[1] […] “Nunca me interesó mirarme en un espejo estético”, asegura Duchamp. “Siempre intenté escaparme de mí mismo, aunque sabía perfectamente que sólo podía usarme en una suerte de juego entre «yo» y «mí», por así decirlo”. Speranza, Graciela, “Duchampianas 3”, en: Fuera de campo. Literatura y arte argentinos después de Duchamp, Barcelona, Anagrama, 2006, p. 204.
[2] El empleo de categorías como semiosis e interpretante, así como también las repetidas menciones a lo largo del texto en torno a la existencia de una concepción triádica, se corresponden con un marco de referencia general donde se alude diagonalmente a la semiótica triádica de Charles Sanders Peirce.
[3] Sontag, Susan, Contra la interpretación, Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2005, p. 30.


Fragmento del ensayo Tríada. El imperio de la desmesura. Publicado completo en el catálogo de la exposición Tríada / Proyecto Linda Bler. Artista poseída, de Mauro Guzmán, Rosario, Museo Diario La Capital, 23 de septiembre al 1° de noviembre de 2009. Enlace a la muestra en este blog: click aquí

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