viernes, 10 de abril de 2015

Miguel Carlos Victorica | Vida, obra y contexto

[...] La consagración boquense

Hacia fines de los años 20, la paleta de Victorica viró hacia la claridad. En el óleo Primavera (1929) planteaba una preocupación explícita por las formas, extraña para su recorrido pictórico que siempre había privilegiado su desvanecimiento antes que su precisión. En cuanto a los colores, Victorica se explayaba, por primera vez, en el uso de los blancos, acentuando los contrastes y la disposición espacial entre figura y fondo.
Mientras La Boca permanecía cada vez más en la mira de los consumidores culturales de Buenos Aires, Victorica continuó con la producción de sus obras, generando un interés notable entre sus pares y también en la crítica. En 1930, participó en el Salón de Pintores y Escultores Modernos, realizado en la Asociación Amigos del Arte y organizado por Alfredo Guttero. Al año siguiente, hizo su primera exposición individual en esa emblemática entidad, en el mes de mayo. Por entonces, había comenzado a pintar su conjunto de balcones, que desarrolló a lo largo de varios años. Tanto la pieza Balcón o Balcón de La Boca, de 1931, como Balcón, de 1948, envían, en palabras del crítico alemán Sigward Blum, a la espontaneidad del francés Henri Matisse.
Cabe señalar que su gusto por los balcones delata su amor por los antiguos edificios coloniales, y una mirada más introspectiva de su barrio, que lo diferenció considerablemente de varios de los pintores de La Boca; por ejemplo, de su cofrade Quinquela Martín, que convirtió al Riachuelo en un ícono de sus imágenes.
En 1932, Victorica ganó el Primer Premio en el Salón Nacional, con el cuadro titulado Franchise (ca. 1913). Cuatro años después, Quinquela Martín adquirió su pastel La Cancionera, para la colección del Museo de Bellas Artes de la Boca, que se inauguraría recién en 1938.
Los reconocimientos que recibió en esta década y en adelante lo mostrarían como un artista maduro en el plano pictórico. Asimismo, se advierte en las críticas la personalísima figuración practicada en sus obras y, dentro del esquema biográfico, su devoción y práctica del catolicismo, su timidez pese a su nivel de sociabilidad en el barrio, sumados al supuesto de que vivía falto de dinero. Un rasgo que afirma su vínculo estrecho con los alentadores de La Boca es que, además de estar presente en las actividades de El Ateneo Popular, participó activamente en la Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso. Como señala la historiadora María Teresa Constantín, heredera de la tradición asociacionista del barrio de La Boca, en cuya base se encontraban las ideologías obreras de la época, esta entidad empezó a funcionar en 1940, en el estudio de su colega Lacámera.
En 1941, Victorica recibió el Gran Premio Adquisición del Salón Nacional, por su conocida obra Cocina bohemia. Por ese entonces tenía 57 años. La alegría de sus compatriotas inundó las calles cuando Impulso organizó una gran fiesta popular en el distrito, donde el triunfador fue escoltado por Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto y Lacámera, en un desfile encabezado por los Bomberos Voluntarios, que culminó con una cena homenaje.
Posteriormente, deseoso de enriquecer sus referencias temáticas, decidió recorrer algunas provincias argentinas, y también Chile, Bolivia y Perú. Desde sus primeros viajes, había sido partidario de volver con carpetas llenas de bocetos y apuntes, para luego expandirlas en el taller o trasladarlas directamente sobre la tela. Entre sus trabajos de paisajes más frecuentes se encuentran las vistas del Parque Lezama, que dibujó reiteradamente, así como también los panoramas de las montañas cordobesas, ilustradas en la pintura Sierras.
La naturaleza muerta fue uno de los géneros que desarrolló con frecuencia. Entre una de las tantas que pintó, se encuentra la obra de 1944, la cual cumple con ciertas convenciones acerca de este género que abrió nuevas puertas a los artistas en distintas épocas, habilitándolos en el siglo XX a ocupar un lugar dentro de las disputas del arte moderno. Si a Paul Cézanne este tema le había permitido forjar nuevos lineamientos espaciales en sus imágenes, a Victorica lo introdujo en ciertos niveles de abstracción. “[…] es allí donde se pone más en evidencia la libertad que predomina en la concepción espacial de sus composiciones, en la manera de distribuir los objetos, de alejarlos y acercarlos, de jerarquizarlos y de poner en diálogo unos con otros. Convertidos en simples manchas de color, los diversos elementos se distribuyen en la superficie del cuadro, casi sin referencia alguna al volumen […]”. [4]
De sus numerosas participaciones en exposiciones y en salones oficiales posteriores a esta fecha, se destaca la muestra que, en 1949, hizo junto con sus camaradas Lacámera y Quinquela Martín, organizada por Impulso. Ese año también exhibió óleos y dibujos en El Ateneo Popular de La Boca.
En 1950, el Salón Nacional de Buenos Aires lo tuvo como invitado de honor. Realizó una retrospectiva en la galería Peuser, donde compartió el espacio con Lino Enea Spilimbergo, amigo y admirador de su obra. Más adelante, en 1952, formó parte del envío argentino a la Bienal de Venecia y obtuvo el Gran Premio de Honor en el Salón Anual de Santa Fe, por su obra Jesús Nazareno. [...]


NOTAS

[4] Canakis, Ana, “Miguel Carlos Victorica, un intuitivo”, catálogo de exposición Victorica, Buenos Aires, Fundación Alon, 2007, p. 16.

Fragmento del ensayo: "Miguel Carlos Victorica. Vida, obra y contexto".
El texto completo se encuentra publicado en: Miguel Carlos Victorica, colección Pintores Argentinos, Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2015, pp. 10-28.

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