jueves, 1 de febrero de 2018

Del borrador a la clarividencia: Grela conferencista

A diferencia de las exposiciones, los archivos operan muchas veces como espacios de reinvención de la intimidad. Entre los documentos de un museo personal están los papeles escritos, oficiando como señuelos para acceder a aquellas zonas más frágiles y menos visibles de un pensamiento. Y quizás también a las más ficcionales.
Ahí tenemos entonces a una pila de borradores; notas preparatorias para conferencias y clases escritas a mano alzada por Juan Grela. Parajes donde el creador, desdoblado entre la vida familiar y la pintura como doctrina cotidiana, se manifiesta como un hombre concentrado, preocupado y oscilante, siempre sujeto a una noción programática de futuro.
Imaginémoslo invitado a disertar en público, teniendo que haberse encontrado plenamente implicado en los problemas arraigados en la preparación de un tema, en la responsabilidad de hablar ante la gente generando un hecho escénico. Un Grela debiendo dirigirse a una audiencia, que por más grande o pequeña, le iba a permitir generar conversaciones motoras de ideas disidentes y punzantes para la escena artística rosarina. Un hombre poniendo a disposición sus hipótesis e investigaciones en curso, con preguntas abiertas, y en ocasiones ortodoxas y contradictorias.
Durante la década del 40, Juan Grela comenzó a mostrar lo que podemos considerar una de sus facetas irreductibles como artista visual. Mientras se obstinaba a “hacer cosas con palabras” apareció el ímpetu performativo que define a los actos del habla. El del conferencista, cuyo espíritu discursivo, evidentemente latente y estimulado desde el período de la Mutualidad en los años 30, lo convertiría en uno de los intérpretes más agudos de su trabajo. En un ideólogo del arte que transitaría en forma protagónica por fuera de los centros académicos.
Junto a su lenguaje plástico, sus formas de inscribir las palabras, de discutir en el seno de su propia práctica escrituraria, abonaron además de una posición radical, que cuadra con los principios de quienes encabezaron las distintas campañas del arte moderno en el mundo, una filosofía de vida artística. Un modo de proceder sobre el que se explayó disertando.
A través de cuatro encuentros, en 1985 Grela dictó una conferencia magistral en el denominado en ese momento Centro Cultural Bernardino Rivadavia. Transcripta recientemente y por primera vez aquí publicada, trasciende en el marco de una larga tradición, que comenzó a desarrollar dentro de dos organismos de Rosario: la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos y la Asociación Amigos del Arte. Estas entidades promovieron la realización de las primeras charlas y cursos a su cargo.
Cuenta Grela en una de esas jornadas, que fue precisamente en la primera de estas entidades, que a fines de los 40 mostró una serie de dibujos icónicos sobre el barrio La Basurita. Con una anécdota sustanciosa, expresa que la puesta de la mirada en las secuelas de los imperios ideológicos que reproducen parámetros de desigualdad y dependencia —donde avanzan tópicos como pobreza, marginación, estado miope o ausente–, lo llevó a rebatir slogans políticos de esa época. Y de esta manera, a denunciar la brecha existente entre quienes gozan de ciertos privilegios y quienes no pueden hacerlo.
Si hay algo que define al Grela conferencista, es ese ímpetu de visión, de señalamiento en progreso que coopera con la enorme resonancia que tienen hoy su figura y sus palabras. A esto se debe que se haya convertido en un personaje mítico, redentor de todos aquellos que en los setentas y ochentas quisieron seguir pintando, y de los que al día de hoy producen a la luz de sus argumentos. Es como si a lo largo de los años, hubiera erigido un basamento desde el cuál detentar cada vez un nuevo hallazgo, siempre en correspondencia con un pensamiento realista. Una perspectiva con la que descubrió en la incertidumbre un factor esencial del arte.
Es esa obstinación realista la que, en el plano estético, llevó a Grela a la concepción de una realidad finalmente incopiable, mutante en el tiempo. Y la que definió que el tiempo de Grela fuera expandido, pausado, percibido como una sucesión de etapas. Un lapso en el que confluyeron la lógica con la emoción, el intimismo con la inclinación por temáticas sociales, la figuración monumental y la obsesión por el encuentro con las razones geométricas del arte. Un plazo en el que el artista se dejó atravesar radicalmente por preguntas clave. ¿Qué es pintar en Rosario? ¿Cómo hacer de la pintura un hábito y una proeza laboral? ¿Cómo abordar los nuevos engranajes entre realismo y abstracción en la esfera de las ambiciones comunistas? ¿Cuál es el rol del arte y de los llamados plásticos en una sociedad en la que lo real ya no consistirá más en algo ontológicamente sólido y unívoco, sino, por el contrario, en una construcción de conciencia individual y colectiva?
De la mano de Grela la realidad parece ser la pintura. O mejor dicho, resistir desde la pintura, pero apelando al señalamiento a través de la lectura de sí mismo en voz alta.
Ahora bien, cabe señalar que el Grela conferencista no puede ser desplazado de su afán de maestro y de su faceta de aprendiz. Precisamente en esta confluencia se halla el pretexto para apartarlo del autodidactismo como condición. Y en el mismo sentido, para acercarlo a la figura del teórico e, inclusive, a la del historiador.
Por supuesto, aquí no hay plaza para divisar la inexistencia de una formación académica. Pero hay algo más importante que desandar el autodidactismo con el que en un principio se asumía en sus currículums y con el que lo asociaron escritores como Ernesto B. Rodríguez, y que nos lleva a entender las pedagogías de entrecasa. Esas que se engendran en el interior del taller de un pintor, de cualquier realizador. Y es la connotación de aquella sentencia de Grela que asocia una manera muy particular de hacer con la influencia de los maestros, con la existencia de un pasado que antecede.
Por ende, tiene explicación que sus estudios, conferencias y cursos pronunciados durante alrededor de cuatro décadas lo hayan llevado a desplazarse por la historia del arte, consignando temas que evidentemente fueron elementales para el despliegue de su producción. Primitivismo, Renacimiento, plástica nacional, El Guernica de Picasso, el grabado, el tema en el cuadro, universalidad de los medios plásticos, figuración, nuevas técnicas en la plástica, la labor del pintor y la obra y el espectador, entre otros, son algunos de los tópicos que encontramos en sus borradores. A éstos se suman osados abordajes sobre la génesis de la cultura artística en el ámbito local; lecciones donde no dudó en incorporar su mundo personal a los relatos, sus propias encrucijadas entre arte y vida. Esto implicó que estuviera dispuesto a consignar sus destrezas cotidianas —incluyendo las vinculadas con sus técnicas plásticas, como preparar los soportes acondicionando los pliegos que le facilitaban los almacenes donde hacía las compras–, también como acciones permanentes de pensamiento.
Los ensayos que desarrolló en los escritos preparatorios para sus presentaciones, al igual que las marcaciones que se ven en sus libros, son una suerte de puesta en progreso de ese pensamiento. Como autor sugiere en esas líneas y entrelíneas algunos puntos de vista sobre los cuales emprender una aproximación a su trabajo. Alusiones adonde juega con la capacidad de interpelar su propia obra, considerándola como un itinerario abierto a proyecciones espirituales y coordinadas, admitiendo nuevas direcciones.
Son, en efecto, la escritura y los actos del habla, dominios con los que Grela se hizo cargo de sus propios hallazgos. Los despojó de cualquier ligereza y los usó para redefinir los alcances de una expresión que estaba seguro, tenía que nacer del inconsciente. Aquí es cuando podemos ver al artista pensándose por fuera del movimiento de Arte Concreto Invención, al cual fuera seducido a participar por Tomás Maldonado. “Yo nunca he podido entrar en nada que realmente no sienta o no entienda”. O al que continuamente declara sus discrepancias con los ismos, porque no cree en ellos. Hete aquí nuevamente la visión realista de Grela. La que hace que en esta radiografía prevalezca lo que probablemente más lo identificó como maestro. La firmeza, la sensación de que en cada momento hay la necesidad de una toma de decisión. El arte o la religión, figuración o abstracción. Sin embargo, al mismo tiempo, la impresión de que en cada decisión prescribe el triunfo de la vigencia eterna de esas duplas históricamente inevitables, a las que se pueden sumar otras como arte y política, teoría y acción.
Esa solidez, la pisada en profundidad, dotada de una carga humanista existencial, se siente con vigor en la conferencia de 1985. Es que es en esta década cuando Grela puede leer el sumario de los vaivenes determinantes de su propuesta estética, concibiendo a la sección áurea como un método decisivo. Un dispositivo que, como muchos procedimientos del arte contemporáneo, debió ser abandonado para conducir a lo otro, al régimen experimental. Con la regla de oro Grela se fue pragmáticamente del realismo, pero jamás lo desechó como proeza intelectual. Y es con ella que inició su romance con la libertad asistiendo a la emancipación de sí mismo.
En la imagen del conferenciante, podemos ver entonces al artista actuando en el rol de un verdadero médium. Compositor e intérprete de un lenguaje pulido en los diversos tránsitos del borrador a la oratoria. Da la sensación de que todo aquello que fue observando, asumiendo y discutiendo desde los inicios, saliera ahora a la luz a modo de tesis, como un parlamento libre de ser reactivado.
No es casual que estas charlas de 1985 sean una suerte de antesala de las que iba a dar dos años después en la Universidad Nacional de Rosario. Históricamente al margen de la academia, Grela llegó a la prestigiosa Facultad de Humanidades y Artes en el momento en que su vivencia de la libertad parecía coincidir con la necesidad de profesar institucionalmente su pensamiento. Una filosofía propia, de culto, en la que conviven en forma dialéctica fundamentos comunistas con sentidos capitalistas, el impulso colectivo con el individual, el tecnicismo con el abandono de fórmulas destinadas a la representación, el acercamiento y la lejanía con respecto a las vanguardias.
Valga la redundancia, estamos ante un Grela reciamente moderno, vidente, cuya voz hoy se encuentra suspendida en ciertas metáforas de la cultura contemporánea. El escaparate, la vacilación, el desvío, las huídas hacia los márgenes y el derrame de claves que, bajo el manto de la experiencia discursiva, abren a otras claves.

Nancy Rojas

Prólogo del libro Dentro de uno está el universo, de Juan Grela G., publicado por la editorial Iván Rosado, Rosario, 2018. Referencia: click aquí.

viernes, 20 de marzo de 2015

Juan Grela | Vida, obra y contexto

[...] La consolidación del orden “constructivo”

Frente a la injerencia del peronismo en la vida política y social (1946-1955), en 1949 Grela, Garrone y Gambartes se plantearon la posibilidad de concentrar a un conjunto de creadores para generar un espacio de intercambio, producción y visibilidad, diferente al de sus experiencias anteriores; es decir, poniendo el foco de discusión en la pintura, y no en la política.
Después de una serie de tertulias informales y una muestra piloto, se formó el Grupo Litoral, con Grela, Gambartes, Garrone, García Carrera, Uriarte, Warecki, Santiago Minturn Zerva, Alberto Pedrotti, Manuel Gutiérrez Almada, Hugo Ottmann y Oscar Herrero Miranda. Luego se sumaron Froilán Ludueña, Pedro Giacaglia y Arturo Ventresca.
La primera muestra del grupo se hizo en la galería Renom, donde se dio a conocer su manifiesto: “[…] No propiciamos escuela ni somos catequistas de ningún ‘ismo’. Solo condenamos el sentido académico y las fórmulas convencionales, en cuanto consideramos que ellas coartan la libertad del hombre para expresar las revelaciones de su nuevo espíritu con un nuevo lenguaje […]”.
Hasta 1958 el colectivo realizó muestras en Rosario, Santa Fe, Tucumán, La Plata y Buenos Aires, situación que impulsó su ingreso en el circuito artístico porteño y, en consecuencia, en el mercado del arte.
Fue en este período, que Grela dejó la peluquería para abrir una librería en el garaje de su casa. Asimismo, realizó su primera muestra individual en Buenos Aires, en la galería Van Riel (1958).
Frente a la heterogeneidad que caracterizó a Litoral, Grela compartió la misma posición que Gambartes. En la búsqueda de un arte universal, ambos se acercaron al constructivismo uruguayo de Joaquín Torres García, convertido poco a poco en la fuente principal del pensamiento de Grela. Su lenguaje derivó así en una figuración sintética y equilibrada, lograda a través del uso del la sección áurea en las composiciones. En una conversación con Andrea Giunta señalaba: “Para mí fue fundamental poder aplicar la sección áurea que usé durante unos diez años, incluso en la firma. Mi vida, durante esos años, cambió. Incluso renuncié al PC. Para mí, el número áureo tiene otras lecturas. Veo en la parte mayor la representación de la vida y en la más chica la de la muerte. Y a las dos debo aceptarlas, porque las dos son vida, una de un modo y otra de otro. Esto me dio una concepción equilibrada”.
Son paradigmáticas de esta época sus témperas de 1955 como Sin título. Éstas parecen reflejar un momento de ejercitación y de estudio en torno a ciertas composiciones constructivas de Torres García. En ellas plasmó formas que remiten a utensilios y objetos de uso cotidiano con una densidad cromática diferente, definida por el uso predominante de los colores primarios.
Esta síntesis formal quedó aún más acentuada en sus piezas de los 60. Por un lado en obras como El patón (1962) y Sin título (1963), que responden a una figuración geométrica de gamas atenuadas y agrisadas. Por otro, en Villa El fuerte (1965), donde grandes zonas de color plano, sin texturas, magnifican esa condición simbólica que le permitía al autor hablar líricamente de las realidades suburbanas, logrando imágenes equilibradas, pulcras y cándidas.
Después de Litoral, Grela inició una importante labor docente en su taller durante alrededor de diez años. Mostró su producción individualmente, participó en exposiciones colectivas y se mantuvo vinculado con galerías, instituciones, y también con coleccionistas que apoyaban al arte moderno (Emilio Ellena, Isidoro Slullitel, Eduardo de Oliveira Cézar y Domingo Eduardo Minetti, entre otros). Esto propició que, en 1961, Aid pudiera cerrar la librería, para ambos vivir del arte.
En 1962 la pareja abrió su propia galería en el espacio donde Grela daba clases: El taller. Allí ambos organizaron muestras de alumnos, algunos de los cuales formaron parte del movimiento de vanguardia generador de las acciones que culminaron en 1968, con la obra colectiva de denuncia Tucumán Arde. [...]


Fragmento del ensayo: "Juan Grela. Vida, obra y contexto".
El texto completo se encuentra publicado en: Juan Grela, colección Pintores Argentinos, Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2015, pp. 12-29.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Juan Grela. Del realismo intimista a la abstracción total

Complejo de Salas San Martín, 4 de Enero 1510, Santa Fe, Argentina.
Inauguración: 8 de septiembre de 2011.
Cierre: 9 de octubre de 2011.
Curaduría: Nancy Rojas.
Coordinación general: Nadia Insaurralde.
Entidad organizadora: Gobierno de Santa Fe, Ministerio de Innovación y Cultura.
Colecciones presentadas: familia Grela Correa, Emilio Ellena, Edith Busleiman y Rodolfo Elizalde, familia D’ Aloisio, familia D’ Ambroggio, Leónidas Hugo Gambartes, Emilio Ghilioni y Norma Giorgetti, familia Messing, Adolfo Nigro, Mario Schujman, Mele Bruniard y Eduardo Serón, museo Castagnino+macro, Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez.
Esta muestra se completa con un libro, que cuenta con textos de Emilio Ellena, Guillermo Fantoni, Andrea Giunta, Nadia Insaurralde y Nancy Rojas, a los que se suma una cronología de Yanina Bossus. Dicha publicación se halla actualmente en proceso de edición.


Acerca de la exposición
Juan Grela es uno de los referentes de la historia del arte de Santa Fe. Su obra se define en el contexto de un proceso cultural específico del siglo XX en la Argentina; aquel que manifestó un cambio en las producciones artísticas a partir de una serie de búsquedas determinantes para la consolidación de los lenguajes modernos en el campo del arte.
Esta exhibición cumple con la aspiración de volver a presentar la producción de este gran maestro en uno de los museos de la ciudad que lo recibió en variadas oportunidades.
La selección de obras responde a la decisión de exponer sus principales etapas de creación y su posición ideológica frente a los avatares de la modernidad. Asimismo, hace hincapié en las inquietudes y contradicciones del artista a la hora de definir sus elecciones en materia de lenguaje y de tendencias políticas.
Las piezas, pertenecientes a distintas colecciones públicas y privadas, nos permiten visualizar un recorrido desarrollado desde una suerte de realismo intimista hacia una concepción estética basada en las pautas de una abstracción total. Junto a estas obras, presentamos también algunos documentos pertenecientes al archivo Grela, relacionados con su participación en dos de las formaciones artísticas más importantes de Rosario: la Mutualidad de Estudiantes y Artistas Plásticos, en los 30, y el grupo Litoral, en los 50.
El guión curatorial consiente una posible interpretación sobre la funcionalidad de ciertas líneas de referencia que, como el universalismo constructivo enunciado por Joaquín Torres García, definieron su discurso volcándolo hacia una versión inaudita del arte moderno argentino.


Juan Grela nace en Tucumán en 1914 y en 1925 se radica en Rosario, ciudad donde muere en 1992. Desde 1939 participa en numerosas exposiciones individuales, colectivas y salones en varias provincias. Realizó una importante labor en el campo de la enseñanza en su casa-taller, por donde pasaron varias generaciones de artistas. Recibió numerosos premios, entre los que se hallan el Premio Emilio Pettoruti en pintura, otorgado por el Fondo Nacional de las Artes y el Premio Rosario discernido por la Academia Nacional de Bellas Artes e instituido por la Fundación del Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino, ambos de 1982. Integró la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos de Rosario (1934-1937) y co-fundó el Grupo Litoral (1950-1959). En la formulación de su discurso estético-crítico tomó como referente a Antonio Berni, su maestro inicial y padre de la Mutualidad, y a Joaquín Torres García, de quien aprehendió las premisas estético-filosóficas del Universalismo Constructivo las cuáles guiaron su producción entre mediados de la década del 50 y durante los años 60.

Datos de la obra reproducida: La negrita, 1947, óleo sobre madera, 55 x 45,5 cm, colección familia Grela Correa.

Crédito fotográfico: Norberto Puzzolo.