domingo, 15 de noviembre de 2020

Arte y vida: la vincularidad como práctica trascendental

Mele Bruniard-Eduardo Serón

Uno de los fundamentos más fuertes del arte es la vincularidad. No tantos libros piensan a los artistas visuales a la luz de sus relaciones. Uno de ellos es Contagiosa paranoia, de Rafael Cippolini, cuyos textos forman parte de esa literatura capaz de sacar al arte de la abstracción desde la que ha operado ideológicamente en el siglo XX.
Cabe recordar que, por mucho tiempo, los talleres de los artistas visuales han sido invocados románticamente como espacios solitarios, abstraídos de sus contextos. Sin embargo, es en la casa y en el taller donde conviven los artistas con sus amores, con las visitas de sus colegas y amigos, con sus dispersiones, sus visiones, sus colecciones de ideas y de objetos necesarios e innecesarios.
Mele y Eduardo se casaron en 1960. Fue a partir de 2007 que comencé a visitarlos, en el marco de la incorporación del trabajo de Eduardo en la exposición inaugural de la galería Ángel Guido Art Project, que por entonces empezó a funcionar en Buenos Aires. Para cualquier amante de las imágenes, entrar a su casa fue y sigue siendo un privilegio, pues allí los artistas fueron montando intuitivamente el museo de sus vidas creativas, desbordando el espacio con obras, libros, fotos, textos escritos por ellos mismos, piedras, dedales de la colección de Mele y otros objetos que dan cuenta, sin dudas, de la lógica específica de una modernidad aún vibrante. De unos itinerarios muy concretos y referenciales con respecto a lo que sucedió en el siglo XX en Rosario, desde la perspectiva de las artes plásticas.
Acercarse a su obra en conjunto es lícito. Y lo es porque justamente ninguno de sus trabajos fue hecho en la soledad del taller, sino más bien en la necesidad de la discusión, de los análisis exhaustivos, de los acuerdos y desacuerdos. Además, y sobre todo entre los años 60 y 70, los artistas participaron en numerosas muestras en conjunto, como la recordada Dos plásticos rosarinos en la galería Carrillo, en 1967.


En el año 2009, luego de varias entrevistas y abordajes historiográficos realizados junto con Nadia Insaurralde, el archivo de Eduardo Serón quedó desplegado en el marco de la preparación de su muestra individual en el museo Castagnino. Pero este archivo, era entonces un compendio que se completaba auspiciosamente con los relatos de Mele, haciendo imposible esa idea automatizada con la que muchos habíamos crecido de separar el arte de la vida. 
La muestra antológica de Eduardo Serón en el Castagnino se inauguró el 26 de junio de 2009. Fue en ese momento que le pedimos a Mele que nos muestre sus producciones recientes, generándose un vínculo que germinó junto con el deseo de exhibir gran parte de su obra. Así fue que el 15 de junio de 2012, luego de un año de trabajo, se abrió al público su exhibición titulada Mele Bruniard. Intérprete de la xilografía, también en el Castagnino.
La obra de Eduardo cumple un papel esencial en el arte local, pero aún más si quisiéramos trazar una genealogía del arte concreto en la ciudad. En este sentido, cabe señalar que Serón fue un disidente de los postulados que Grela y Gambartes, junto con el grupo Litoral, promovieron como característicos del arte de la provincia de Santa Fe. Serón eligió a la vanguardia sin tapujos, algo que Grela se debatió internamente hasta sus últimos días. Por su parte, Mele se abstuvo de definirse como discípula del Juan Grela grabador, y terminó construyendo un camino propio en el mundo de las imágenes impresas, eligiendo a la xilografía como régimen.
Las obras de ambos son diferentes y eso es una obviedad, pero al mismo tiempo no lo es. Hay artistas mujeres que en la vivencia de cierto tipo de vincularidad suscriben sus imágenes al mismo estilo que el desarrollado por sus parejas o maestros, ya sea por respeto, por tradición o por admiración. Esto es algo que hoy puede leerse perfectamente como parte de los rasgos patriarcales de la cultura. 
Un primer punto a señalar en la mirada de las obras de estos dos artistas en forma conjunta, anclada obviamente a un ejercicio curatorial, es la relación existente entre dos modos de experimentar el arte: la pintura y la xilografía. ¿Podría esta relación oficiar como un paradigma del arte rosarino pre y post-dictatorial?
La hipótesis de esta premisa es que la pintura y la xilografía se configuraron como las principales derivas del arte local de la segunda mitad del siglo XX. Es en estos dos ámbitos de la práctica artística que muchos artistas rosarinos definieron los lineamientos de sus lenguajes, signados ya sea por preocupaciones estrictamente formales o por detonar síntomas del entorno social, autorreferencial o familiar circundante. 
Un segundo punto a marcar es la tensión entre figuración y abstracción constitutiva de las fluctuaciones del arte moderno, y que en ambos casos fue asumida buscando un modus operandi muy particular. En el caso de Mele ese modo se organizó en torno a cierto tipo de referencia realista, anómala, con una dicción gráfica impulsora de una textualidad rica y única, como se puede ver en piezas como las del conjunto Álbum de familia, de los años 60, o en su serie Bestiario de los años 90. Eduardo buscó interpelar directamente al lenguaje, y paradójicamente lo hizo también en el contexto de una cosmovisión realista. Esto es subrayado por él mismo cuando en 1984 declaró que “las bases del concretismo están en las ideas de una pintura que sea una realidad plástica y no una realidad representativa de otra realidad”.
Un tercer punto en el que es posible recalar a partir de esta vincularidad es la interpretación, a la que ambos entendieron como leitmotiv de su estética. Mele desde el punto de vista de la elaboración de un lenguaje basado en otros lenguajes, siendo aprendiz constante de lenguas olvidadas, originarias como las quechua, cuyos diccionarios buscó y transcribió en cuadernos. Eduardo, desde un interés profundo por hacer de los elementos que conforman el plano de la pintura un sumario cuya manipulación puede producir cambios rotundos en la percepción.
Pero en el mismo plano del imaginario de sus expresiones está la convivencia de sus archivos, de sus trabajos, el hecho de verlos colgados en las paredes de una misma casa. O sus apariciones en conjunto en las pocas inauguraciones de muestras a las que habían decidido asistir por convicción.
Mele, nacida como Nélida Elena Bruniard, falleció este año dejando un inmenso legado, que sigue poniendo en evidencia la importancia de esta vincularidad forjada junto con su esposo, formadora de ambos procesos de producción artística. Es éste, un tipo de afinidad afectiva que hace que hoy en día sea imposible leer al arte más allá de la vida, es decir exceptuando el entramado que cada imagen teje dentro de una misma casa, dialogando entre los distintos cuartos, evocando al pasado y remitiendo al presente desde la futuridad. Eso es el arte, y es lo que lo hace de una sensibilidad tan potente inscripta en las imágenes que imprime, en los grabados o en las pinturas, en los dibujos o en los textos más allá de la distinción obstinada por géneros artísticos, humanos o culturales.

Publicado en: suplemento especial Maestros de la pintura rosarina en el 153º aniversario del diario La Capital, presentado conjuntamente con la UNR, Domingo 15 de noviembre de 2020 (en el diario aparece con el título Arte y vida).
Enlace al artículo en el sitio de La Capital: click aquí.

Foto: Silvina Salinas, para La Capital.

sábado, 4 de abril de 2020

Mele Bruniard: una maga oficiando en la búsqueda de un grabado de la incógnita


Por Nancy Rojas

Hacia 1962, Juan Grela le atribuyó al grabado las facultades de la magia. Dijo literalmente que, si “pensáramos un poco en lo reducido de los medios que emplea un grabador en su tarea, los consideraríamos magos que con un buril, la cuchilla, la línea, el blanco y el negro sacan a la luz una variedad tan extraordinaria de imágenes”.
En ese texto, publicado en el catálogo de la exposición que Mele Bruniard hizo en la galería Van Riel, Grela se refería puntualmente a la xilografía. Una de las técnicas que la artista estudió y abordó con un sello único desde mediados de los años 50, para convertirse en un eslabón necesario para el estudio de las artes gráficas en Argentina.
Soñaba con un gato
Por una afección conocida, durante la primera década de los 2000 Mele debió dejar de utilizar la gubia, justamente porque la xilografía requiere del uso y la fuerza de las manos. Recuerdo que eso la puso muy triste, pero no le impidió seguir produciendo otras imágenes. Sus dibujos, sus textos, su extenso archivo, su biblioteca compartida con su marido Eduardo Serón, su colección de piedras y dedales formaron parte de su corpus elemental de actos cotidianos, hasta que entró en otra faceta de introspección, que la destinaría al confinamiento absoluto al contraer una enfermedad neurodegenerativa.
Cuando en 2011 empecé a trabajar en la idea de lo que nos imaginábamos juntas como una exposición individual antológica (esta muestra tuvo lugar en el Museo Castagnino a partir del mes de junio del año siguiente), me sentí abducida por su archivo. Cada serie de obras recién salidas a la luz, cada cuaderno inédito, cada postal y cada fotografía acompañados de sus largos relatos, me introdujeron rápidamente en su complejo y fantástico universo. El de una mujer artista cuya magia la convirtió en una gran lectora de los lenguajes, en una adoradora de los objetos y de sus simbologías.
Tuvimos enormes charlas, no sólo sobre su obra sino también sobre sus hipótesis historiográficas y hasta antropológicas. Mele fue una gran narradora oral, copiadora de diccionarios, escritora e investigadora incansable, pero sobre todo una persona altamente perceptiva. Un día llegué a su departamento para relevar nuevas carpetas de obras y mientras esperaba a que terminara de escribir una carta a máquina me hizo un regalo. Me dio una pirita, la piedra de la abundancia. Cuando me la entregó me aconsejó que la tenga siempre, que debíamos cuidarnos y guiarnos principalmente por las energías ancestrales de la naturaleza.
Mele Bruniard (Reconquista, 1930 – Rosario, 2020) obtuvo numerosos reconocimientos en los últimos años, entre los que se hallan las muestras que impulsó la galería Diego Obligado en su sede (2015) y en arteBa (2018), y la publicación que realizó la editorial Iván Rosado de sus dibujos (2019). Hoy es conocida como una gran artífice de mundos icónicos, descubridora y a la vez narradora de lenguajes. Productora de imágenes misteriosas y surreales.
Comienza la época de los homenajes, que seguramente nos llevarán no sólo a recordarla sino también a releer su trabajo a la luz de los parámetros contemporáneos de las artes gráficas, de preguntas más actualizadas sobre el arte moderno, de la refundación del arte según la visibilidad de la producción cultural de las mujeres del siglo XX.
El siguiente es un fragmento adaptado del texto publicado en el catálogo que el museo Castagnino editó en 2012, en el marco de su muestra retrospectiva titulada Mele Bruniard. Intérprete de la xilografía.

“A lo largo de su trayectoria, Mele Bruniard le otorgó un lugar simbólico a la figura de la bestia, que operó como matriz de innumerables relatos visuales. En ellos, los animales son la ilusión de una realidad paralela. Una ficción sujeta a aquella concepción del pensamiento primitivo donde estas criaturas aparecen dotadas de poderes mágicos.
Su serie Bestiario, de 2004, se halla conformada por casi 100 tacos que tuvieron a Iskay-Hatun (1992) ―título escrito en maya-quiché que en castellano significa dos grandes- como punto de partida. Una estampa protagonizada por un yacaré recobrado de su historia personal. Hacia 1999 la artista transcribió: Porque un día al filo de mis cinco años fui hasta el Río Paraná que corre a quince kilómetros de Reconquista y vi, agarrada a la mano fuerte de mi padre, un enorme yacaré, es que en 1992 lo dibujé en papel y luego en la madera para cortarla y estamparla con gran diligencia.
Sagrados y poderosos, los animales de agua, tierra y aire que creó Bruniard en esta serie abarcan, entre otras especies, gatos, caballos, conejos, insectos, tortugas, loros, lechuzas, lagartos, leones, ranas, sapos, ovejas, chanchos, serpientes, toros, pájaros, ratones, peces, camellos y llamas. Cada uno de ellos expresa una dirección, una actitud y un movimiento, escondiendo cierto enigma enarbolado a partir del concubinato entre palabras en otros idiomas y componentes de una flora heterogénea.
Es preciso señalar que en las xilografías de la artista, la hegemonía del símbolo encuentra su punto álgido en el uso de la palabra. Toda su práctica se halla fundada en el vínculo entre artes visuales y letras. Algo que radica en su interés por diversas lenguas rastreadas y estudiadas a partir de intensas búsquedas en numerosos diccionarios.
El quechua o quichua es una de las familias de lenguas originarias de los Andes centrales que empleó habitualmente. Diversas palabras en este idioma ―micchi (gato), akatanka (escarabajo), inti (sol)- aparecen como significante y significado, tanto dentro del universo plástico de la imagen como en el título. También utilizó vocablos mayas y aztecas y expresiones del latín y del guaraní. A veces han sido dispuestos solamente como planos decorativos y en otros casos, como contenidos implícitos encriptados.
La serie de las Runas, comenzada en la década del 80, también da cuenta de este afán por el trabajo con el lenguaje mismo como residuo. Allí los alfabetos rúnicos yacen como inscripciones cabalísticas rememorando grafismos egipcios y medievales para transformar a la pieza gráfica en un acertijo.
Toda su producción posterior a los años 70 pareciera resolverse en torno al supuesto del mensaje cifrado, respondiendo a núcleos de significación determinados. Esto hizo que sus obras devinieran en construcciones complejas con las que fuera posible establecer diferentes niveles de intertextualidad.
En este sentido, el suyo es un grabado de la incógnita, con una fisonomía estética única, con un planteo que trasciende ciertos cánones de la xilografía como forma limitada, descriptiva y esquemática.
Es decir, el de Mele es un grabado de la interpretación. Un arte esencialmente alegórico, capaz de abrir un camino en el proceso de interpelación de la xilografía. No sólo para su propio recorrido discursivo sino también para el campo que abarca esta disciplina en Argentina”.

Publicado en: diario El ciudadano, sección Espectáculos, Rosario, 4 de abril de 2020. Enlace al artículo en El ciudadano: click aquí.

Imagen: Soñaba con un gato ..., 1978, Xilografía, 70 x 50 cm