martes, 15 de diciembre de 2009

Alberto Greco. Estudios iniciales para leer su "Vivo Dito" en Piedralaves

Alberto Greco es uno de los pioneros de la vanguardia informalista en Argentina. Con sus memorables vivo-ditos, desarrolló un lenguaje condicionado por la transgresión de normas estéticas, la jerarquía de la acción como forma y la presentación de sí mismo como referencia artística primera. Su obra se despliega entre los campos de la pintura y el arte de acciones dejando un inventario sustancial para comprender algunos de los paradigmas estéticos y críticos asumidos por el arte en el presente.
Comenzó su producción en los albores de la caída del peronismo. Un momento oportuno para la incorporación de lo nuevo al medio local y la apertura al mundo internacional, siendo ambos cometidos núcleos esenciales de la política cultural oficial.[1]
En la escena del arte argentino su obra se inscribe de una manera conflictiva. Sus propuestas lograban ser siempre una excepción para el panorama artístico porteño de fines de los 50. Como señala Luis Felipe Noé, Greco era un factor irritante.[2]
Tanto su difícil inserción como su afán de exploración y provocación constante lo condujeron a trasladarse de un sitio a otro. Buenos Aires, París, Madrid, Roma y Piedralaves fueron los principales escenarios de su proclama en función de aquella búsqueda tendiente a relacionar el arte con la vida.
En 1954, luego de estudiar un tiempo en los talleres de Cecilia Marcovich y Tomás Maldonado, Greco se instaló en París gracias a una beca otorgada por el gobierno francés. En ese contexto se interesó por el informalismo, ya consolidado como el fenómeno artístico central de la posguerra, luego de extenderse desde Francia y EEUU a polos culturales como Alemania, España, Italia y Japón.[3]
Esta estadía en el entorno parisino, adonde dicha tendencia había llegado realmente a adquirir el carácter de un movimiento moderadamente organizado, habilitó el encuentro de Greco con un planteo estético afín a sus necesidades para reformular la práctica pictórica. Allí surgieron sus primeras expresiones improvisadas, regidas por el azar bajo el signo de lo irracional y por la concepción de la pintura como actividad vital. Con relación a este concepto más adelante declararía:

"No es, como los demás creen, un atentado a la forma, al menos para mí. Esto sería ridículo. Creo en la forma de lo informe. Creo que es una posición en contra de la forma geométrica, del cálculo matemático mental, como estructura para la futura obra plástica. Nunca sentí la geometría ni las matemáticas; decididamente no las entiendo. Nunca me han emocionado. No las niego, pero creo en la otra pintura, en la pintura vital, en la pintura grito, en la pintura como una gran aventura de la que podemos salir muertos o heridos pero jamás intactos, algo así como entrar a un gran bosque sin ideas preconcebidas." [4]

En 1956, después de viajar por Italia, Austria, Londres y Arlés, Greco regresó a Buenos Aires. En la galería Antígona intentó presentar una serie de cartulinas monocromas pero no se lo permitieron, por lo que exhibió finalmente algunos guaches de su paso por París.
Viajó a Brasil, donde permaneció entre 1957 y 1958. Entre sus actividades más relevantes en ese país se destaca una exhibición individual en el Museo de Arte Moderno de San Pablo, en el que mostró una pieza elaborada con un papel manchado y recortado y algunas chatarras oxidadas. En esa instancia obtuvo el Premio Adquisición del Estado de San Pablo en pintura.
Ya con un discurso afianzado, volvió a la Argentina para concretar el sueño de formar un movimiento informalista. El contexto era propicio, habían comenzado a prosperar rápidamente los lenguajes pictóricos ligados a búsquedas experimentales, influenciados por las poéticas europeas de posguerra. Las referencias más recurrentes eran las del italiano Alberto Burri y las de los informalistas españoles, especialmente Antoni Tàpies –consagrado internacionalmente en 1958 en la Bienal de Venecia-. Por otra parte, era un período de grandes cambios en el campo de las iniciativas institucionales, tanto a nivel oficial como privado, que se manifestaba en la receptividad de los museos y las galerías hacia lo nuevo y en aquellos proyectos de fundaciones y empresas destinados a introducir formas de organización sin precedentes en Argentina.[5]
Los primeros puntapiés de este movimiento se definieron con la muestra Informalismo, realizada en la galería Pizarro en 1959, con obras de Estela Newbery, Chito Méndez Casariego, Mario Pucciarelli y Greco. Pero la instancia decisiva fue en la galería Van Riel, donde Greco, junto con Enrique Barilari, Kenneth Kemble, Olga López, Fernando Maza, Pucciarelli, Towas (Tomás Monteleone) y Luis Alberto Wells se consagraron como los exponentes del informalismo en Argentina con la exhibición Movimiento informalista. En noviembre de ese mismo año, este mismo grupo, al que se sumó el fotógrafo Jorge Roiger, hizo una exposición en las salas del Museo Eduardo Sívori, con el auspicio del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.
Por entonces, las piezas de Greco planteaban cualidades matéricas extremas, logradas a partir de diversas intervenciones. Su propuesta se fundaba concientemente en la irreverencia y en el estropeo de las buenas costumbres y formalidades. Y si bien el azar constituía un elemento sustancial en su hacer, valoraba, en primer lugar, la posibilidad de manipular la materia a través de acciones físicas sobre la superficie logrando reacciones y variaciones inesperadas. Esta modalidad se complejizó cuando empezó a adoptar tácticas dadaístas apropiándose de soportes inusitados. En el Museo Sívori presentó un tronco de árbol quemado y dos trapos de piso estirados sobre bastidores.
Por sus características y la indudable cercanía con el informalismo europeo, que ya había caído en un manierismo, esta tendencia no gozó de legitimidad en la escena porteña de esos años. En poco tiempo pasó a ocupar el lugar de lo domesticado, de una pintura fácil para invadir las galerías y el mercado. Y, ante la estrategia que Greco había programado, basada en el ingreso en el espacio artístico a través de una provocación sistemática, terminó siendo un fracaso.
Pero el mismo Greco no iba a tardar mucho tiempo en formular la decadencia de este movimiento y su falta de radicalidad. En 1961 tapizó el centro de la ciudad de Buenos Aires con carteles cuyas leyendas decían: Greco, qué grande sos, y Greco: el pintor informalista más grande de América. Esta acción, además de rebasar el límite de la iconoclasia que las instituciones, e incluso los mismos artistas, podían admitir, también terminó poniendo en evidencia su marginación del medio. Entre 1960 y 1961 el artista fue excluido de todas las instancias de consagración propiciadas por certámenes institucionales.
Como cierre de este ciclo, en octubre de 1961 realizó su última muestra de pinturas en Buenos Aires en la galería Pizarro, a la que tituló Las monjas. Aquí puso de manifiesto su posición con respecto a la pintura, ya convertida para él mismo en una teoría sobre la vida. La desesperación que antes lo llevaba a orinar cuadros ahora lo impulsaba a exhibir su camisa sucia colgando de un marco como si fuera una monja muerta.[6] En adelante, vendría un período donde las intervenciones iban a ser, prioritariamente, sobre la realidad.

El arte vivo
En 1962, en pleno auge del grupo de la Nueva Figuración,[7] que fue celebrado por la crítica como alternativa al por entonces estereotipado informalismo, Greco decidió trasladarse a París. Allí comenzó una nueva y decisiva etapa de trabajo.
Con la emergencia de sus vivo-ditos (vivo de vivido y dito de dedo, del acto de señalar, de mostrar) inauguró un tipo de manifestación fundada en la idea de que la obra ya está hecha, sólo hay que señalarla.
En el ámbito internacional, la irrupción de estos vivo-ditos coincidió con el advenimiento de una sensibilidad promisoria para la desmaterialización de las prácticas artísticas. Históricamente han sido interpretados como un conjunto de acciones precursoras del conceptualismo latinoamericano. Basándose en los postulados de Mari Carmen Ramírez, Andrea Giunta señala:

"Desde su marginalidad y valiéndose de materiales prestados, Greco iniciaba en Europa una propuesta que no llegó a incorporarse al relato de la vanguardia europea, pero que sí fue leída desde el relato de la vanguardia latinoamericana, como un acto anticipatorio y precursor." [8]

La primera iniciativa de arte vivo de Greco se concretó con la obra Treinta ratas de la nueva generación. Tuvo lugar en el marco de la muestra colectiva Pablo Curatella Manes y 30 argentinos de la nueva generación, organizada por Germaine Derbecq en la galería Creuze de París, e inaugurada el 9 de febrero de 1962. El trabajo constaba de un recipiente de cristal con fondo negro en cuyo interior residían treinta ratas blancas a las que Greco había bautizado con los nombres de los protagonistas de la exposición.
En marzo de 1962 llevó a cabo una intervención en la exhibición Antagonismos 2, de Yves Klein, César y Arman, en el Museo de Artes Decorativas. Disfrazado de hombre sándwich, se anunció con un cartel cuya leyenda decía: Alberto Greco, obra fuera de catálogo. Durante la inauguración, le pidió prestado el bolígrafo a Klein para firmar dos obras de arte vivo: una duquesa y un mendigo. Desde entonces, comenzó a realizar sus vivo-ditos en las calles de París señalando y firmando personas, objetos, animales y situaciones con una tiza.
La impronta conceptual de estas performances se vislumbra en la primera versión del manifiesto Vivo-Dito, con el que Greco empapeló las calles de Génova en 1962:

"[…] El arte vivo es contemplación y comunicación directa. Quiere terminar con la premeditación, que significa galería y muestra. Debemos meternos en contacto directo con los elementos vivos de nuestra realidad. Movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares y situaciones. Arte Vivo, Movimiento Dito. Alberto Greco. 24 de julio de 1962. Hora 11.30." [9]

Unir definitivamente el arte con la vida. Sobre este núcleo trabajaba Greco, avalado por el bagaje de las manifestaciones de vanguardia que invadían el campo artístico en esos eufóricos años 60. Ante el requerimiento de propulsar una experiencia trascendental a los espacios y las especificidades del arte, Greco respondió con un arte vivo, basado en la noción de señalamiento. La acción de marcar una realidad –persona u objeto- como obra de arte se convirtió en el eje de su estética y en una táctica discursiva recurrente para negar explícitamente la posibilidad de la obra de arte como objeto a crear.
El vivo-dito pasó a ser entonces la piedra angular de sus producciones posteriores concretadas en Venecia, Roma, Madrid, Piedralaves, Buenos Aires, Nueva York y Barcelona.
En la Bienal de Venecia de 1962 –la misma en la que Berni obtuvo el premio de grabado-, se presentó en la inauguración liberando varios ratones vivos a los pies del entonces presidente de la República Italiana, Antonio Segni. El escándalo suscitado forzó su traslado a Roma, donde prosiguió con una campaña hecha con grafitis que decían La pintura e’finitta. Viva el Arte Vivo Dito. Greco.
En 1963, después de ser acusado de blasfemo en Roma por el polémico montaje teatral de arte vivo-dito titulado Cristo 63, se instaló en Madrid. Allí, en plena etapa del franquismo, tomó contacto con los pintores Manolo Millares, Eduardo Arroyo y Antonio Saura. Junto con éste último pintó Crucifixiones y asesinatos sobre la muerte, un cuadro de grandes dimensiones que hacía referencia al asesinato de John F. Kennedy.
Luego se instaló en Piedralaves, un pueblo ubicado en la provincia de Ávila, proclamado por el artista mismo como Capital Internacional del Grequismo. En esta localidad escribió la versión completa del manifiesto Vivo-Dito:

"El arte Vivo-Dito es la aventura de lo real, el documento urgente, el contacto directo y total con las cosas, los lugares, las gentes, creando situaciones, lo imprevisto. Es mostrar y encontrar el objeto en su propio lugar. Totalmente de acuerdo con el cine, el reportaje y la literatura como documento vivo. La realidad sin retoque ni transformación artística. Hoy en día me importa más un ser cualquiera contando su propia vida en la calle o en un tranvía, que todo relato técnico y pulido de un escritor. Por lo tanto creo en una pintura sin pintores y en una literatura sin escritores. […]
[…] Una obra tiene sentido mientras se la hace como aventura total, sin saber lo que va a suceder. Una vez concluida, ya no importa, se ha convertido en un cadáver. […]" [10]

El museo Castagnino+macro posee 20 registros de un vivo-dito realizado en Piedralaves, tomados por la fotógrafa Montserrat Santamaría a pedido de Greco. Los mismos fueron rescatados originariamente para una muestra que el Centro de Arte Moderno de Madrid hizo en 2003, dedicada a esta propuesta efímera desarrollada en el mes de julio de 1963 durante una jornada. La artista española, nacida en Barcelona, le copió todas las tomas a Greco, pero el rastro de esa serie original se perdió definitivamente.

"Veraneaba con mis niños y alguien nos presentó. Conectamos muy bien. Paseábamos, hablábamos, un día me dijo esto de que haría un Vivo-Dito con todo el pueblo. […] Se puso un sombrero, cogió un caballete, hacía un poco como el cuentacuentos antiguo. La gente estaba súper extrañada. De pronto, pasaba un señor con un burro y le colgaba un cartel: “esto es un Greco". […] La performance duró un día entero. Todo el pueblo pasó por ese rollo. Luego quisimos hacer una obra de títeres. Ahí surgió el rumor de que éramos comunistas y se terminó todo." [11]

Como recuerda Montserrat Santamaría, estos registros también revelan la acción de envolver a Piedralaves con el Gran Manifiesto Antimanifiesto Rollo Vivo-Dito, que Greco confeccionó en el marco de una puesta colectiva incluyendo a la población del lugar. Conformado por 200 metros de rollos de papel dibujados y escritos, este manifiesto objetual le sirvió al autor para bautizar el territorio elegido asignándole su sello. En los pliegos, se hallaban plasmados recuerdos de infancia, fotos, noticias del pueblo, letras de tango, notas periodísticas y anotaciones sobre arte.
Las fotos ingresaron en la colección entre 2008 y 2009. Su espíritu es, esencialmente, testimonial. Relatan, en algunos casos a modo de backstage, el rol de Greco en un proyecto interactivo, hipotéticamente de carácter relacional,[12] llevado a cabo con la ayuda de mujeres, hombres y niños de esa comunidad de España.

"Apareció con un inmenso rollo de papel en blanco, que fue extendido por todas las calles, lo fue pintando él pero también con la colaboración de los niños que se volvían locos con su presencia. [...]
[...] colaboraba todo el pueblo, desde la señora que sujeta el rollo de papel desde la ventana hasta la viejita que acaba de tender su ropa y se presta con una gran seriedad a colaborar en algo que para ella era lo más importante que le habían pedido en su vida." [13]

Las imágenes desentrañan el significado de la performance como supervivencia, como zona de resistencia, y del espacio urbano como laboratorio y plataforma de la creación efímera. Pero fundamentalmente permiten concebir el sentido utópico de las operatorias de este artista. En este plano, ofrecen referencias de la transformación de Piedralaves en una gran obra, central en el proceso de consolidación del programa de acciones que planteó Greco hasta suicidarse en Barcelona un 12 de octubre. Fue ésta, la última constancia de su arte vivo: torso descubierto, brazos en cruz y en la palma de cada una de las manos la palabra Fin escrita con tinta.


NOTAS

[1] El 23 de septiembre de 1955 un golpe de Estado terminó con la presidencia de Juan Domingo Perón. Con la autodenominada Revolución Libertadora se inició un proceso de modernización marcado por la reorganización de las instituciones en función del proyecto de renovación del arte argentino. La fundación del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en 1956 fue un hecho clave de este período, donde emergieron nuevos actores culturales, formaciones e instituciones impulsados por la utopía de un desarrollo autónomo. La meta era hacer de Buenos Aires una de las capitales culturales del mundo, por lo cual resultó necesario fomentar, desde la escena oficial, la institucionalización de nuevas experiencias y la inclusión de artistas modernos en el escenario internacional. Véase el capítulo “Proclamas y programas durante la Libertadora”, en Giunta, Andrea, Vanguardia, internacionalismo y política. Arte argentino en los años 60, Buenos Aires, Paidós, 2001, pp. 85-127.
[2] Luis Felipe Noé, “Alberto Greco: cinco años después de su muerte”, en AAVV, Escritos de vanguardia. Arte argentino de los años ’60 (edición de Inés Katzenstein), Nueva York, The Museum of Modern Art, Buenos Aires, Fundación Espigas y Fundación Proa, 2007, p. 49.
[3] Cf. “El informalismo”, en Pellegrini, Aldo, Nuevas tendencias en la pintura, Buenos Aires, Muchnik Editores, 1967, pp. 63-110.
[4] Alberto Greco, Disertación en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, Buenos Aires, 1961. Citado por Jorge López Anaya en “Alberto Greco 1931-1965”, catálogo de la exposición Alberto Greco. Obras no expuestas, Buenos Aires, Mario Brodersohn - Jacques Martínez, 6 de junio al 7 de julio de 2002, p. 3.
[5] La Fundación Torcuato Di Tella y las Industrias Kaiser tienen un papel destacado en este plano de análisis. Asimismo, los programas y actividades que entidades como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Instituto Torcuato Di Tella promovieron luego de la Revolución Libertadora.
[6] Luis Felipe Noé, “Alberto Greco: cinco años después de su muerte”, op. cit., p. 51.
[7] El grupo hizo su primera exposición en la galería Peuser, entre el 23 de agosto y el 6 de septiembre de 1961, con el título de Otra figuración. En ella participaron Rómulo Macció, Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega, Ernesto Deira, Sameer Makarius y Carolina Muchnik. En 1962 la agrupación se redujo a los cuatro primeros, que continuaron realizando actividades en conjunto hasta 1965. Para identificar sus propuestas, la crítica acuñó el término de Nueva Figuración, concebido originariamente por el crítico francés Michel Ragon en 1961.
[8] Andrea Giunta, “Argentinos en París”, en: Vanguardia, internacionalismo y política…, op. cit., p. 195.
[9] Alberto Greco, Manifesto Dito dell’ Arte Vivo, Génova, 1962, escrito originalmente en italiano. El fragmento publicado fue citado por Luis Felipe Noé en “Alberto Greco: cinco años después de su muerte”, op. cit., p. 52.
[10] Alberto Greco, Manifiesto Vivo-Dito, 1963, en: AAVV, Escritos de vanguardia. Arte argentino de los años ’60 (edición de Inés Katzenstein), op. cit., pp. 38-41.
[11] Montserrat Santamaría, en García, Fernando, “Alberto Greco: la leyenda del artista que pintaba con el dedo”, Buenos Aires, Clarín, sección Sociedad, 26 de octubre de 2006.
[12] Nos referimos a la noción de arte relacional formulada por Nicolás Bourriaud, para definir al arte que toma como horizonte teórico la esfera de las interacciones humanas y su contexto social, más que la afirmación de un espacio simbólico autónomo y privativo. Véase el capítulo “La forma relacional”, en Bourriaud, Nicolás, Estética relacional, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2006, pp. 9-25.
[13] Montserrat Santamaría, en Alberto Greco. Vivo Dito en Piedralaves, cat. exp., Buenos Aires, galería Del Infinito, 12 de octubre al 15 de noviembre de 2006.


Ensayo perteneciente al archivo de catalogación de la colección del museo Castagnino+macro, Rosario, Argentina. Fecha de edición: diciembre de 2009. Enlace al archivo: click aquí.
Obra de referencia: Vivo-Dito, de Alberto Greco. Serie de acciones de señalamiento registradas en 20 fotografías por la artista Montserrat Santamaría, realizadas en julio de 1963 en Piedralaves, provincia de Ávila, España.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tríada // Proyecto Linda Bler. Artista poseída.

Una exposición de Mauro Guzmán.
Curaduría: Nancy Rojas
Museo Diario La Capital, Sarmiento 763, Rosario, Argentina.
Inauguración: 23 de septiembre de 2009
Cierre: 1° de noviembre de 2009

Tríada es la puesta en escena de nueve films pertenecientes a las tituladas Trilogía del terror, Trilogía del amor trágico y Trilogía animal, realizadas por Mauro Guzmán bajo el sello de Studio Brócoli entre 2006 y 2009.
Cada una de estas trilogías es proyectada en el contexto de instalaciones pensadas a partir de la esencia cinematográfica del proyecto, cuyo eje se halla en la traslación de películas clásicas, de géneros específicos, a producciones que fusionan elementos del cine, la literatura y la performance con problemáticas del campo del arte. 
Para el montaje se recurre a la imagen de la sala de cine, que es concebida de modo diferente en tres escenarios. La condición artístico-cinematográfica de estos espacios es acentuada por la presencia de una serie de producciones gráficas que incluyen los afiches promocionales de cada película y el packaging de presentación de las mismas.
La muestra es acompañada de un catálogo que cuenta con la presentación de Fernando Farina, un ensayo de la curadora y textos críticos de Roberta Valenti.

PRODUCCIONES: Trilogía del terror | video-instalación. Proyección: I feel like Linda Blair (2006), Carrie, the power of the mind (2007), Rosamaría’s baby (2008). Autocine Guzmán | video-instalación. Primer Premio de la quinta edición del Premio arteBA - Petrobras de Artes Visuales 2008. Proyección: Trilogía del amor trágico compuesta por Nazareno Cruz y el Arte (2008), La Nancy (2008), Boquitas pintoras (2008). Trilogía animal | video-instalación. Proyección: Linda Kong (2009), Linda y los pájaros (2009), Linda vs. Tiburón (2009). Producción gráfica | carteles y packaging de las películas del Proyecto Linda Bler. Artista poseída, 2006-2009. Artista invitado Marcelo Liñan con el video clip Sálvame incorporado en la Trilogía animal, 2009.

LINKS DE PRENSA Y COMUNICACIÓN: El exceso y la sobreexposición, por Beatriz Vignoli, Página 12, suplemento Rosario 12, 22/09/2009: click aquí Gritos y susurros, por Beatriz Vignoli, Página 12, suplemento Rosario 12, 22/09/2009: click aquí Un caso de posesión artística, por Sara D’Ángelo, La Capital, suplemento Señales, 25/10/2009: click aquí Tríada Guzmán y Tercer ojo de Jacob en el MDLC, nota filmada, video en youtube, Club de Fun: click aquí | Blog Studio Brócoli: click aquí | Página web Fundación La Capital: click aquí | Página web Museo Diario La Capital: click aquí.

Tríada. El imperio de la desmesura

En 2006 Mauro Guzmán se duplica, se traviste y se transforma dando luz a una figura emblemática, a la que da a conocer con el nombre de Linda Bler. En sus intenciones no está el propósito de usar un sobrenombre, sino la creación de un personaje cuyo epígrafe de artista poseída –con referencia al papel de la actriz Linda Blair en El exorcista- responde a la institución de un alter ego femenino en el campo del arte. Encarnado por el autor, este fenómeno protagoniza, en adelante, cada una de sus entregas fílmicas.
Las tituladas Trilogía del terror (2006-2008), Trilogía del amor trágico (2008) y Trilogía animal (2009), realizadas bajo el sello de Studio Brócoli, fueron desarrolladas a partir de la inserción de esta otra identidad artística, que ingresa en este mundo de puestas artístico-cinematográficas desde su estatus de entidad ficticia.  
En este esquema, Guzmán pasa a ser el director de una serie de films cuya estrella principal es su segunda personalidad. Un guiño eminentemente duchampiano, emocionalmente problemático por la imposibilidad de concretar ese escape de sí mismo propio del deseo constitutivo del planteo de Rrose Sélavy.[1] Guzmán sigue siendo Guzmán, en tanto autor. Pero también es Linda Bler, su alter ego. Un juego entre «yo» y «mí» cuya dualidad es estigmatizada a través de un círculo productivo que hoy podemos interpretar a partir de una estructura de concepción triádica.
Los tres grupos de films-obras de esta tríada funcionan como eslabones de un circuito determinado por el uso, el abuso y la fisura de ciertos mecanismos de construcción de las artes visuales, el cine y el teatro. Como interpretante, en el proceso de semiosis,[2] el artista se transforma en esos espectadores mutantes que se distancian a cada momento de los fenómenos estéticos que toman como referencia al mismo tiempo que reniegan de ellos. Decía Susan Sontag, la interpretación es la venganza que se toma el intelecto sobre el arte. Y aún más, es la venganza que se toma el intelecto sobre el mundo.[3]
Estas condiciones que acarrea la interpretación terminan situando al trabajo de Guzmán en un terreno de investigación: sobre géneros cinematográficos, sobre el universo de la puesta en escena, sobre performance. Justamente en los espacios del ensayo, el autor logra la fusión definitiva del experimento con el proyecto-idea desplazando el espíritu exclusivamente accidental que sus pruebas de cámara parecían tener en un primer momento.
En este contexto, Tríada se constituye como un pensamiento actuado y materializado que compila ciertas problemáticas radicadas en esos procesos de interpretación, vinculadas con ese gran monstruo que es la ficción. Como tal, hoy nos será útil para desplegar una visión inicial sobre algunas de las claves del discurso actual del artista.


NOTAS

[1] […] “Nunca me interesó mirarme en un espejo estético”, asegura Duchamp. “Siempre intenté escaparme de mí mismo, aunque sabía perfectamente que sólo podía usarme en una suerte de juego entre «yo» y «mí», por así decirlo”. Speranza, Graciela, “Duchampianas 3”, en: Fuera de campo. Literatura y arte argentinos después de Duchamp, Barcelona, Anagrama, 2006, p. 204.
[2] El empleo de categorías como semiosis e interpretante, así como también las repetidas menciones a lo largo del texto en torno a la existencia de una concepción triádica, se corresponden con un marco de referencia general donde se alude diagonalmente a la semiótica triádica de Charles Sanders Peirce.
[3] Sontag, Susan, Contra la interpretación, Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2005, p. 30.


Fragmento del ensayo Tríada. El imperio de la desmesura. Publicado completo en el catálogo de la exposición Tríada / Proyecto Linda Bler. Artista poseída, de Mauro Guzmán, Rosario, Museo Diario La Capital, 23 de septiembre al 1° de noviembre de 2009. Enlace a la muestra en este blog: click aquí

domingo, 22 de febrero de 2009

El vicio de la catalogación y la demanda de otros enfoques

A lo largo de 2005 trabajé con cuatro artistas de Rosario[1] en una serie de proyectos pactados según la necesidad de revisar perspectivas existentes sobre el arte argentino de los años 90.
Además de la fascinación que teníamos por la obra de algunos de los autores asociados históricamente al Centro Cultural Rojas, predominaba una motivación: ampliar el espectro de los debates instalados en los años anteriores, anclándonos en otras esferas de construcción discursiva con la puesta en juego de una praxis experimental donde se combinaban tácticas visuales, curatoriales y críticas.
Cito aquí a la propuesta Rosa Cobarde, que si bien quedó inconclusa en el plano de la práctica, llegó a ser formulada por escrito en términos informativos y programáticos. Consistía en la creación de un pigmento exclusivo del espacio que comandábamos, Roberto Vanguardia, cuyo lanzamiento iba a llevarse a cabo con la conmemoración de nuestro primer año de existencia.
Textualmente, Rosa Cobarde era postulado como un producto sin fines de lucro, al que pretendíamos insertar en el campo del arte como una remake conceptual del color de referencia. Innegablemente, aludíamos a los míticos usos del mismo en el ámbito social y cultural.
La iniciativa surgió a partir de una incursión en los principios adjudicados exclusivamente a lo que conocíamos como la tendencia más decisiva del arte argentino de los 90, fomentada por un grupo de creadores reunidos por Jorge Gumier Maier en el Centro Cultural Ricardo Rojas de Buenos Aires.
Entre nuestros basamentos, se hallaban varias ideas y fabulaciones sobre rosa como color-concepto. Pero por sobre todo, considerábamos que había sido una de las grandes vedettes de dicha década y, como toda vedette, tenía que ser rescatada del guaranguismo en el que había caído, luego de convertirse en un parámetro ineludible de identidad de dicho movimiento.
Evidentemente, Rosa Cobarde nos permitía hacer una mención irónica y de repliegue con respecto a aquel tipo de catalogación, asumida en función de una lectura afín con las marcas reconocibles de la era menemista, donde aparecían las categorías de arte light, arte rosa y arte guarango, entre otras.[2] Amén de ello, reconocíamos que dicha clasificación había promovido una discusión estructurada bajo esquemas opositivos que, por su estado de latencia, continuaba determinando los contenidos de numerosas instancias de debate.[3] Por eso, Rosa Cobarde también nos conducía a reflexionar sobre la relación de las expresiones artísticas y críticas vigentes con las de ese pasado reciente.
Así que, la mirada sobre rosa como paradigma no se reducía solamente a aspectos formales. Precisamente, y al ser concebido como el pigmento exclusivo de nuestra firma colectiva, Rosa Cobarde nos convertía en portadores de las ambigüedades y falencias características de las lecturas sobre el arte argentino de los 90. En ellas, encontrábamos distintos grados de evocación al contexto social, político y cultural, a ciertas vanguardias argentinas del siglo XX, al ámbito internacional y, escasas veces, a los desarrollos artísticos de tinte local. En este sentido, había una cualidad que en ese momento funcionaba como disparador constante, tanto de Rosa Cobarde como de otros proyectos.[4] Se hallaba evidenciada en la siguiente pregunta: ¿En qué medida las propuestas de los artistas de Rosario jugaba un papel específico dentro de los discursos y debates sobre el arte argentino de aquella etapa?
Ahora bien, ¿qué sucede hoy cuando nos encontramos con las Dos Cepitas de Marcelo Pombo y El incendio y las vísperas de Graciela Sacco? ¿Qué perspectivas aporta una exhibición signada por dos estéticas que acarrean la memoria de una polémica de la que se ha hablado con frecuencia?
Pombo y Sacco serían, dentro de esta representación funcional, los dispositivos necesarios para impulsar la ficción de un duelo histórico. En tal estado, sus obras suscitan una serie de cuestiones concernientes al período citado, pero también sobre cómo las mismas reinscriben en el presente sus propios parámetros de tensión con las disputas asentadas en torno a aquel momento.
Recalemos entonces en la operatoria ficcional de este planteo curatorial: sacar a Pombo y poner a Sacco.
Me interesa marcar algunas circunstancias previstas en ese proceso de revisión, dejando aflorar los dichos acreditados sobre la época en cuestión.
Entonces, primero pienso en los determinismos cabidos en la actitud de polemizar la aparente omisión de la política adjudicada a los artistas del Rojas, y también en la exclusión de aquellos creadores que expresaban un compromiso explícito dentro de las coordenadas de lo político.[5]
Traigo a colación la coyuntura de un país que, bajo la línea gubernamental de Carlos Saúl Menem, padecía las afecciones sociales causadas por el indulto a los militares involucrados en el llamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-83). Una Argentina subsumida en un modelo neoliberalista, donde los ciudadanos comenzaban a reelaborar sus propios signos culturales de emergencia articulando formatos del pasado e inventando modelos diferenciales para el presente.  
A partir de este paraje, resuelvo desviar la mirada hacia una zona un tanto delicada, abarcada por las iniciativas locales de dicho proceso de reelaboración. Aquí es donde vuelvo a antiguas inquietudes y me pregunto: ¿Qué cualidades presentan los desarrollos del arte de los distintos polos de producción del país durante los años 90? Pero, ante la imposibilidad de desentrañar pluralidades locales, me retraigo hacia otra duda: ¿Cuáles son las problemáticas faltas de consideración que manifiestan los proyectos surgidos en aquel tiempo?
Creo que justamente en este punto es posible recalar en la riqueza del esquema propuesto por Roberto Echen. Pombo y Sacco, en un estado de soledad que revela una señal clave de la disputa actual sobre el período que nos ocupa. La falta de otredades. Terceras terceridades. En esta ocasión, no lugares. Y por qué no, alegorías paradójicas de las pluralidades locales.
En definitiva, síntomas de un parecer que es certeza. La certeza de que la trama del arte argentino de los 90 se constituye en la tendencia a reconocer, analizar y situar también otros contenidos, otros ejes, otros problemas. Certeza de que también en el plano de las ausencias podemos avistar otros horizontes para verificar que finalmente no todo era color de rosa en los 90.
Hete aquí la jerarquización y su contrasentido, como un paréntesis para advertir el desdoblamiento de esta puesta en escena conflictiva, protagonizada por los discursos de Marcelo Pombo y Graciela Sacco. Artistas cuyas propuestas nos permiten percibir, no sólo dos formas diferentes de vincular arte y política, sino también complejidades específicas a la hora de procesar sus lenguajes con relación a las tradiciones artísticas. Dos trayectorias propicias para descubrir formatos distintivos de inserción y absorción de las prácticas contemporáneas dentro del circuito nacional e internacional del arte. Y además, una consideración fundamental. Sus enunciados se definen en los contextos centrales de materialización de las intenciones más representativas del arte de los 90 en Argentina. Buenos Aires y Rosario, respectivamente, polos que en dicho plazo temporal mostraron los signos de una fase crucial para la rehabilitación, apertura y redefinición de los lazos con los históricos años 60. Es decir, la proyección de ambos espacios dada en este caso podría estipular también la insinuación de una relación productora de tramas determinantes en el campo del arte argentino contemporáneo.
Evidentemente, hay aquí un síndrome de activación de la presencia-ausencia de aquellos otros contenidos arraigados en los 90, que exceden claramente los planteos simplificados a los diagnósticos ya conocidos, a pesar de que los incluyen.
Por ende, pese al estado de parcialidad en el que nos encontramos inmersos, en esas zonas de necesidad y contingencia, donde aparecen textos, encuentros de discusión, prácticas artísticas, curatoriales y proyectos patrimoniales privados o estatales, el panorama de ese decenio tiende a transformarse en un terreno eficaz para la renovación de los criterios y mecanismos de legitimación de las manifestaciones actuales. Gracias a esto, ya hay otros bretes que tienden a descentralizar los incómodos cánones de análisis que tildaron a los 90 argentinos como una época ávida sólo para el vicio de la catalogación y para hipótesis unilaterales. Un síntoma de esta situación es el relevamiento de muchas de las otredades de esa década, recientemente veneradas, estudiadas y resignificadas por las nuevas generaciones de artistas, agentes culturales y programas institucionales. Opera en el mismo terreno la aparición de lecturas donde se afirman posturas distintivas frente a las vinculaciones entre arte y política, las cuales ocupan un lugar trascendental en las prácticas de investigación y en las experiencias estéticas, críticas y curatoriales-historiográficas de este siglo.
En este plano, y por las razones que sostienen a gran parte de los ejercicios de curaduría, el fenómeno del vedetismo podría llegar a ser considerado como un legado sustancioso del menemismo. Y aún más, como una herramienta simbólica para enriquecer los puntos de vista instalados y sistematizados en el ámbito del arte sobre la producción de los últimos tiempos.
No obstante, es necesario seguir ensayando e inventando recursos y discursos, procurando la puesta de nuestras figuras en otros escenarios, donde se encuentren liberadas a nuevas condiciones de análisis y, por ende, propensas a otra clase de conflictos. Y no sólo a las figuras conceptuales derivadas del hábito de la catalogación, sino también a entidades, espacios y artistas que, al igual que Marcelo Pombo y Graciela Sacco, operan como piezas fundamentales del arte argentino de los años recientes.
Asimismo, y a propósito de los núcleos que han quedado en cuarentena, parece no haber más remedio que hacer uso y abuso del bagaje de los 90. Puesto que, hoy en día, sus maravillosos productos culturales se hallan a disposición tanto para instaurar espacios de reflexión y disputa, como para la escritura de programas de redefinición de lo dado.

N.R., febrero de 2009

NOTAS

[1] Me refiero a Mauro Guzmán, Sebastián Pinciroli, Eugenia Calvo y Lila Siegrist, con quienes desarrollamos el proyecto Roberto Vanguardia, planteado como un espacio de gestión y producción artística que funcionó entre septiembre de 2004 y 2005.
[2] La noción de arte light fue empleada por Jorge López Anaya en su artículo “El absurdo y la ficción en una notable muestra”, publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el 1° de agosto de 1992, con relación a la muestra de Gumier Maier, Omar Schiliro, Alfredo Londaibere y Benito Laren en el Espacio Giesso, realizada ese mismo año. Por otra parte, el crítico francés Pierre Restany utilizó la categoría de arte guarango en el texto: “Arte guarango para la Argentina de Menem”, Revista Lápiz, año 13, núm. 116, Madrid, 1995, pp. 51-55.
[3] Entre las más recordadas, podemos mencionar el encuentro que se hizo en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), el 12 de mayo de 2003, titulado Arte rosa light y arte Rosa Luxemburgo, con ponencias de Andrea Giunta, Roberto Jacoby, Ana Longoni, Ernesto Montequín y Magdalena Jitrik. Ramona, revista de artes visuales, núm. 33, Buenos Aires, julio/agosto de 2003, pp. 52-91.
[4] Los más significativos son: Creación del artista Iván Saché (Rosario, 1966-1996) y propuesta de donación de dos de sus obras históricas al museo Castagnino+macro; Exposición de arte rosarino de los años 90, con curaduría de Fernando Farina. Cabe señalar que sólo el primer proyecto fue concretado en el marco de la muestra Feliciano Centurión - Omar Schiliro - Iván Saché, realizada el 29 de marzo de 2005, en Roberto Vanguardia. Rescatado de un supuesto estado de omisión, en esta exhibición, Iván Saché fue presentado e imaginado como un posible exponente de la estética del Rojas en Rosario.
[5] Cf. Inés Katzenstein, “Acá lejos. Arte en Buenos Aires durante los 90”, Ramona, revista de artes visuales, núm. 37, Buenos Aires, diciembre de 2003, pp. 4-15.


Ensayo publicado en el marco de la muestra Te saco el Pombo y te pongo el Sacco. Curada por Roberto Echen, la exposición gira en torno a dos obras emblemáticas de la colección Castagnino+macro: Dos cepitas de Marcelo Pombo y El incendio y las vísperas de Graciela Sacco. Obras sumamente representativas de lugares supuestamente irreconciliables en la década del 90, que en esta instancia vivifican el debate 'arte político' vs. 'arte light'. La propuesta del curador se basa en la puesta en escena de dichas piezas junto a ensayos críticos de Justo Pastor Mellado, Jorge Sepúlveda, Fernando Farina, Nancy Rojas, Roberto Amigo, Beatriz Vignoli y Rafael Cippolini.
Museo Castagnino, planta alta, Rosario, 20 de febrero al 29 de marzo de 2009.

Créditos fotográficos: Dos cepitas (primera imagen), 1995, Marcelo Pombo. Colección Castagnino+macro. Fotografía: Norberto Puzzolo, archivo Museo Castagnino+macro. El incendio y las vísperas (segunda imagen), 1996, Graciela Sacco. Colección Castagnino+macro. Fotografía: Norberto Puzzolo, archivo Museo Castagnino+macro.

viernes, 5 de septiembre de 2008

El diario personal

Exposición colectiva. Itinerancia en Argentina 2008/2009.
CCPE (Centro Cultural Parque de España), Rosario: 5 al 28 septiembre de 2008
MAC (Museo de Arte Contemporáneo), Salta: 5 al 31 diciembre de 2008
Complejo Cultural Santa Cruz, Río Gallegos: 6 al 29 marzo de 2009
MAC (Museo de Arte Contemporáneo), Bahía Blanca: 17 de julio al 16 agosto de 2009
Artistas: Leandro Allochis, Adriana Bustos, Rafael Cippolini, Roberto Echen, León Ferrari, Ana Gallardo, Verónica Gómez, Mauro Guzmán, Daniel Joglar, Guillermo Kuitca (entrevista), Guadalupe Miles, Ariel Mora, Adolfo Nigro.

Colaboraciones en la publicación: Leopoldo Estol, Carlos Herrera, Cynthia Kampelmacher, Fernanda Laguna, Beatriz Vignoli
Curaduría: Nancy Rojas
Organiza: Oficina Cultural de la Embajada de España

La muestra. El diario personal se constituye como la puesta en escena de un ensayo curatorial, caracterizado por la necesidad de recalar en ciertas producciones artísticas indicadoras de algunas formas del pensamiento y el accionar actual. Se ha recurrido a la legendaria idea de diario como metáfora y núcleo conceptual de una serie de discursos portadores de reflexiones vinculadas, ya sea, a una situación personal, a una construcción ficticia de la intimidad o, directamente, al entorno y sus guisas sociales, políticas, culturales y económicas.
Concepción de las obras. La exhibición se concreta a partir de un proceso de materialización y conceptualización en torno a las posibles interpretaciones de la idea de diario personalEn la realización de las obras, cada autor articuló la esfera pública y privada a través de una o varias resultantes. Por eso la muestra cuenta con instalaciones, videos, fotografías, facsímiles de cuadernos, dibujos, collages y algunas intervenciones hechas en el marco de una consideración específica del espacio como soporte. Un proyecto net art, de Roberto Echen, un trabajo basado en Second Life, de Rafael Cippolini, una performance programada para cada inauguración, a cargo de Mauro Guzmán, y una entrevista a Guillermo Kuitca proveniente del Archivo Malba, también forman parte de esta exposición.
El catálogo. El diario-catálogo del proyecto fue elaborado como una pieza de edición limitada donde cada artista desarrolló una propuesta diferente. Participaron como invitados especiales de la publicación: Leopoldo Estol (artista visual), Carlos Herrera (artista visual), Cynthia Kampelmacher (artista visual), Fernanda Laguna (artista visual y escritora) y Beatriz Vignoli (escritora y crítica de arte). Descargar el catálogo en versión PDF: click aquí
Leandro Allochis (Perito Moreno, 1974). Con la serie Yo dormí 7 días con Lorca, constituida por siete dibujos digitales, Allochis patentiza una semana de sus propias alucinaciones. Un mundo donde los personajes, las transfiguraciones y las apariciones del poeta y dramaturgo español quedan plasmados en una mirada documental ceñida de un clima onírico y surreal.
Adriana Bustos (Bahía Blanca, 1965). A través de los dibujos Antropología de la Mula y Ruta de Lili, la artista establece una analogía entre las rutas y las mulas de la colonia con las del narcotráfico. La puesta adquiere cierto aspecto periodístico, reforzado por la apropiación de un tipo de gráfica empleada en publicaciones de los años 40 destinada a mostrar noticias, descubrimientos y curiosidades.
Rafael Cippolini (Lomas de Zamora, 1967). Crítico, curador y ensayista. Presenta el proyecto La suciedad del espectáculo (No existe mejor ficción que la realidad), elaborado como una visión teórico-experimental de Second Life. Desde esta plataforma Cippolini reflexiona sobre los programas que crean mundos virtuales con un interés antropológico, concibiéndolos como realidades alternativas o experiencias no físicas. Expresadas en una producción audiovisual, sus ideas instauran un debate donde caben preguntas como: ¿Cuál es tu intimidad cuando sucede en otro mundo? ¿Cómo es tu diario personal cuando tenés más de tres personalidades?
Roberto Echen (Rosario, 1957). Con una propuesta net art, el artista invita a los espectadores a recibir su diario a través de una suscripción on-line. Durante la muestra, también oferta el facsímil de un cuaderno al que él mismo cataloga como el diario personal de sus vacaciones del verano de 2008. Completa este repertorio con la proyección del video information (cp -R -v /input_dir /output_dir).
León Ferrari (Buenos Aires, 1920). En esta ocasión despliega sus Ideas para obras, etc. Una selección de 24 páginas de un cuaderno personal, impresas y enmarcadas, fechadas entre mayo 1993 y septiembre 1995.
Ana Gallardo (Rosario, 1958). Con una perspectiva intimista, produce el video Paco Luna. Cantante que surge de una filmación realizada en el Hotel Virreyes, de la ciudad de México, en marzo de 2008. El relato se halla anclado en una historia personal, la de Paco Luna, a quien la autora conoció durante una residencia artística en México.
Verónica Gómez (Buenos Aires, 1978). Elabora una escena tanto anecdótica como subjetiva a través de Habitaciones disponibles para señoritas. Una instalación compuesta por dibujos, cartas, un mantel, una fotografía y tickets que, bajo los efectos de la luminiscencia, ofrecen indicios de una vivencia de la artista.
Mauro Guzmán (Rosario, 1977). A través de una video-instalación performática, el autor investiga la mutación de Linda Bler, su alter ego, en las múltiples víctimas femeninas inspiradas en las protagonistas de los films que reconstruye en sus obras de las tituladas Trilogía del terror (2006-2008) y Trilogía del amor trágico (2008). La presentación incluye una performance en cada inauguración de la exposición.
Daniel Joglar (Mar del Plata, 1966). Su instalación La intimidad de los objetos alude a un espacio propio, un lugar para la introspección que opera con las claves de la memoria subjetiva.  Sobre una mesa, Joglar dispone de una serie de piezas fragmentarias que guardan una historia vinculada con sus distintas etapas de producción en diferentes campos de trabajo.
Guillermo Kuitca (Buenos Aires, 1961). El diario personal de Kuitca es planteado a partir de un documento del cual nos hemos apropiado curatorialmente. Se trata de una entrevista registrada en formato audiovisual proveniente del Archivo Malba, que fue realizada en 2003 en ocasión de una muestra retrospectiva del artista.
Guadalupe Miles (Buenos Aires, 1971). Un grupo de imágenes revela la tónica intimista característica de la fotografia. Tomadas en Sunchales entre 2005 y 2007, estas fotos presentan situaciones cuyo clima se completa con las resonancias de un tema musical de la cantante y compositora Verónica Condomí.
Ariel Mora (Neuquén). Una intervención espacial hace eco de una visión crítica y abstracta de la concepción de lo íntimo en la sociedad actual. Para Mora, simulacro, superficialidad y brillo son ideas fundamentales en la construcción de una perspectiva propia del diario personal.
Adolfo Nigro (Rosario, 1942). Cuatro cartas, materializadas como collages, ponen en foco la vinculación de Nigro con lo surreal como aspecto de la representación, en función de la alusión a relaciones que el autor ha entablado con personas y lugares que determinan una geografía íntima.

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ARTÍCULOS DE PRENSA: Las intimidades reales y ficticias, por Beatriz Vignoli, Rosario 12, 9 de septiembre de 2008 | Testimonio de vida, testimonio de época, El Tribuno, sección Arte & Cultura, Salta, 7 de diciembre de 2008 | Inaugurarán el viernes la muestra El diario personal, El Periódico Austral, Río Gallegos, 3 de marzo de 2009 | Muestra itinerante: El diario personal en el complejo, Tiempo Sur, Río Gallegos, 3 de marzo de 2009 | El diario personal de consagrados, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 17 de julio de 2009 | La plástica gana espacios con nombres locales y nacionales, La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 19 de julio de 2009 | Ver los artículos: click aquí.

El diario personal / Catálogo


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Intimidad y profecía: diarios «personales» en el campo del arte

Por Nancy Rojas[1]


Se escribe un diario para dar testimonio de una época (coartada histórica), para confesar lo inconfesable (coartada religiosa), para «extirpar la ansiedad» (Kafka), recobrar la salud, conjurar fantasmas (coartada terapéutica), para mantener entrenados el pulso, la imaginación, el poder de observación (coartada profesional).

Alan Pauls[2]

Partiendo de la doble acepción del concepto de diario, es posible recalar en ciertos paradigmas de visualización de aquellas producciones artísticas que podríamos considerar como reveladoras de algunas formas del pensamiento y el accionar actual.
Comencemos por una breve referencia a dicha noción desde sus dos posibles significaciones.
Los diarios, en la condición de «diarios personales», son documentos de carácter privado, afines a una forma del discurso ligada a una temporalidad y a un tipo de relato.

«Por su frecuencia regular de escritura, pero también porque es la sede que asila a aquello que en otra parte sonaría demasiado vulgar, demasiado íntimo, demasiado intrascendente −es decir: insoportable−, todo diario tiene algo de un depósito de desechos, y su compulsión tiene más de una afinidad con procesos fisiológicos ligados a la digestión −Kafka−, la evacuación, la retención, etc.»[3]

Si bien la fragmentariedad de los textos que contienen podría ser una constante en ellos, cabe señalar que no hay modelos de «diarios íntimos» que deriven de una clasificación prevista, y no todos permanecen por siempre en una vida de archivo. Algunos son publicados y editados,[4] para cumplir genéricamente con el principio de la posteridad [5] sobre el cual están fundados.
El diario entendido como «periódico», en cambio, es una publicación editada con una periodicidad diaria cuya función principal es presentar las noticias de actualidad y proporcionar información relacionada con distintas áreas de interés general. El diario-periódico desarrolla su discurso manteniendo, de una forma más o menos visible, una postura ideológica específica.
A partir de este doble significado de la idea de diario, emprendemos la elaboración de un ensayo de curaduría atravesado por la intención de mostrar la capacidad de «relato testimonial» que poseen ciertas producciones artísticas del presente. Nos referimos tanto a aquellas que presentan reflexiones vinculadas a una situación personal, como a esos discursos que confeccionan, a través de una perspectiva propia, un argumento sobre el entorno y sus guisas sociales, políticas, culturales y económicas.
Nos basamos en dos arquetípicos binomios conceptuales a los que ponemos en vinculación reiteradamente: arte y subjetividad; arte y contexto.
La propuesta prevé, en primer lugar, la invitación a una serie de autores, cuyos procesos de producción han puesto de manifiesto un compromiso con la práctica artística a partir de obras que asumen, desde cualquiera de sus condiciones estético-conceptuales, algunas de las perspectivas del arte contemporáneo y de su circulación en los años recientes.
El foco está puesto en aquellos individuos que se hallan embarcados en la construcción de un lenguaje anclado en operatorias propias, las cuales derivan a veces en lo conceptual y otras en lo puramente esteticista, en lo macabro o en lo poético, e incluso en lo insólito o en lo clásico.
En efecto, los ejes de la búsqueda giran en torno a dos grandes zonas de orientación:

► La subjetividad como motor de una iniciativa que involucra tanto la individualidad del autor como el mundo de relaciones que lo constituyen como sujeto de y para un espacio determinado.
► La construcción de una mirada sobre el arte y el contexto general como aspecto determinante de la elaboración de un lenguaje diferencial y una conciencia artístico-crítica.

Apostamos a la metáfora del «diario personal» para articular ambos puntos en esta exhibición que a la vez que se plantea como ensayo de un modo de abordar los lenguajes actuales, también sugiere pensarlos con relación al entorno donde surgen, y, paradójicamente, a un género al que a veces se le niega «dignidad literaria». Pues es probable encontrar situaciones donde a los «diarios íntimos» se los degrade «a la categoría de piezas menores, subsidiarias, como los volúmenes de cartas, los relatos de viaje o las listas de compras».[6]
Son, los de esta muestra, ya sea en su condición de obra de arte concluida o en su cualidad de work in progress (WIP), discursos que inscriben una propuesta estética e intelectual de referencia. En este sentido, hay una decisión explícita de incorporar trabajos también ligados a un esquema teórico-crítico, siendo una de las finalidades ampliar el espacio de reflexión en torno a las formas en que se traduce el ejercicio de la enunciación en el ámbito del arte en Argentina. Un país donde principalmente los artistas, escritores e intelectuales han sido vistos como tipos polémicos y críticos con relación a su presente, visionarios con respecto a ciertos conflictos, o simplemente como productores enigmáticos.
Apelamos entonces a la materialización y conceptualización de un conjunto de «diarios personales», en función de poder proporcionar una visión de la esfera pública y privada desarrollada desde las inclinaciones y los intereses de una pequeña pero heterogénea fracción de creadores actuales. En una exhibición cuya tónica también haga alarde de la existencia de una serie de identidades subalternas. Pues, según los postulados de Juan Pablo Lichtmajer, a diferencia de las identidades regionales, las subalternas se constituyen y se redefinen en el proceso mismo de elaboración de los lenguajes. Por eso, la disposición de abrir el campo a la posibilidad de generar una especie de laboratorio de ideas y proyectos de diferentes grados de complejidad.
Como parte de la propuesta, se halla la instancia de elaboración de este «diario», que no sólo se constituye en el catálogo de la muestra sino que también tiende a perfilarse como un documento de registro del proceso de producción de ideas, situaciones, reflexiones y obras que enmarcan y dan solidez a la iniciativa.
Por último, cabe aclarar que, como en otros tantos proyectos coetáneos, se intenta establecer una manera de vincular el arte de forma sistemática y visual con la imagen de ciertos prototipos individuales que se generan en estos tiempos, donde se ha acrecentado visiblemente el interés por la subjetividad. Fotologs, perfiles de facebook y blogs son los modos que pueden dar cuenta con mayor eficacia del supuesto de la «fiebre de los diarios personales».[7] Conjetura paradigmática cuya figuración, en esta circunstancia, nos permite hablar de una realidad inmediata: la que construyen los individuos en tantos artistas o intelectuales con relación a sus ideologías y campos de acción.


NOTAS

[1] Curadora de la muestra El diario personal. Otra de las exhibiciones planteadas como «proyecto procesual» destinado a una continuidad en el marco de otras facetas de producción personal, artístico-teórica y curatorial.
[2] «Prólogo. Las banderas del célibe», Cómo se escribe el diario íntimo, selección e introducción de Alan Pauls, Buenos Aires, El Ateneo, 1996, p. 5.
[3] Alan Pauls, op. cit, p. 3.
[4] Sólo por citar, traemos a colación los diarios de Andy Warhol, que el artista dictaba cada noche a su secretaria y amiga Pat Hackett. Los mismos se publicaron por primera vez en el volumen The Andy Warhol Diaries, Nueva York, Simon & Schuster, 1989. Una versión más reciente en castellano fue lanzada por Editorial Anagrama (Barcelona) en 2007.
[5] Alan Pauls, op. cit., p. 2.
[6] Alan Pauls, op. cit., p. 7.
[7] Cabe destacar la referencia al documental Blogs: la fiebre de los diarios en red, realizado por Manuel Campo Vidal para la productora de Televisión Lua Multimedia, 22’ 41’’, Madrid, 2005.


Texto curatorial de la exposición El diario personal, itinerancia en Argentina 2008/2009, Centro Cultural Parque de España de Rosario, Museo de Arte Contemporáneo de Salta, Complejo Cultural Santa Cruz de Río Gallegos, Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca. Artistas: Leandro Allochis, Adriana Bustos, Rafael Cippolini, Roberto Echen, León Ferrari, Ana Gallardo, Verónica Gómez, Mauro Guzmán, Daniel Joglar, Guillermo Kuitca, Guadalupe Miles, Ariel Mora, Adolfo Nigro. Colaboraciones en la publicación: Leopoldo Estol, Carlos Herrera, Cynthia Kampelmacher, Fernanda Laguna, Beatriz Vignoli. Curaduría: Nancy Rojas. Auspiciada y organizada por la Oficina Cultural de la Embajada de España de Buenos Aires.

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