jueves, 22 de abril de 2010

macro incorporaciones 2010: la crisis como prospecto

Exposición colectiva con obras de la colección Castagnino+macro
Museo Castagnino+macro, Rosario, Argentina.
Inauguración: jueves 22 de abril de 2010, sede macro, Bv. Oroño y el río Paraná
Cierre: martes 22 de junio de 2010.
Curaduría: Nancy Rojas

Artistas: Dani Umpi, Juan Carlos Romero, Colectivo Cateaters (Inne Martino, Franco Orellana, Melina Torres, Iván kozenitzky, Paula Seminara, Javier García Alfaro y Fabricio Caiazza), Soledad Dahbar, Gastón Pérsico, Diego Bianchi, Dino Bruzzone, Carlos Herrera, Rubén Baldemar, Estanislao Florido, Daniel Basso, Marcela Astorga, Arturo Aguiar, Paula Senderowicz, Nico Sara, Juan Beccar Varela, Eduardo Gil, Ivana Salfity, Yamandú Rodríguez, Leila Tschopp, Ariel Cusnir, Roxana Ramos, Guadalupe Miles, Cecilia García Ruffini, Roberto Echen, María Laura Buccianti, Carolina Andreetti, Mauro Guzmán, Lorena Ventimiglia, Cynthia Kampelmacher, Rodrigo Cañás, Florencia Blanco, Edgardo Giménez, Dalila Puzzovio, Carlos Squirru, Mirtha Dermisache, Fabio Kacero, Rozarte, León Ferrari, Marcela Sinclair.
Diseñadores: Grandelin (Juan Manuel Ariño, Andrés Carpinelli y Juan Francisco Pes), Diseñaveral (Maximiliano Cifuni y Leandro Laurencena), Cecilia Richard, PoPi (Objetos impacientes. Oliveros, Argentina. Coordinación del proyecto: Virginia Massau).

NÚCLEOS DE LA EXPOSICIÓN

Dramática. Dani Umpi y la proyección de un ciclo que altera la perspectiva de la colección Castagnino+macro a través de la incorporación de producciones discográficas.
Terror. Una obra de Juan Carlos Romero pone en juego la carga simbólica de este concepto, liado tanto a instancias de corrupción como a expresiones de pánico. Nombrar al terror, hacerlo inteligible, nos permite habilitar un espacio para la circulación de algunos guiños conceptuales arraigados en los planteos estéticos y filosóficos recientes.
Pinche. Empalme Justo. Un proyecto que en sí mismo documenta el supuesto del arte como delito. Inscripto en un caso judicial verídico, presenta nuevas locaciones de la expresión artística haciendo eco del papel protagónico que tiene la justicia en el escenario de la crisis.     
Resonancia. Una propuesta de Soledad Dahbar recluida en la estructura de la evocación como promesa permanente de la incertidumbre de esta época.
Diseño contemporáneo. Procesos de producción entre lo artesanal y lo industrial plasmados en los inicios de una colección. La decantación de una serie de creaciones emergentes que permiten potenciar y desestabilizar la mirada y los preconceptos en torno al diseño y a la posibilidad de su desarrollo a nivel nacional.
Heavy mental. Una cultura que se pronuncia en los proyectos artísticos de Gastón Pérsico y Diego Bianchi revelando la liberación del pensamiento y su materialización.
Compilado. La disposición de una zona donde recalamos en la reserva del museo a través de más de 90 obras ingresadas desde 2009 hasta la fecha. Una acumulación que, en el contexto de la crisis, nos hace pensar en la colección como fuente de provisión y abastecimiento.

FOLLETO / TEXTO CURATORIAL / Descargar archivo PDF

La crisis como prospecto

En 2008 la crisis devino en uno de los fenómenos más significativos del nuevo milenio. Su dilatación acarreó una multiplicidad de expresiones originadas en alusión al clima dominante en el ámbito internacional, a partir de la catástrofe económica que hizo eclosión en los llamados países desarrollados.
En la Argentina, un país donde la crisis ya era tradición, la venida de esta debacle mundial terminó por acelerar la expansión y permanencia de una filosofía apropiada a las circunstancias vigentes. Podríamos catalogarla como una filosofía de supervivencia, funcional al colapso o al derrumbe de cualquier tipo de sistema.
Numerosos lemas y debates de orden político y social se instalaron definitivamente en el discurso cotidiano procurando la institucionalización de la crisis. El uso generalizado convirtió a esta noción en un significante apto para la justificación en cualquier instancia de interpretación.
En el campo de la lingüística y, fundamentalmente, en las teorías de la enunciación subyace la consideración del lenguaje como productor de la realidad. Es decir, el lenguaje configura el mundo y no meramente nombra lo que ya existe en él, por lo que la importancia de la nominación es clave. Retomamos este plano de análisis porque la enunciación de la crisis constituye una pauta central de la perspectiva con la que estamos trabajando. El desafío es abordar la crisis como texto y como escenario a partir de la construcción de un escenario posible para la crisis.
La presentación de las incorporaciones recientes en la colección de arte argentino contemporáneo del museo Castagnino+macro se torna provechosa para este despliegue, que iniciamos con algunas preguntas. A saber: ¿es posible pensar una colección de arte en el contexto actual? ¿Cómo opera el mundo del arte en este entorno supeditado al síndrome de la devaluación? ¿Cuáles son las condiciones ideológicas que subyacen en los lenguajes artísticos en la temporada de la postproducción y de la estética relacional? ¿Qué vínculos nos muestran las obras de nuestros productores contemporáneos entre las prácticas artísticas y las variables de este ciclo, bautizado por algunos especialistas como la era del Apocalipsis del capitalismo? Y por último, ¿cómo sobreviven las instituciones, los artistas y sus producciones a las políticas sociales, culturales y económicas que proponen los regímenes y las estructuras de gobierno actuales?
Admitamos, en primer lugar, que ante la inminencia de la inestabilidad la cultura advierte una salvedad. Se asume a sí misma sobre la base de interpretaciones transitorias y divergentes. Pero reconozcamos también que pese a estar lejana a las búsquedas de equilibrio y estabilidad –propias de ámbitos como la economía y la política-, sus manifestaciones se hallan infiltradas por algunos componentes de esas búsquedas. Dentro de este cuadro se entiende el pasaje de la jerarquización de las nuevas tecnologías hacia la incorporación de preceptos mediáticos y, consecuentemente, de la opinión popular en las representaciones estéticas e, inclusive, en las estrategias institucionales.
Ahora bien, sería demasiado ambicioso relatar aquí cada una de las complejidades que hacen de la cultura contemporánea un fenómeno naturalmente inestable en el marco de la inestabilidad. Si, en cambio, está en nuestras posibilidades, señalar, como entidad cultural, uno de los modos de supervivencia a las amenazas de la debacle global. En esta época, determinada por alocuciones como el terrorismo, la inseguridad, el peligro ecológico y la distorsión de ciertas lógicas de producción, sistematización y regulación, el museo se fía de su colección, de sus reservas. En este caso, bajo el supuesto de la curaduría como una ficción dirigida, sustancialmente crítica y política.
Así es que barajamos la idea de la crisis como prospecto, directamente a partir de las implicancias y del grado de significación que, hoy en día en los museos, adquieren los programas destinados a la incrementación del patrimonio. Éstos son los que se hallan subordinados a una necesidad evidente en los debates vigentes: la de cuidar y amplificar las reservas que, paradójicamente, según algunos expertos del ámbito financiero, son el reflejo y el soporte de la economía.
La mayoría de los artistas que participan en esta exposición son los que donaron obras a lo largo de 2009. La concreción de sus pagos en concepto de gastos simbólicos de producción fue la más conflictiva de todas las épocas y, en este sentido, su incorporación es pensada aquí como un núcleo alusivo de la insolvencia presupuestaria que afecta a las instituciones artísticas argentinas.
A partir de sus propuestas construimos un itinerario cuyas variantes se hallan relacionadas con distintos aspectos de los discursos generalizados sobre la crisis.
Comenzamos el relato con una incorporación de 2008, la instalación Terror, de Juan Carlos Romero. Ponderamos su carga simbólica y las derivaciones que acarrea cuando oficia simultáneamente como contraseña de las operatorias de corrupción y como expresión de pánico. Nombrar al terror, hacerlo inteligible, nos permite habilitar un espacio para la circulación de algunos guiños conceptuales arraigados en los planteos estéticos y filosóficos recientes. Con ellos montamos escenarios donde ponemos en jaque el imaginario de la renombrada inestabilidad, a través de proyectos que vivifican esta cultura de la crisis mostrando algunos de sus estadios.
Varias connotaciones surgen a partir de la construcción de esta escenificación de la crisis. Pero la que consolida realmente al circuito expositivo formulado es la que gira en torno a la noción de abastecimiento, que encarna una de las ideas cardinales de este proyecto. La colección, como todo patrimonio que sobrevive en el contexto de los juegos de desestabilización, se constituye desde el lugar de la provisión. Desde esa órbita provee al museo de una misión y de un prospecto. Ambos se hallan sujetos a las especulaciones dispuestas por el contexto.

N. R. febrero de 2010


Texto curatorial de la exposición macro incorporaciones: la crisis como prospecto, macro (Museo de Arte Contemporáneo de Rosario), 22 de abril al 22 de junio de 2010. Enlace a la muestra en este blog: click aquí.

martes, 15 de diciembre de 2009

Alberto Greco. Estudios iniciales para leer su "Vivo Dito" en Piedralaves

Alberto Greco es uno de los pioneros de la vanguardia informalista en Argentina. Con sus memorables vivo-ditos, desarrolló un lenguaje condicionado por la transgresión de normas estéticas, la jerarquía de la acción como forma y la presentación de sí mismo como referencia artística primera. Su obra se despliega entre los campos de la pintura y el arte de acciones dejando un inventario sustancial para comprender algunos de los paradigmas estéticos y críticos asumidos por el arte en el presente.
Comenzó su producción en los albores de la caída del peronismo. Un momento oportuno para la incorporación de lo nuevo al medio local y la apertura al mundo internacional, siendo ambos cometidos núcleos esenciales de la política cultural oficial.[1]
En la escena del arte argentino su obra se inscribe de una manera conflictiva. Sus propuestas lograban ser siempre una excepción para el panorama artístico porteño de fines de los 50. Como señala Luis Felipe Noé, Greco era un factor irritante.[2]
Tanto su difícil inserción como su afán de exploración y provocación constante lo condujeron a trasladarse de un sitio a otro. Buenos Aires, París, Madrid, Roma y Piedralaves fueron los principales escenarios de su proclama en función de aquella búsqueda tendiente a relacionar el arte con la vida.
En 1954, luego de estudiar un tiempo en los talleres de Cecilia Marcovich y Tomás Maldonado, Greco se instaló en París gracias a una beca otorgada por el gobierno francés. En ese contexto se interesó por el informalismo, ya consolidado como el fenómeno artístico central de la posguerra, luego de extenderse desde Francia y EEUU a polos culturales como Alemania, España, Italia y Japón.[3]
Esta estadía en el entorno parisino, adonde dicha tendencia había llegado realmente a adquirir el carácter de un movimiento moderadamente organizado, habilitó el encuentro de Greco con un planteo estético afín a sus necesidades para reformular la práctica pictórica. Allí surgieron sus primeras expresiones improvisadas, regidas por el azar bajo el signo de lo irracional y por la concepción de la pintura como actividad vital. Con relación a este concepto más adelante declararía:

"No es, como los demás creen, un atentado a la forma, al menos para mí. Esto sería ridículo. Creo en la forma de lo informe. Creo que es una posición en contra de la forma geométrica, del cálculo matemático mental, como estructura para la futura obra plástica. Nunca sentí la geometría ni las matemáticas; decididamente no las entiendo. Nunca me han emocionado. No las niego, pero creo en la otra pintura, en la pintura vital, en la pintura grito, en la pintura como una gran aventura de la que podemos salir muertos o heridos pero jamás intactos, algo así como entrar a un gran bosque sin ideas preconcebidas." [4]

En 1956, después de viajar por Italia, Austria, Londres y Arlés, Greco regresó a Buenos Aires. En la galería Antígona intentó presentar una serie de cartulinas monocromas pero no se lo permitieron, por lo que exhibió finalmente algunos guaches de su paso por París.
Viajó a Brasil, donde permaneció entre 1957 y 1958. Entre sus actividades más relevantes en ese país se destaca una exhibición individual en el Museo de Arte Moderno de San Pablo, en el que mostró una pieza elaborada con un papel manchado y recortado y algunas chatarras oxidadas. En esa instancia obtuvo el Premio Adquisición del Estado de San Pablo en pintura.
Ya con un discurso afianzado, volvió a la Argentina para concretar el sueño de formar un movimiento informalista. El contexto era propicio, habían comenzado a prosperar rápidamente los lenguajes pictóricos ligados a búsquedas experimentales, influenciados por las poéticas europeas de posguerra. Las referencias más recurrentes eran las del italiano Alberto Burri y las de los informalistas españoles, especialmente Antoni Tàpies –consagrado internacionalmente en 1958 en la Bienal de Venecia-. Por otra parte, era un período de grandes cambios en el campo de las iniciativas institucionales, tanto a nivel oficial como privado, que se manifestaba en la receptividad de los museos y las galerías hacia lo nuevo y en aquellos proyectos de fundaciones y empresas destinados a introducir formas de organización sin precedentes en Argentina.[5]
Los primeros puntapiés de este movimiento se definieron con la muestra Informalismo, realizada en la galería Pizarro en 1959, con obras de Estela Newbery, Chito Méndez Casariego, Mario Pucciarelli y Greco. Pero la instancia decisiva fue en la galería Van Riel, donde Greco, junto con Enrique Barilari, Kenneth Kemble, Olga López, Fernando Maza, Pucciarelli, Towas (Tomás Monteleone) y Luis Alberto Wells se consagraron como los exponentes del informalismo en Argentina con la exhibición Movimiento informalista. En noviembre de ese mismo año, este mismo grupo, al que se sumó el fotógrafo Jorge Roiger, hizo una exposición en las salas del Museo Eduardo Sívori, con el auspicio del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.
Por entonces, las piezas de Greco planteaban cualidades matéricas extremas, logradas a partir de diversas intervenciones. Su propuesta se fundaba concientemente en la irreverencia y en el estropeo de las buenas costumbres y formalidades. Y si bien el azar constituía un elemento sustancial en su hacer, valoraba, en primer lugar, la posibilidad de manipular la materia a través de acciones físicas sobre la superficie logrando reacciones y variaciones inesperadas. Esta modalidad se complejizó cuando empezó a adoptar tácticas dadaístas apropiándose de soportes inusitados. En el Museo Sívori presentó un tronco de árbol quemado y dos trapos de piso estirados sobre bastidores.
Por sus características y la indudable cercanía con el informalismo europeo, que ya había caído en un manierismo, esta tendencia no gozó de legitimidad en la escena porteña de esos años. En poco tiempo pasó a ocupar el lugar de lo domesticado, de una pintura fácil para invadir las galerías y el mercado. Y, ante la estrategia que Greco había programado, basada en el ingreso en el espacio artístico a través de una provocación sistemática, terminó siendo un fracaso.
Pero el mismo Greco no iba a tardar mucho tiempo en formular la decadencia de este movimiento y su falta de radicalidad. En 1961 tapizó el centro de la ciudad de Buenos Aires con carteles cuyas leyendas decían: Greco, qué grande sos, y Greco: el pintor informalista más grande de América. Esta acción, además de rebasar el límite de la iconoclasia que las instituciones, e incluso los mismos artistas, podían admitir, también terminó poniendo en evidencia su marginación del medio. Entre 1960 y 1961 el artista fue excluido de todas las instancias de consagración propiciadas por certámenes institucionales.
Como cierre de este ciclo, en octubre de 1961 realizó su última muestra de pinturas en Buenos Aires en la galería Pizarro, a la que tituló Las monjas. Aquí puso de manifiesto su posición con respecto a la pintura, ya convertida para él mismo en una teoría sobre la vida. La desesperación que antes lo llevaba a orinar cuadros ahora lo impulsaba a exhibir su camisa sucia colgando de un marco como si fuera una monja muerta.[6] En adelante, vendría un período donde las intervenciones iban a ser, prioritariamente, sobre la realidad.

El arte vivo
En 1962, en pleno auge del grupo de la Nueva Figuración,[7] que fue celebrado por la crítica como alternativa al por entonces estereotipado informalismo, Greco decidió trasladarse a París. Allí comenzó una nueva y decisiva etapa de trabajo.
Con la emergencia de sus vivo-ditos (vivo de vivido y dito de dedo, del acto de señalar, de mostrar) inauguró un tipo de manifestación fundada en la idea de que la obra ya está hecha, sólo hay que señalarla.
En el ámbito internacional, la irrupción de estos vivo-ditos coincidió con el advenimiento de una sensibilidad promisoria para la desmaterialización de las prácticas artísticas. Históricamente han sido interpretados como un conjunto de acciones precursoras del conceptualismo latinoamericano. Basándose en los postulados de Mari Carmen Ramírez, Andrea Giunta señala:

"Desde su marginalidad y valiéndose de materiales prestados, Greco iniciaba en Europa una propuesta que no llegó a incorporarse al relato de la vanguardia europea, pero que sí fue leída desde el relato de la vanguardia latinoamericana, como un acto anticipatorio y precursor." [8]

La primera iniciativa de arte vivo de Greco se concretó con la obra Treinta ratas de la nueva generación. Tuvo lugar en el marco de la muestra colectiva Pablo Curatella Manes y 30 argentinos de la nueva generación, organizada por Germaine Derbecq en la galería Creuze de París, e inaugurada el 9 de febrero de 1962. El trabajo constaba de un recipiente de cristal con fondo negro en cuyo interior residían treinta ratas blancas a las que Greco había bautizado con los nombres de los protagonistas de la exposición.
En marzo de 1962 llevó a cabo una intervención en la exhibición Antagonismos 2, de Yves Klein, César y Arman, en el Museo de Artes Decorativas. Disfrazado de hombre sándwich, se anunció con un cartel cuya leyenda decía: Alberto Greco, obra fuera de catálogo. Durante la inauguración, le pidió prestado el bolígrafo a Klein para firmar dos obras de arte vivo: una duquesa y un mendigo. Desde entonces, comenzó a realizar sus vivo-ditos en las calles de París señalando y firmando personas, objetos, animales y situaciones con una tiza.
La impronta conceptual de estas performances se vislumbra en la primera versión del manifiesto Vivo-Dito, con el que Greco empapeló las calles de Génova en 1962:

"[…] El arte vivo es contemplación y comunicación directa. Quiere terminar con la premeditación, que significa galería y muestra. Debemos meternos en contacto directo con los elementos vivos de nuestra realidad. Movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares y situaciones. Arte Vivo, Movimiento Dito. Alberto Greco. 24 de julio de 1962. Hora 11.30." [9]

Unir definitivamente el arte con la vida. Sobre este núcleo trabajaba Greco, avalado por el bagaje de las manifestaciones de vanguardia que invadían el campo artístico en esos eufóricos años 60. Ante el requerimiento de propulsar una experiencia trascendental a los espacios y las especificidades del arte, Greco respondió con un arte vivo, basado en la noción de señalamiento. La acción de marcar una realidad –persona u objeto- como obra de arte se convirtió en el eje de su estética y en una táctica discursiva recurrente para negar explícitamente la posibilidad de la obra de arte como objeto a crear.
El vivo-dito pasó a ser entonces la piedra angular de sus producciones posteriores concretadas en Venecia, Roma, Madrid, Piedralaves, Buenos Aires, Nueva York y Barcelona.
En la Bienal de Venecia de 1962 –la misma en la que Berni obtuvo el premio de grabado-, se presentó en la inauguración liberando varios ratones vivos a los pies del entonces presidente de la República Italiana, Antonio Segni. El escándalo suscitado forzó su traslado a Roma, donde prosiguió con una campaña hecha con grafitis que decían La pintura e’finitta. Viva el Arte Vivo Dito. Greco.
En 1963, después de ser acusado de blasfemo en Roma por el polémico montaje teatral de arte vivo-dito titulado Cristo 63, se instaló en Madrid. Allí, en plena etapa del franquismo, tomó contacto con los pintores Manolo Millares, Eduardo Arroyo y Antonio Saura. Junto con éste último pintó Crucifixiones y asesinatos sobre la muerte, un cuadro de grandes dimensiones que hacía referencia al asesinato de John F. Kennedy.
Luego se instaló en Piedralaves, un pueblo ubicado en la provincia de Ávila, proclamado por el artista mismo como Capital Internacional del Grequismo. En esta localidad escribió la versión completa del manifiesto Vivo-Dito:

"El arte Vivo-Dito es la aventura de lo real, el documento urgente, el contacto directo y total con las cosas, los lugares, las gentes, creando situaciones, lo imprevisto. Es mostrar y encontrar el objeto en su propio lugar. Totalmente de acuerdo con el cine, el reportaje y la literatura como documento vivo. La realidad sin retoque ni transformación artística. Hoy en día me importa más un ser cualquiera contando su propia vida en la calle o en un tranvía, que todo relato técnico y pulido de un escritor. Por lo tanto creo en una pintura sin pintores y en una literatura sin escritores. […]
[…] Una obra tiene sentido mientras se la hace como aventura total, sin saber lo que va a suceder. Una vez concluida, ya no importa, se ha convertido en un cadáver. […]" [10]

El museo Castagnino+macro posee 20 registros de un vivo-dito realizado en Piedralaves, tomados por la fotógrafa Montserrat Santamaría a pedido de Greco. Los mismos fueron rescatados originariamente para una muestra que el Centro de Arte Moderno de Madrid hizo en 2003, dedicada a esta propuesta efímera desarrollada en el mes de julio de 1963 durante una jornada. La artista española, nacida en Barcelona, le copió todas las tomas a Greco, pero el rastro de esa serie original se perdió definitivamente.

"Veraneaba con mis niños y alguien nos presentó. Conectamos muy bien. Paseábamos, hablábamos, un día me dijo esto de que haría un Vivo-Dito con todo el pueblo. […] Se puso un sombrero, cogió un caballete, hacía un poco como el cuentacuentos antiguo. La gente estaba súper extrañada. De pronto, pasaba un señor con un burro y le colgaba un cartel: “esto es un Greco". […] La performance duró un día entero. Todo el pueblo pasó por ese rollo. Luego quisimos hacer una obra de títeres. Ahí surgió el rumor de que éramos comunistas y se terminó todo." [11]

Como recuerda Montserrat Santamaría, estos registros también revelan la acción de envolver a Piedralaves con el Gran Manifiesto Antimanifiesto Rollo Vivo-Dito, que Greco confeccionó en el marco de una puesta colectiva incluyendo a la población del lugar. Conformado por 200 metros de rollos de papel dibujados y escritos, este manifiesto objetual le sirvió al autor para bautizar el territorio elegido asignándole su sello. En los pliegos, se hallaban plasmados recuerdos de infancia, fotos, noticias del pueblo, letras de tango, notas periodísticas y anotaciones sobre arte.
Las fotos ingresaron en la colección entre 2008 y 2009. Su espíritu es, esencialmente, testimonial. Relatan, en algunos casos a modo de backstage, el rol de Greco en un proyecto interactivo, hipotéticamente de carácter relacional,[12] llevado a cabo con la ayuda de mujeres, hombres y niños de esa comunidad de España.

"Apareció con un inmenso rollo de papel en blanco, que fue extendido por todas las calles, lo fue pintando él pero también con la colaboración de los niños que se volvían locos con su presencia. [...]
[...] colaboraba todo el pueblo, desde la señora que sujeta el rollo de papel desde la ventana hasta la viejita que acaba de tender su ropa y se presta con una gran seriedad a colaborar en algo que para ella era lo más importante que le habían pedido en su vida." [13]

Las imágenes desentrañan el significado de la performance como supervivencia, como zona de resistencia, y del espacio urbano como laboratorio y plataforma de la creación efímera. Pero fundamentalmente permiten concebir el sentido utópico de las operatorias de este artista. En este plano, ofrecen referencias de la transformación de Piedralaves en una gran obra, central en el proceso de consolidación del programa de acciones que planteó Greco hasta suicidarse en Barcelona un 12 de octubre. Fue ésta, la última constancia de su arte vivo: torso descubierto, brazos en cruz y en la palma de cada una de las manos la palabra Fin escrita con tinta.


NOTAS

[1] El 23 de septiembre de 1955 un golpe de Estado terminó con la presidencia de Juan Domingo Perón. Con la autodenominada Revolución Libertadora se inició un proceso de modernización marcado por la reorganización de las instituciones en función del proyecto de renovación del arte argentino. La fundación del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en 1956 fue un hecho clave de este período, donde emergieron nuevos actores culturales, formaciones e instituciones impulsados por la utopía de un desarrollo autónomo. La meta era hacer de Buenos Aires una de las capitales culturales del mundo, por lo cual resultó necesario fomentar, desde la escena oficial, la institucionalización de nuevas experiencias y la inclusión de artistas modernos en el escenario internacional. Véase el capítulo “Proclamas y programas durante la Libertadora”, en Giunta, Andrea, Vanguardia, internacionalismo y política. Arte argentino en los años 60, Buenos Aires, Paidós, 2001, pp. 85-127.
[2] Luis Felipe Noé, “Alberto Greco: cinco años después de su muerte”, en AAVV, Escritos de vanguardia. Arte argentino de los años ’60 (edición de Inés Katzenstein), Nueva York, The Museum of Modern Art, Buenos Aires, Fundación Espigas y Fundación Proa, 2007, p. 49.
[3] Cf. “El informalismo”, en Pellegrini, Aldo, Nuevas tendencias en la pintura, Buenos Aires, Muchnik Editores, 1967, pp. 63-110.
[4] Alberto Greco, Disertación en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, Buenos Aires, 1961. Citado por Jorge López Anaya en “Alberto Greco 1931-1965”, catálogo de la exposición Alberto Greco. Obras no expuestas, Buenos Aires, Mario Brodersohn - Jacques Martínez, 6 de junio al 7 de julio de 2002, p. 3.
[5] La Fundación Torcuato Di Tella y las Industrias Kaiser tienen un papel destacado en este plano de análisis. Asimismo, los programas y actividades que entidades como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Instituto Torcuato Di Tella promovieron luego de la Revolución Libertadora.
[6] Luis Felipe Noé, “Alberto Greco: cinco años después de su muerte”, op. cit., p. 51.
[7] El grupo hizo su primera exposición en la galería Peuser, entre el 23 de agosto y el 6 de septiembre de 1961, con el título de Otra figuración. En ella participaron Rómulo Macció, Luis Felipe Noé, Jorge de la Vega, Ernesto Deira, Sameer Makarius y Carolina Muchnik. En 1962 la agrupación se redujo a los cuatro primeros, que continuaron realizando actividades en conjunto hasta 1965. Para identificar sus propuestas, la crítica acuñó el término de Nueva Figuración, concebido originariamente por el crítico francés Michel Ragon en 1961.
[8] Andrea Giunta, “Argentinos en París”, en: Vanguardia, internacionalismo y política…, op. cit., p. 195.
[9] Alberto Greco, Manifesto Dito dell’ Arte Vivo, Génova, 1962, escrito originalmente en italiano. El fragmento publicado fue citado por Luis Felipe Noé en “Alberto Greco: cinco años después de su muerte”, op. cit., p. 52.
[10] Alberto Greco, Manifiesto Vivo-Dito, 1963, en: AAVV, Escritos de vanguardia. Arte argentino de los años ’60 (edición de Inés Katzenstein), op. cit., pp. 38-41.
[11] Montserrat Santamaría, en García, Fernando, “Alberto Greco: la leyenda del artista que pintaba con el dedo”, Buenos Aires, Clarín, sección Sociedad, 26 de octubre de 2006.
[12] Nos referimos a la noción de arte relacional formulada por Nicolás Bourriaud, para definir al arte que toma como horizonte teórico la esfera de las interacciones humanas y su contexto social, más que la afirmación de un espacio simbólico autónomo y privativo. Véase el capítulo “La forma relacional”, en Bourriaud, Nicolás, Estética relacional, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2006, pp. 9-25.
[13] Montserrat Santamaría, en Alberto Greco. Vivo Dito en Piedralaves, cat. exp., Buenos Aires, galería Del Infinito, 12 de octubre al 15 de noviembre de 2006.


Ensayo perteneciente al archivo de catalogación de la colección del museo Castagnino+macro, Rosario, Argentina. Fecha de edición: diciembre de 2009. Enlace al archivo: click aquí.
Obra de referencia: Vivo-Dito, de Alberto Greco. Serie de acciones de señalamiento registradas en 20 fotografías por la artista Montserrat Santamaría, realizadas en julio de 1963 en Piedralaves, provincia de Ávila, España.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tríada // Proyecto Linda Bler. Artista poseída.

Una exposición de Mauro Guzmán.
Curaduría: Nancy Rojas
Museo Diario La Capital, Sarmiento 763, Rosario, Argentina.
Inauguración: 23 de septiembre de 2009
Cierre: 1° de noviembre de 2009

Tríada es la puesta en escena de nueve films pertenecientes a las tituladas Trilogía del terror, Trilogía del amor trágico y Trilogía animal, realizadas por Mauro Guzmán bajo el sello de Studio Brócoli entre 2006 y 2009.
Cada una de estas trilogías es proyectada en el contexto de instalaciones pensadas a partir de la esencia cinematográfica del proyecto, cuyo eje se halla en la traslación de películas clásicas, de géneros específicos, a producciones que fusionan elementos del cine, la literatura y la performance con problemáticas del campo del arte. 
Para el montaje se recurre a la imagen de la sala de cine, que es concebida de modo diferente en tres escenarios. La condición artístico-cinematográfica de estos espacios es acentuada por la presencia de una serie de producciones gráficas que incluyen los afiches promocionales de cada película y el packaging de presentación de las mismas.
La muestra es acompañada de un catálogo que cuenta con la presentación de Fernando Farina, un ensayo de la curadora y textos críticos de Roberta Valenti.

PRODUCCIONES: Trilogía del terror | video-instalación. Proyección: I feel like Linda Blair (2006), Carrie, the power of the mind (2007), Rosamaría’s baby (2008). Autocine Guzmán | video-instalación. Primer Premio de la quinta edición del Premio arteBA - Petrobras de Artes Visuales 2008. Proyección: Trilogía del amor trágico compuesta por Nazareno Cruz y el Arte (2008), La Nancy (2008), Boquitas pintoras (2008). Trilogía animal | video-instalación. Proyección: Linda Kong (2009), Linda y los pájaros (2009), Linda vs. Tiburón (2009). Producción gráfica | carteles y packaging de las películas del Proyecto Linda Bler. Artista poseída, 2006-2009. Artista invitado Marcelo Liñan con el video clip Sálvame incorporado en la Trilogía animal, 2009.

LINKS DE PRENSA Y COMUNICACIÓN: El exceso y la sobreexposición, por Beatriz Vignoli, Página 12, suplemento Rosario 12, 22/09/2009: click aquí Gritos y susurros, por Beatriz Vignoli, Página 12, suplemento Rosario 12, 22/09/2009: click aquí Un caso de posesión artística, por Sara D’Ángelo, La Capital, suplemento Señales, 25/10/2009: click aquí Tríada Guzmán y Tercer ojo de Jacob en el MDLC, nota filmada, video en youtube, Club de Fun: click aquí | Blog Studio Brócoli: click aquí | Página web Fundación La Capital: click aquí | Página web Museo Diario La Capital: click aquí.

Tríada. El imperio de la desmesura

En 2006 Mauro Guzmán se duplica, se traviste y se transforma dando luz a una figura emblemática, a la que da a conocer con el nombre de Linda Bler. En sus intenciones no está el propósito de usar un sobrenombre, sino la creación de un personaje cuyo epígrafe de artista poseída –con referencia al papel de la actriz Linda Blair en El exorcista- responde a la institución de un alter ego femenino en el campo del arte. Encarnado por el autor, este fenómeno protagoniza, en adelante, cada una de sus entregas fílmicas.
Las tituladas Trilogía del terror (2006-2008), Trilogía del amor trágico (2008) y Trilogía animal (2009), realizadas bajo el sello de Studio Brócoli, fueron desarrolladas a partir de la inserción de esta otra identidad artística, que ingresa en este mundo de puestas artístico-cinematográficas desde su estatus de entidad ficticia.  
En este esquema, Guzmán pasa a ser el director de una serie de films cuya estrella principal es su segunda personalidad. Un guiño eminentemente duchampiano, emocionalmente problemático por la imposibilidad de concretar ese escape de sí mismo propio del deseo constitutivo del planteo de Rrose Sélavy.[1] Guzmán sigue siendo Guzmán, en tanto autor. Pero también es Linda Bler, su alter ego. Un juego entre «yo» y «mí» cuya dualidad es estigmatizada a través de un círculo productivo que hoy podemos interpretar a partir de una estructura de concepción triádica.
Los tres grupos de films-obras de esta tríada funcionan como eslabones de un circuito determinado por el uso, el abuso y la fisura de ciertos mecanismos de construcción de las artes visuales, el cine y el teatro. Como interpretante, en el proceso de semiosis,[2] el artista se transforma en esos espectadores mutantes que se distancian a cada momento de los fenómenos estéticos que toman como referencia al mismo tiempo que reniegan de ellos. Decía Susan Sontag, la interpretación es la venganza que se toma el intelecto sobre el arte. Y aún más, es la venganza que se toma el intelecto sobre el mundo.[3]
Estas condiciones que acarrea la interpretación terminan situando al trabajo de Guzmán en un terreno de investigación: sobre géneros cinematográficos, sobre el universo de la puesta en escena, sobre performance. Justamente en los espacios del ensayo, el autor logra la fusión definitiva del experimento con el proyecto-idea desplazando el espíritu exclusivamente accidental que sus pruebas de cámara parecían tener en un primer momento.
En este contexto, Tríada se constituye como un pensamiento actuado y materializado que compila ciertas problemáticas radicadas en esos procesos de interpretación, vinculadas con ese gran monstruo que es la ficción. Como tal, hoy nos será útil para desplegar una visión inicial sobre algunas de las claves del discurso actual del artista.


NOTAS

[1] […] “Nunca me interesó mirarme en un espejo estético”, asegura Duchamp. “Siempre intenté escaparme de mí mismo, aunque sabía perfectamente que sólo podía usarme en una suerte de juego entre «yo» y «mí», por así decirlo”. Speranza, Graciela, “Duchampianas 3”, en: Fuera de campo. Literatura y arte argentinos después de Duchamp, Barcelona, Anagrama, 2006, p. 204.
[2] El empleo de categorías como semiosis e interpretante, así como también las repetidas menciones a lo largo del texto en torno a la existencia de una concepción triádica, se corresponden con un marco de referencia general donde se alude diagonalmente a la semiótica triádica de Charles Sanders Peirce.
[3] Sontag, Susan, Contra la interpretación, Buenos Aires, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2005, p. 30.


Fragmento del ensayo Tríada. El imperio de la desmesura. Publicado completo en el catálogo de la exposición Tríada / Proyecto Linda Bler. Artista poseída, de Mauro Guzmán, Rosario, Museo Diario La Capital, 23 de septiembre al 1° de noviembre de 2009. Enlace a la muestra en este blog: click aquí

domingo, 22 de febrero de 2009

El vicio de la catalogación y la demanda de otros enfoques

A lo largo de 2005 trabajé con cuatro artistas de Rosario[1] en una serie de proyectos pactados según la necesidad de revisar perspectivas existentes sobre el arte argentino de los años 90.
Además de la fascinación que teníamos por la obra de algunos de los autores asociados históricamente al Centro Cultural Rojas, predominaba una motivación: ampliar el espectro de los debates instalados en los años anteriores, anclándonos en otras esferas de construcción discursiva con la puesta en juego de una praxis experimental donde se combinaban tácticas visuales, curatoriales y críticas.
Cito aquí a la propuesta Rosa Cobarde, que si bien quedó inconclusa en el plano de la práctica, llegó a ser formulada por escrito en términos informativos y programáticos. Consistía en la creación de un pigmento exclusivo del espacio que comandábamos, Roberto Vanguardia, cuyo lanzamiento iba a llevarse a cabo con la conmemoración de nuestro primer año de existencia.
Textualmente, Rosa Cobarde era postulado como un producto sin fines de lucro, al que pretendíamos insertar en el campo del arte como una remake conceptual del color de referencia. Innegablemente, aludíamos a los míticos usos del mismo en el ámbito social y cultural.
La iniciativa surgió a partir de una incursión en los principios adjudicados exclusivamente a lo que conocíamos como la tendencia más decisiva del arte argentino de los 90, fomentada por un grupo de creadores reunidos por Jorge Gumier Maier en el Centro Cultural Ricardo Rojas de Buenos Aires.
Entre nuestros basamentos, se hallaban varias ideas y fabulaciones sobre rosa como color-concepto. Pero por sobre todo, considerábamos que había sido una de las grandes vedettes de dicha década y, como toda vedette, tenía que ser rescatada del guaranguismo en el que había caído, luego de convertirse en un parámetro ineludible de identidad de dicho movimiento.
Evidentemente, Rosa Cobarde nos permitía hacer una mención irónica y de repliegue con respecto a aquel tipo de catalogación, asumida en función de una lectura afín con las marcas reconocibles de la era menemista, donde aparecían las categorías de arte light, arte rosa y arte guarango, entre otras.[2] Amén de ello, reconocíamos que dicha clasificación había promovido una discusión estructurada bajo esquemas opositivos que, por su estado de latencia, continuaba determinando los contenidos de numerosas instancias de debate.[3] Por eso, Rosa Cobarde también nos conducía a reflexionar sobre la relación de las expresiones artísticas y críticas vigentes con las de ese pasado reciente.
Así que, la mirada sobre rosa como paradigma no se reducía solamente a aspectos formales. Precisamente, y al ser concebido como el pigmento exclusivo de nuestra firma colectiva, Rosa Cobarde nos convertía en portadores de las ambigüedades y falencias características de las lecturas sobre el arte argentino de los 90. En ellas, encontrábamos distintos grados de evocación al contexto social, político y cultural, a ciertas vanguardias argentinas del siglo XX, al ámbito internacional y, escasas veces, a los desarrollos artísticos de tinte local. En este sentido, había una cualidad que en ese momento funcionaba como disparador constante, tanto de Rosa Cobarde como de otros proyectos.[4] Se hallaba evidenciada en la siguiente pregunta: ¿En qué medida las propuestas de los artistas de Rosario jugaba un papel específico dentro de los discursos y debates sobre el arte argentino de aquella etapa?
Ahora bien, ¿qué sucede hoy cuando nos encontramos con las Dos Cepitas de Marcelo Pombo y El incendio y las vísperas de Graciela Sacco? ¿Qué perspectivas aporta una exhibición signada por dos estéticas que acarrean la memoria de una polémica de la que se ha hablado con frecuencia?
Pombo y Sacco serían, dentro de esta representación funcional, los dispositivos necesarios para impulsar la ficción de un duelo histórico. En tal estado, sus obras suscitan una serie de cuestiones concernientes al período citado, pero también sobre cómo las mismas reinscriben en el presente sus propios parámetros de tensión con las disputas asentadas en torno a aquel momento.
Recalemos entonces en la operatoria ficcional de este planteo curatorial: sacar a Pombo y poner a Sacco.
Me interesa marcar algunas circunstancias previstas en ese proceso de revisión, dejando aflorar los dichos acreditados sobre la época en cuestión.
Entonces, primero pienso en los determinismos cabidos en la actitud de polemizar la aparente omisión de la política adjudicada a los artistas del Rojas, y también en la exclusión de aquellos creadores que expresaban un compromiso explícito dentro de las coordenadas de lo político.[5]
Traigo a colación la coyuntura de un país que, bajo la línea gubernamental de Carlos Saúl Menem, padecía las afecciones sociales causadas por el indulto a los militares involucrados en el llamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-83). Una Argentina subsumida en un modelo neoliberalista, donde los ciudadanos comenzaban a reelaborar sus propios signos culturales de emergencia articulando formatos del pasado e inventando modelos diferenciales para el presente.  
A partir de este paraje, resuelvo desviar la mirada hacia una zona un tanto delicada, abarcada por las iniciativas locales de dicho proceso de reelaboración. Aquí es donde vuelvo a antiguas inquietudes y me pregunto: ¿Qué cualidades presentan los desarrollos del arte de los distintos polos de producción del país durante los años 90? Pero, ante la imposibilidad de desentrañar pluralidades locales, me retraigo hacia otra duda: ¿Cuáles son las problemáticas faltas de consideración que manifiestan los proyectos surgidos en aquel tiempo?
Creo que justamente en este punto es posible recalar en la riqueza del esquema propuesto por Roberto Echen. Pombo y Sacco, en un estado de soledad que revela una señal clave de la disputa actual sobre el período que nos ocupa. La falta de otredades. Terceras terceridades. En esta ocasión, no lugares. Y por qué no, alegorías paradójicas de las pluralidades locales.
En definitiva, síntomas de un parecer que es certeza. La certeza de que la trama del arte argentino de los 90 se constituye en la tendencia a reconocer, analizar y situar también otros contenidos, otros ejes, otros problemas. Certeza de que también en el plano de las ausencias podemos avistar otros horizontes para verificar que finalmente no todo era color de rosa en los 90.
Hete aquí la jerarquización y su contrasentido, como un paréntesis para advertir el desdoblamiento de esta puesta en escena conflictiva, protagonizada por los discursos de Marcelo Pombo y Graciela Sacco. Artistas cuyas propuestas nos permiten percibir, no sólo dos formas diferentes de vincular arte y política, sino también complejidades específicas a la hora de procesar sus lenguajes con relación a las tradiciones artísticas. Dos trayectorias propicias para descubrir formatos distintivos de inserción y absorción de las prácticas contemporáneas dentro del circuito nacional e internacional del arte. Y además, una consideración fundamental. Sus enunciados se definen en los contextos centrales de materialización de las intenciones más representativas del arte de los 90 en Argentina. Buenos Aires y Rosario, respectivamente, polos que en dicho plazo temporal mostraron los signos de una fase crucial para la rehabilitación, apertura y redefinición de los lazos con los históricos años 60. Es decir, la proyección de ambos espacios dada en este caso podría estipular también la insinuación de una relación productora de tramas determinantes en el campo del arte argentino contemporáneo.
Evidentemente, hay aquí un síndrome de activación de la presencia-ausencia de aquellos otros contenidos arraigados en los 90, que exceden claramente los planteos simplificados a los diagnósticos ya conocidos, a pesar de que los incluyen.
Por ende, pese al estado de parcialidad en el que nos encontramos inmersos, en esas zonas de necesidad y contingencia, donde aparecen textos, encuentros de discusión, prácticas artísticas, curatoriales y proyectos patrimoniales privados o estatales, el panorama de ese decenio tiende a transformarse en un terreno eficaz para la renovación de los criterios y mecanismos de legitimación de las manifestaciones actuales. Gracias a esto, ya hay otros bretes que tienden a descentralizar los incómodos cánones de análisis que tildaron a los 90 argentinos como una época ávida sólo para el vicio de la catalogación y para hipótesis unilaterales. Un síntoma de esta situación es el relevamiento de muchas de las otredades de esa década, recientemente veneradas, estudiadas y resignificadas por las nuevas generaciones de artistas, agentes culturales y programas institucionales. Opera en el mismo terreno la aparición de lecturas donde se afirman posturas distintivas frente a las vinculaciones entre arte y política, las cuales ocupan un lugar trascendental en las prácticas de investigación y en las experiencias estéticas, críticas y curatoriales-historiográficas de este siglo.
En este plano, y por las razones que sostienen a gran parte de los ejercicios de curaduría, el fenómeno del vedetismo podría llegar a ser considerado como un legado sustancioso del menemismo. Y aún más, como una herramienta simbólica para enriquecer los puntos de vista instalados y sistematizados en el ámbito del arte sobre la producción de los últimos tiempos.
No obstante, es necesario seguir ensayando e inventando recursos y discursos, procurando la puesta de nuestras figuras en otros escenarios, donde se encuentren liberadas a nuevas condiciones de análisis y, por ende, propensas a otra clase de conflictos. Y no sólo a las figuras conceptuales derivadas del hábito de la catalogación, sino también a entidades, espacios y artistas que, al igual que Marcelo Pombo y Graciela Sacco, operan como piezas fundamentales del arte argentino de los años recientes.
Asimismo, y a propósito de los núcleos que han quedado en cuarentena, parece no haber más remedio que hacer uso y abuso del bagaje de los 90. Puesto que, hoy en día, sus maravillosos productos culturales se hallan a disposición tanto para instaurar espacios de reflexión y disputa, como para la escritura de programas de redefinición de lo dado.

N.R., febrero de 2009

NOTAS

[1] Me refiero a Mauro Guzmán, Sebastián Pinciroli, Eugenia Calvo y Lila Siegrist, con quienes desarrollamos el proyecto Roberto Vanguardia, planteado como un espacio de gestión y producción artística que funcionó entre septiembre de 2004 y 2005.
[2] La noción de arte light fue empleada por Jorge López Anaya en su artículo “El absurdo y la ficción en una notable muestra”, publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el 1° de agosto de 1992, con relación a la muestra de Gumier Maier, Omar Schiliro, Alfredo Londaibere y Benito Laren en el Espacio Giesso, realizada ese mismo año. Por otra parte, el crítico francés Pierre Restany utilizó la categoría de arte guarango en el texto: “Arte guarango para la Argentina de Menem”, Revista Lápiz, año 13, núm. 116, Madrid, 1995, pp. 51-55.
[3] Entre las más recordadas, podemos mencionar el encuentro que se hizo en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), el 12 de mayo de 2003, titulado Arte rosa light y arte Rosa Luxemburgo, con ponencias de Andrea Giunta, Roberto Jacoby, Ana Longoni, Ernesto Montequín y Magdalena Jitrik. Ramona, revista de artes visuales, núm. 33, Buenos Aires, julio/agosto de 2003, pp. 52-91.
[4] Los más significativos son: Creación del artista Iván Saché (Rosario, 1966-1996) y propuesta de donación de dos de sus obras históricas al museo Castagnino+macro; Exposición de arte rosarino de los años 90, con curaduría de Fernando Farina. Cabe señalar que sólo el primer proyecto fue concretado en el marco de la muestra Feliciano Centurión - Omar Schiliro - Iván Saché, realizada el 29 de marzo de 2005, en Roberto Vanguardia. Rescatado de un supuesto estado de omisión, en esta exhibición, Iván Saché fue presentado e imaginado como un posible exponente de la estética del Rojas en Rosario.
[5] Cf. Inés Katzenstein, “Acá lejos. Arte en Buenos Aires durante los 90”, Ramona, revista de artes visuales, núm. 37, Buenos Aires, diciembre de 2003, pp. 4-15.


Ensayo publicado en el marco de la muestra Te saco el Pombo y te pongo el Sacco. Curada por Roberto Echen, la exposición gira en torno a dos obras emblemáticas de la colección Castagnino+macro: Dos cepitas de Marcelo Pombo y El incendio y las vísperas de Graciela Sacco. Obras sumamente representativas de lugares supuestamente irreconciliables en la década del 90, que en esta instancia vivifican el debate 'arte político' vs. 'arte light'. La propuesta del curador se basa en la puesta en escena de dichas piezas junto a ensayos críticos de Justo Pastor Mellado, Jorge Sepúlveda, Fernando Farina, Nancy Rojas, Roberto Amigo, Beatriz Vignoli y Rafael Cippolini.
Museo Castagnino, planta alta, Rosario, 20 de febrero al 29 de marzo de 2009.

Créditos fotográficos: Dos cepitas (primera imagen), 1995, Marcelo Pombo. Colección Castagnino+macro. Fotografía: Norberto Puzzolo, archivo Museo Castagnino+macro. El incendio y las vísperas (segunda imagen), 1996, Graciela Sacco. Colección Castagnino+macro. Fotografía: Norberto Puzzolo, archivo Museo Castagnino+macro.