sábado, 4 de abril de 2020

Mele Bruniard: una maga oficiando en la búsqueda de un grabado de la incógnita


Por Nancy Rojas

Hacia 1962, Juan Grela le atribuyó al grabado las facultades de la magia. Dijo literalmente que, si “pensáramos un poco en lo reducido de los medios que emplea un grabador en su tarea, los consideraríamos magos que con un buril, la cuchilla, la línea, el blanco y el negro sacan a la luz una variedad tan extraordinaria de imágenes”.
En ese texto, publicado en el catálogo de la exposición que Mele Bruniard hizo en la galería Van Riel, Grela se refería puntualmente a la xilografía. Una de las técnicas que la artista estudió y abordó con un sello único desde mediados de los años 50, para convertirse en un eslabón necesario para el estudio de las artes gráficas en Argentina.
Soñaba con un gato
Por una afección conocida, durante la primera década de los 2000 Mele debió dejar de utilizar la gubia, justamente porque la xilografía requiere del uso y la fuerza de las manos. Recuerdo que eso la puso muy triste, pero no le impidió seguir produciendo otras imágenes. Sus dibujos, sus textos, su extenso archivo, su biblioteca compartida con su marido Eduardo Serón, su colección de piedras y dedales formaron parte de su corpus elemental de actos cotidianos, hasta que entró en otra faceta de introspección, que la destinaría al confinamiento absoluto al contraer una enfermedad neurodegenerativa.
Cuando en 2011 empecé a trabajar en la idea de lo que nos imaginábamos juntas como una exposición individual antológica (esta muestra tuvo lugar en el Museo Castagnino a partir del mes de junio del año siguiente), me sentí abducida por su archivo. Cada serie de obras recién salidas a la luz, cada cuaderno inédito, cada postal y cada fotografía acompañados de sus largos relatos, me introdujeron rápidamente en su complejo y fantástico universo. El de una mujer artista cuya magia la convirtió en una gran lectora de los lenguajes, en una adoradora de los objetos y de sus simbologías.
Tuvimos enormes charlas, no sólo sobre su obra sino también sobre sus hipótesis historiográficas y hasta antropológicas. Mele fue una gran narradora oral, copiadora de diccionarios, escritora e investigadora incansable, pero sobre todo una persona altamente perceptiva. Un día llegué a su departamento para relevar nuevas carpetas de obras y mientras esperaba a que terminara de escribir una carta a máquina me hizo un regalo. Me dio una pirita, la piedra de la abundancia. Cuando me la entregó me aconsejó que la tenga siempre, que debíamos cuidarnos y guiarnos principalmente por las energías ancestrales de la naturaleza.
Mele Bruniard (Reconquista, 1930 – Rosario, 2020) obtuvo numerosos reconocimientos en los últimos años, entre los que se hallan las muestras que impulsó la galería Diego Obligado en su sede (2015) y en arteBa (2018), y la publicación que realizó la editorial Iván Rosado de sus dibujos (2019). Hoy es conocida como una gran artífice de mundos icónicos, descubridora y a la vez narradora de lenguajes. Productora de imágenes misteriosas y surreales.
Comienza la época de los homenajes, que seguramente nos llevarán no sólo a recordarla sino también a releer su trabajo a la luz de los parámetros contemporáneos de las artes gráficas, de preguntas más actualizadas sobre el arte moderno, de la refundación del arte según la visibilidad de la producción cultural de las mujeres del siglo XX.
El siguiente es un fragmento adaptado del texto publicado en el catálogo que el museo Castagnino editó en 2012, en el marco de su muestra retrospectiva titulada Mele Bruniard. Intérprete de la xilografía.

“A lo largo de su trayectoria, Mele Bruniard le otorgó un lugar simbólico a la figura de la bestia, que operó como matriz de innumerables relatos visuales. En ellos, los animales son la ilusión de una realidad paralela. Una ficción sujeta a aquella concepción del pensamiento primitivo donde estas criaturas aparecen dotadas de poderes mágicos.
Su serie Bestiario, de 2004, se halla conformada por casi 100 tacos que tuvieron a Iskay-Hatun (1992) ―título escrito en maya-quiché que en castellano significa dos grandes- como punto de partida. Una estampa protagonizada por un yacaré recobrado de su historia personal. Hacia 1999 la artista transcribió: Porque un día al filo de mis cinco años fui hasta el Río Paraná que corre a quince kilómetros de Reconquista y vi, agarrada a la mano fuerte de mi padre, un enorme yacaré, es que en 1992 lo dibujé en papel y luego en la madera para cortarla y estamparla con gran diligencia.
Sagrados y poderosos, los animales de agua, tierra y aire que creó Bruniard en esta serie abarcan, entre otras especies, gatos, caballos, conejos, insectos, tortugas, loros, lechuzas, lagartos, leones, ranas, sapos, ovejas, chanchos, serpientes, toros, pájaros, ratones, peces, camellos y llamas. Cada uno de ellos expresa una dirección, una actitud y un movimiento, escondiendo cierto enigma enarbolado a partir del concubinato entre palabras en otros idiomas y componentes de una flora heterogénea.
Es preciso señalar que en las xilografías de la artista, la hegemonía del símbolo encuentra su punto álgido en el uso de la palabra. Toda su práctica se halla fundada en el vínculo entre artes visuales y letras. Algo que radica en su interés por diversas lenguas rastreadas y estudiadas a partir de intensas búsquedas en numerosos diccionarios.
El quechua o quichua es una de las familias de lenguas originarias de los Andes centrales que empleó habitualmente. Diversas palabras en este idioma ―micchi (gato), akatanka (escarabajo), inti (sol)- aparecen como significante y significado, tanto dentro del universo plástico de la imagen como en el título. También utilizó vocablos mayas y aztecas y expresiones del latín y del guaraní. A veces han sido dispuestos solamente como planos decorativos y en otros casos, como contenidos implícitos encriptados.
La serie de las Runas, comenzada en la década del 80, también da cuenta de este afán por el trabajo con el lenguaje mismo como residuo. Allí los alfabetos rúnicos yacen como inscripciones cabalísticas rememorando grafismos egipcios y medievales para transformar a la pieza gráfica en un acertijo.
Toda su producción posterior a los años 70 pareciera resolverse en torno al supuesto del mensaje cifrado, respondiendo a núcleos de significación determinados. Esto hizo que sus obras devinieran en construcciones complejas con las que fuera posible establecer diferentes niveles de intertextualidad.
En este sentido, el suyo es un grabado de la incógnita, con una fisonomía estética única, con un planteo que trasciende ciertos cánones de la xilografía como forma limitada, descriptiva y esquemática.
Es decir, el de Mele es un grabado de la interpretación. Un arte esencialmente alegórico, capaz de abrir un camino en el proceso de interpelación de la xilografía. No sólo para su propio recorrido discursivo sino también para el campo que abarca esta disciplina en Argentina”.

Publicado en: diario El ciudadano, sección Espectáculos, Rosario, 4 de abril de 2020. Enlace al artículo en El ciudadano: click aquí.

Imagen: Soñaba con un gato ..., 1978, Xilografía, 70 x 50 cm

jueves, 1 de febrero de 2018

Del borrador a la clarividencia: Grela conferencista

A diferencia de las exposiciones, los archivos operan muchas veces como espacios de reinvención de la intimidad. Entre los documentos de un museo personal están los papeles escritos, oficiando como señuelos para acceder a aquellas zonas más frágiles y menos visibles de un pensamiento. Y quizás también a las más ficcionales.
Ahí tenemos entonces a una pila de borradores; notas preparatorias para conferencias y clases escritas a mano alzada por Juan Grela. Parajes donde el creador, desdoblado entre la vida familiar y la pintura como doctrina cotidiana, se manifiesta como un hombre concentrado, preocupado y oscilante, siempre sujeto a una noción programática de futuro.
Imaginémoslo invitado a disertar en público, teniendo que haberse encontrado plenamente implicado en los problemas arraigados en la preparación de un tema, en la responsabilidad de hablar ante la gente generando un hecho escénico. Un Grela debiendo dirigirse a una audiencia, que por más grande o pequeña, le iba a permitir generar conversaciones motoras de ideas disidentes y punzantes para la escena artística rosarina. Un hombre poniendo a disposición sus hipótesis e investigaciones en curso, con preguntas abiertas, y en ocasiones ortodoxas y contradictorias.
Durante la década del 40, Juan Grela comenzó a mostrar lo que podemos considerar una de sus facetas irreductibles como artista visual. Mientras se obstinaba a “hacer cosas con palabras” apareció el ímpetu performativo que define a los actos del habla. El del conferencista, cuyo espíritu discursivo, evidentemente latente y estimulado desde el período de la Mutualidad en los años 30, lo convertiría en uno de los intérpretes más agudos de su trabajo. En un ideólogo del arte que transitaría en forma protagónica por fuera de los centros académicos.
Junto a su lenguaje plástico, sus formas de inscribir las palabras, de discutir en el seno de su propia práctica escrituraria, abonaron además de una posición radical, que cuadra con los principios de quienes encabezaron las distintas campañas del arte moderno en el mundo, una filosofía de vida artística. Un modo de proceder sobre el que se explayó disertando.
A través de cuatro encuentros, en 1985 Grela dictó una conferencia magistral en el denominado en ese momento Centro Cultural Bernardino Rivadavia. Transcripta recientemente y por primera vez aquí publicada, trasciende en el marco de una larga tradición, que comenzó a desarrollar dentro de dos organismos de Rosario: la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos y la Asociación Amigos del Arte. Estas entidades promovieron la realización de las primeras charlas y cursos a su cargo.
Cuenta Grela en una de esas jornadas, que fue precisamente en la primera de estas entidades, que a fines de los 40 mostró una serie de dibujos icónicos sobre el barrio La Basurita. Con una anécdota sustanciosa, expresa que la puesta de la mirada en las secuelas de los imperios ideológicos que reproducen parámetros de desigualdad y dependencia —donde avanzan tópicos como pobreza, marginación, estado miope o ausente–, lo llevó a rebatir slogans políticos de esa época. Y de esta manera, a denunciar la brecha existente entre quienes gozan de ciertos privilegios y quienes no pueden hacerlo.
Si hay algo que define al Grela conferencista, es ese ímpetu de visión, de señalamiento en progreso que coopera con la enorme resonancia que tienen hoy su figura y sus palabras. A esto se debe que se haya convertido en un personaje mítico, redentor de todos aquellos que en los setentas y ochentas quisieron seguir pintando, y de los que al día de hoy producen a la luz de sus argumentos. Es como si a lo largo de los años, hubiera erigido un basamento desde el cuál detentar cada vez un nuevo hallazgo, siempre en correspondencia con un pensamiento realista. Una perspectiva con la que descubrió en la incertidumbre un factor esencial del arte.
Es esa obstinación realista la que, en el plano estético, llevó a Grela a la concepción de una realidad finalmente incopiable, mutante en el tiempo. Y la que definió que el tiempo de Grela fuera expandido, pausado, percibido como una sucesión de etapas. Un lapso en el que confluyeron la lógica con la emoción, el intimismo con la inclinación por temáticas sociales, la figuración monumental y la obsesión por el encuentro con las razones geométricas del arte. Un plazo en el que el artista se dejó atravesar radicalmente por preguntas clave. ¿Qué es pintar en Rosario? ¿Cómo hacer de la pintura un hábito y una proeza laboral? ¿Cómo abordar los nuevos engranajes entre realismo y abstracción en la esfera de las ambiciones comunistas? ¿Cuál es el rol del arte y de los llamados plásticos en una sociedad en la que lo real ya no consistirá más en algo ontológicamente sólido y unívoco, sino, por el contrario, en una construcción de conciencia individual y colectiva?
De la mano de Grela la realidad parece ser la pintura. O mejor dicho, resistir desde la pintura, pero apelando al señalamiento a través de la lectura de sí mismo en voz alta.
Ahora bien, cabe señalar que el Grela conferencista no puede ser desplazado de su afán de maestro y de su faceta de aprendiz. Precisamente en esta confluencia se halla el pretexto para apartarlo del autodidactismo como condición. Y en el mismo sentido, para acercarlo a la figura del teórico e, inclusive, a la del historiador.
Por supuesto, aquí no hay plaza para divisar la inexistencia de una formación académica. Pero hay algo más importante que desandar el autodidactismo con el que en un principio se asumía en sus currículums y con el que lo asociaron escritores como Ernesto B. Rodríguez, y que nos lleva a entender las pedagogías de entrecasa. Esas que se engendran en el interior del taller de un pintor, de cualquier realizador. Y es la connotación de aquella sentencia de Grela que asocia una manera muy particular de hacer con la influencia de los maestros, con la existencia de un pasado que antecede.
Por ende, tiene explicación que sus estudios, conferencias y cursos pronunciados durante alrededor de cuatro décadas lo hayan llevado a desplazarse por la historia del arte, consignando temas que evidentemente fueron elementales para el despliegue de su producción. Primitivismo, Renacimiento, plástica nacional, El Guernica de Picasso, el grabado, el tema en el cuadro, universalidad de los medios plásticos, figuración, nuevas técnicas en la plástica, la labor del pintor y la obra y el espectador, entre otros, son algunos de los tópicos que encontramos en sus borradores. A éstos se suman osados abordajes sobre la génesis de la cultura artística en el ámbito local; lecciones donde no dudó en incorporar su mundo personal a los relatos, sus propias encrucijadas entre arte y vida. Esto implicó que estuviera dispuesto a consignar sus destrezas cotidianas —incluyendo las vinculadas con sus técnicas plásticas, como preparar los soportes acondicionando los pliegos que le facilitaban los almacenes donde hacía las compras–, también como acciones permanentes de pensamiento.
Los ensayos que desarrolló en los escritos preparatorios para sus presentaciones, al igual que las marcaciones que se ven en sus libros, son una suerte de puesta en progreso de ese pensamiento. Como autor sugiere en esas líneas y entrelíneas algunos puntos de vista sobre los cuales emprender una aproximación a su trabajo. Alusiones adonde juega con la capacidad de interpelar su propia obra, considerándola como un itinerario abierto a proyecciones espirituales y coordinadas, admitiendo nuevas direcciones.
Son, en efecto, la escritura y los actos del habla, dominios con los que Grela se hizo cargo de sus propios hallazgos. Los despojó de cualquier ligereza y los usó para redefinir los alcances de una expresión que estaba seguro, tenía que nacer del inconsciente. Aquí es cuando podemos ver al artista pensándose por fuera del movimiento de Arte Concreto Invención, al cual fuera seducido a participar por Tomás Maldonado. “Yo nunca he podido entrar en nada que realmente no sienta o no entienda”. O al que continuamente declara sus discrepancias con los ismos, porque no cree en ellos. Hete aquí nuevamente la visión realista de Grela. La que hace que en esta radiografía prevalezca lo que probablemente más lo identificó como maestro. La firmeza, la sensación de que en cada momento hay la necesidad de una toma de decisión. El arte o la religión, figuración o abstracción. Sin embargo, al mismo tiempo, la impresión de que en cada decisión prescribe el triunfo de la vigencia eterna de esas duplas históricamente inevitables, a las que se pueden sumar otras como arte y política, teoría y acción.
Esa solidez, la pisada en profundidad, dotada de una carga humanista existencial, se siente con vigor en la conferencia de 1985. Es que es en esta década cuando Grela puede leer el sumario de los vaivenes determinantes de su propuesta estética, concibiendo a la sección áurea como un método decisivo. Un dispositivo que, como muchos procedimientos del arte contemporáneo, debió ser abandonado para conducir a lo otro, al régimen experimental. Con la regla de oro Grela se fue pragmáticamente del realismo, pero jamás lo desechó como proeza intelectual. Y es con ella que inició su romance con la libertad asistiendo a la emancipación de sí mismo.
En la imagen del conferenciante, podemos ver entonces al artista actuando en el rol de un verdadero médium. Compositor e intérprete de un lenguaje pulido en los diversos tránsitos del borrador a la oratoria. Da la sensación de que todo aquello que fue observando, asumiendo y discutiendo desde los inicios, saliera ahora a la luz a modo de tesis, como un parlamento libre de ser reactivado.
No es casual que estas charlas de 1985 sean una suerte de antesala de las que iba a dar dos años después en la Universidad Nacional de Rosario. Históricamente al margen de la academia, Grela llegó a la prestigiosa Facultad de Humanidades y Artes en el momento en que su vivencia de la libertad parecía coincidir con la necesidad de profesar institucionalmente su pensamiento. Una filosofía propia, de culto, en la que conviven en forma dialéctica fundamentos comunistas con sentidos capitalistas, el impulso colectivo con el individual, el tecnicismo con el abandono de fórmulas destinadas a la representación, el acercamiento y la lejanía con respecto a las vanguardias.
Valga la redundancia, estamos ante un Grela reciamente moderno, vidente, cuya voz hoy se encuentra suspendida en ciertas metáforas de la cultura contemporánea. El escaparate, la vacilación, el desvío, las huídas hacia los márgenes y el derrame de claves que, bajo el manto de la experiencia discursiva, abren a otras claves.

Nancy Rojas

Prólogo del libro Dentro de uno está el universo, de Juan Grela G., publicado por la editorial Iván Rosado, Rosario, 2018. Referencia: click aquí.

viernes, 6 de octubre de 2017

La hipótesis del masturbador imbécil

Exposición colectiva en el estudio de Mauro Guzmán
Laprida 627, Rosario, Argentina
Inauguración: 6 de octubre de 2017
Cierre: noviembre de 2017
Artistas: Gustavo Cabrera, Bruce LaBruce, Mauro Guzmán, Brian Kenny, Leo Peralta, Gorka Postigo, Verónica Uguet y Dani Umpi
Autores de los manifiestos: Diego Bonzi, Diego de Aduriz y Duen Sacchi-Magdalena de Santo
Activación: Clara Miño
Diseño gráfico: Rafael Beltrán
Curaduría: Nancy Rojas

La hipótesis del masturbador imbécil opera como una alegoría viciosa del mostrismo. Como una exposición que pretende activar el sentido de un conjunto de obras y manifiestos, los cuales ponen en escena la existencia paralela de un activismo disidente y de una nueva plataforma de mostración queer difundida desde el interior de la cultura mainstream.
Considerando que la radicalidad del arte no se encuentra en las instituciones sino en la construcción de ficciones, LAHDMI, que cuenta con artistas de distintas nacionalidades y situaciones generacionales, se despliega sobre el fantasma de cierta cartografía erotizante, tropi-camp y pos-pornográfica, dentro de una casa. Construye un itinerario dispuesto a ficcionalizar un diálogo mutante y diacrónico, a través del tráfico de las imágenes y palabras de Diego Bonzi, Gustavo Cabrera, Diego de Aduriz, Bruce LaBruce, Mauro Guzmán, Brian Kenny, Leo Peralta, Gorka Postigo, Duen Sacchi, Magdalena de Santo, Verónica Uguet y Dani Umpi.
Discursivamente, este ensayo recupera el sentido de lo que metafóricamente Paul B. Preciado llamó La hipótesis del masturbador imbécil, para señalar la inscripción acrítica que tiene la pornografía, cuando es pensada como un código cerrado y repetitivo. Como si escribiera un manifiesto, y a expensas de recuperar en sus prácticas el porno, los dildos, la cultura BDSM, las estéticas butch/femme y drag King y el post-porno, Preciado advierte que quizás “haya llegado la hora de formular una ecología política general de la cultura interesada en re-evaluar la producción, la definición y el reciclaje de sus detritos culturales, así como de apostar por una posible revolución de objetos sexuales y masturbadores imbéciles, capaces de convertirse en productores subversivos y usuarios críticos de la pornografía”.
En efecto, en el marco de la realización de la Marcha del Orgullo LGBTI en Rosario y como antesala del proyecto Simposio Peluca, esta hipótesis formula un desvío posible para la activación de un pensamiento crítico en favor de la masturbación de los imbéciles, como figura y como palimpsesto político, estéticamente cursi y tendencioso. Como brújula que al día de hoy sigue marcando la hegemonía de códigos cómplices de la normalización del héteropatriarcado y de las tecnologías de género.
Este proyecto es posible gracias a la cortesía de La Fresh Gallery y del Festival Asterisco.
Cuenta con el apoyo de Espacio Santafesino y del Fondo Nacional de las Artes.



SITIO WEB DE LA EXPOSICIÓN / https://lahdmi.blogspot.com

FANZINE / Descargar acá

La hipótesis del masturbador imbécil | Fanzine



Fanzine publicado en en el marco de la exposición La hipótesis del masturbador imbécil, con obras de Gustavo Cabrera, Bruce LaBruce, Mauro Guzmán, Brian Kenny, Leo Peralta, Gorka Postigo, Verónica Uguet y Dani Umpi, y manifiestos de Diego Bonzi, Diego de Aduriz, Duen Sacchi y Magdalena de Santo (artista invitada: Clara Miño). La muestra fue realizada en la casa-taller de Mauro Guzmán, en Rosario, desde el 6 de octubre a noviembre de 2017. Fue concebida como parte del proyecto Simposio Peluca.

Enlace al sitio web de la exposición: click aquí.

LAHDMI: una hipótesis para pensar el tráfico del deseo como zona estético-performativa de disidencia


Por Nancy Rojas

Desde hace varios años que, en el mundo, los estudios queer forman parte de las prácticas curatoriales, diseminando numerosas perspectivas en torno a la representación del deseo, las relaciones sociales y políticas de poder dentro de la sexualidad y la crítica al sistema sexo-género.
En este contexto asoma como clave, y cada vez más influyente, un nuevo canon asociado a los usos del tacón y la peluca. Objetos que forman parte de una iconografía, que hoy pareciera señalar la necesidad de una discusión en torno a los trayectos y tácticas de activación-desactivación ideológica de producciones que en el pasado forjaban un espacio de discrepancia.
En este sentido, la apropiación de la metáfora de La hipótesis del masturbador imbécil opera como un Dimmer para divisar esta nueva fenomenología estética. Como una jalea para hacer de esta exposición una alegoría viciosa del mostrismo, poniendo en escena la existencia paralela de un activismo divergente y de una nueva plataforma de mostración queer difundida desde el interior de la cultura mainstream.
Cuando Paul B. Preciado advirtió el desprecio académico que suscita la pornografía, considerada como basura cultural, se jactó de aventar otro de sus derrames teóricos con lo que denominó La hipótesis del masturbador imbécil. Quería señalar la inscripción acrítica que tiene la pornografía, cuando es pensada como un código cerrado y repetitivo. Como si escribiera un manifiesto, y a expensas de recuperar en sus prácticas el porno, los dildos, la cultura BDSM, las estéticas butch/femme y drag King y el post-porno,[1] en su texto “Museo, basura urbana y pornografía”, señaló que quizás “haya llegado la hora de formular una ecología política general de la cultura interesada en re-evaluar la producción, la definición y el reciclaje de sus detritos culturales, así como de apostar por una posible revolución de objetos sexuales y masturbadores imbéciles, capaces de convertirse en productores subversivos y usuarios críticos de la pornografía”.[2]
Considerando que la radicalidad del arte no se encuentra en las instituciones sino en la construcción de ficciones, LAHDMI reflota esta hipótesis desplegándose sobre el fantasma de cierta cartografía erotizante, tropi-camp y pos-pornográfica. Dentro de una casa, construye un itinerario dispuesto a ficcionalizar un diálogo inestable y diacrónico, a través del tráfico de imágenes y palabras de artistas de distintas nacionalidades y situaciones generacionales.
En su manifiesto “Afrodita”, Diego Bonzi concibe al placer como capital colectivo. Como fuerza disruptiva en un contexto socio-político abatido por el necroliberalismo.
Su llamamiento al sudor se magnetiza en la mixtura de un somos variable, fundando un cóctel donde “la perla de puro plástico de cotillón” puede devenir “subversiva”.[3]
El espectro fronterizo de su manifiesto hace eco en el trabajo de Dani Umpi. Artista uruguayo cuyas compulsiones se cristalizan en piezas que abarcan la industria cultural, la cultura popular, la tradición drag y distintas expresiones artísticas.
En 2014, Umpi empezó a realizar sus Parangolés rígidos. Una serie de obras que, en sí mismas, trascienden su objetualidad cuando son activadas performativamente. El ímpetu intertextual de estas creaciones conduce directamente a la figura heroica del brasilero Hélio Oiticica, quien además de introducir el concepto-obra de Parangolé, abrió una ruta para revisar la noción de camp, acuñada por Susan Sontag en su célebre ensayo de 1964.[4] Fue Oticica quien en 1971, viviendo en Nueva York, usó el término tropicamp, “para caracterizar un elemento de resistencia a la gradual comercialización de las estéticas queer de la época”.[5]
Con esta herencia, la obra de Umpi invoca la pregunta sobre ¿cómo podemos interpelar hoy los usos que hace del camp, y también del trash, la historiografía de las prácticas artísticas latinoamericanas?
Es que si de algo se jacta LAHDMI es del uso de concepciones y materiales manipulables y disputables. En el work in progress de Gustavo Cabrera hay una insistencia en poner a los materiales en crisis, en ensayar modelos fugaces para un diario personal reservado a un vouyerismo afanoso de los flujos del homoerotismo. Efusiones candentes y explícitamente visibles en las producciones de Bruce LaBruce, Mauro Guzmán, Brian Kenny y Gorka Postigo.
El caso de LaBruce —cineasta, fotógrafo, escritor y artista con sede en Toronto– es significativo por la impronta que dejó en Argentina la circulación subterránea de The Raspberry Reich (2004), años después de ser estrenada. Una película que trata sobre alemanes de la izquierda moderna adoptando la cultura de los movimientos de la extrema izquierda de los años setenta. Se volvió Icónica en el ámbito de la pornografía gay de culto, habilitando paradójicamente la propagación de eslóganes como: "Masturbation is counter-revolutionary”.
El abordaje decisivo del cuerpo como materia política y visual y como pilar de desactivación de interpretaciones normalizadoras en torno al género, al sexo y la identidad también es un basamento de las fotografías de Mauro Guzmán. En ellas, la impronta pornográfica se halla sujeta a una idea de la masculinidad alterada, cuya genitalidad erecta se confunde entre los paisajes barrosos y fantasmales. Son imágenes cuya oscuridad consigna la probabilidad de un ocaso verde fluorescente, en un cosmos litoraleño.
“(…) fuego húmedo y a veces mojado en la boca pene vagina pechos y ano”.[6] Podemos decir que “Tres sexos”, de Diego de Aduriz, avanza alegóricamente sobre las fotos aquí mostradas.
En su texto, la deconstrucción del género no sólo es figurada sino también trasladada a visiones surrealistas que registran lo aparentemente indocumentado. Un mundo trans cuya sensualidad admite materias como piedra, metal y brillantina, y situaciones de misterio, caída libre y muerte gozoza.
Surrealidad y sexualidad conforman aquí una dialéctica presente en los trabajos de Leo Peralta, Gorka Postigo y Brian Kenny. Tres artistas que, a través de sus retratos, confabulan con lo monstruoso entre el refinamiento propio de un diseño de sí, la suntuosidad de la fotografía de moda y, específicamente en el caso de Kenny, el homoerotismo en su versión más fidedigna de la cultura mainstream. Por ende y a colación, en esta cartografía erotizante, tropi-camp y pos-pornográfica, ¿qué lugar ocupa el feminismo? ¿Hay un espacio para el lesboerotismo en el campo de la producción de imágenes? LADMI también formula estas preguntas, anunciando la inscripción de otra posible hipótesis para futuros ejercicios críticos.
La producción de Verónica Uguet puede ser visualizada bajo esta perspectiva.
La artista, que luego de viajar por Argentina y Bolivia adaptó su trabajo al consumo callejero y a las variables productivas que estos tránsitos le proveían (materiales, paisajes, rostros, arquitecturas y escenas historiográficas y sociales), hoy presenta una serie de dibujos en los que aparece, al igual que en sus poemas, una iconografía erótico-feminista. Un teatro, que visualizado en el contexto de sus itinerarios ambulantes y de la defensa de un alma libre y mutante, sintoniza con las claves del anticolonialismo presentes en los proyectos de Duen Sacchi y Magdalena de Santo. Pareja argentina de artistas, performers, escritoras, investigadoras, ex-filósofas y docentes, que vive en España.
En su texto-pancarta Populismo cuir, aparece una tradición literaria que vincula la emancipación, con la politización y las expresiones sexo afectivas.
“Quería llegar con vos por primera vez a la pirámide de Plaza de Mayo, salir del confort de cada manifestación lésbica para reunirnos en esos icónicos ladrillos blancos rebalsantes de historias”.[7]
A lo largo de este cuento, Sacchi-De Santo asumen el paradigma de la colectivización mediante imágenes que tienen a la manifestación como estética y como estela de la resistencia.
El deseo, el sudor y el placer, tanto en sus piezas como en el resto de las producciones de esta muestra, funciona como motor y como zona de divergencia, formulando un desvío posible para la activación de un pensamiento crítico. Un sudario teórico y visual que pretende discurrir sobre la masturbación de los imbéciles como figura posible y como palimpsesto político, estéticamente cursi y tendencioso. Como brújula que al día de hoy sigue marcando la hegemonía de códigos cómplices de la normalización del héteropatriarcado y de las tecnologías de género.


NOTAS

[1] Julia Masacesse, “Prólogo”, en: Posmuseo, Buenos Aires, Malba, 2017, pp. 14-15.
[2] Paul B. Preciado, “Museo, basura urbana y pornografía”, en: Posmuseo, op. cit., p. 45.
[3] Diego Bonzi, “Manifiesto Afrodita”, 2017, publicado en este fanzine y en el portal El Corán y el Termotanque.
[4] Susan Sontag, “Notas sobre lo camp”, en: Contra la interpretación, Madrid, Alfaguara, 1996, pp. 355-376.
[5] Max Jorge Hinderer Cruz, “TROPICAMP: Pre- y Pos-Tropicália. Algunas notas sobre el contexto de producción de Hélio Oiticica en 1971”, en: AAVV, Ur_versitat 2012. Lecturas recíprocas y alternativas de la modernidad, Valencia, Editorial Universitat Politècnica de València, 2013, p. 72.
[6] Diego de Aduriz, “3 sexos”, 2013, publicado en este fanzine y también por Ediciones Belleza y Felicidad, Buenos Aires.
[7] Duen Sacchi y Magdalena de Santo, Populismo Cuir, 2017, Pancarta, ficción Social.


Texto curatorial publicado en en el marco de la exposición La hipótesis del masturbador imbécil, con obras de Gustavo Cabrera, Bruce LaBruce, Mauro Guzmán, Brian Kenny, Leo Peralta, Gorka Postigo, Verónica Uguet y Dani Umpi, y manifiestos de Diego Bonzi, Diego de Aduriz, Duen Sacchi y Magdalena de Santo (artista invitada: Clara Miño). La muestra fue realizada en la casa-taller de Mauro Guzmán, en Rosario, desde el 6 de octubre a noviembre de 2017. Fue concebida en el marco del proyecto Simposio Peluca.

Enlace al sitio web de la exposición y descarga del fanzine en pdf: click aquí.

viernes, 18 de agosto de 2017

Mugre severa: el imaginario de una "otra" escritura crítica


“(…) no fui ni seré nunca un crítico de oficio, sino un espectador apasionado y desinteresado de todos los espectáculos de arte, y por las centenares de crónicas que escribí jamás percibí un solo centavo. Y ya ven, escribo solamente en ocasiones como estas, cuando siento la imperiosa necesidad de vindicar mis más firmes convicciones de idealidad contra las aparentemente bellas imposturas y contra los impostores”.
Atalaya [1]

Atalaya (Alfredo Chiabra, 1889-1932) practicó diversos géneros de la escritura subrayando e inscribiendo. Su trabajo, esencial para una futura genealogía de la escritura crítica, se puede leer a la luz del proceso de institucionalización de la crítica de arte como género discursivo en Argentina. Avance que implicó que, como disciplina, la misma fuera situada en el ámbito de la interpretación especializada, asumida entonces según los parámetros de juicio y valoración sobre ciertos hechos de la cultura artística.
En El marxismo y la filosofía del lenguaje, Valentín Voloshinov señalaba que “un producto ideológico no solo constituye una parte de una realidad (natural o social) […], sino que también […], refleja y refracta otra realidad exterior a él”.[2] Como doctrina, la crítica asumió esta capacidad simbólica del lenguaje, convirtiéndose en un canon combatido y más adelante, y quizás por su propia debilidad en la formulación de posiciones estético-ideológicas, superado por los propios agentes del campo cultural ante la existencia de los fenómenos derivados de la desmaterialización del arte. Esta transformación había cristalizado el surgimiento de un arte eminentemente discursivo (me refiero a la toma de la palabra que, en forma radical, hicieron los artistas argentinos en los años 60) y, luego, de una cultura performativa que, entre otras cosas, dio lugar a la expansión de programas de gestión independiente y de curaduría, en el contexto del fortalecimiento de la producción de investigaciones críticas en materia de historia del arte.
Aprovechando la circulación de nuevos paradigmas en el estudio del arte contemporáneo, y por la presencia casi moribunda de lo que conocemos como crítica de arte, cabe preguntarnos cuáles son hoy las prácticas de escritura vigentes. Y, asimismo, visualizar cuáles son las posiciones críticas que ocupan. Pues en definitiva, la hipótesis de discusión que propongo está atravesada por una sensación de pérdida, que le asigno a la escritura como recurso y como hábito, como zona de activación estético-ideológica.
Es cierto que en los espacios irregulares de la modernidad y de la posmodernidad la crítica de arte ocupó un lugar central en los debates. Inclusive fueron necesarios sus impulsos de catalogación, encasillamiento e invención poética y descriptiva que, en cada etapa, respondieron a esquemas precisos de legitimación.
Ante un arte pensado en términos de cultura contemporánea, considerada ésta como una fuerza de producción inevitable y, en algunos países, central de la economía inmaterial del capitalismo cognitivo, ya no es posible la crítica como metodología sino más bien, la activación de una otra escritura crítica. Una plataforma de fabricación de corpus teóricos, de ficciones capaces de fusionar interpretación y análisis con posición crítica, señalamiento y suciedad discursiva.
Es éste el imaginario de una escritura capaz de admitir ejercicios de sedimentación, a través de los cuales ponderar y asumir la sobra en el propio estilo, para hacer de esta iniciativa una praxis metalingüística y revisionista con respecto a los modos y políticas programáticas del arte.
Hacia 1917, en su cuento The mark on the wall (La marca en la pared), Virginia Woolf escribía: “Con cierto alivio por mi parte, la visión de la mancha interrumpió mi fantasía, ya que se trata de una fantasía vieja, mecánica, quizá nacida en mi infancia. La mancha era pequeña y redonda, negra sobre el blanco de la pared, situada seis o siete pulgadas más arriba de la repisa de la chimenea”.
Del mismo modo en que los desarrollos del arte mostraron tácticas de pronunciación y transformación—podemos mencionar, entre otras, las de incisión (los tagli, tajos, y los buchi, agujeros),[3] las de reproductibilidad técnica, las ligadas al collage–, la escritura y la crítica literarias manifestaron sus propios procedimientos de alteración. Néstor Perlongher asoció a Severo Sarduy con la idea de la escritura como tatuaje, y a Osvaldo Lamborghini con la que planteaba al lenguaje como tajo (herida abierta).[4]
En este sentido, podemos pensar a la mancha (marca), como aquel indicio de mugre severa producida en procesos de sedimentación de la crítica como disciplina. Y, por ende, como una figura procedimental posible para ejercer la escritura crítica como una experiencia teórica y empírica de la cultura contemporánea.
Cabe señalar que, en este contexto, la mancha podría implicar también la fantasía de una grieta (Vuelvo entonces a Virginia Woolf: “Debo ponerme en pie de un salto y ver por mí misma qué es realmente esta marca en la pared, ¿un clavo, un pétalo de rosa, una grieta en la madera?”).
En un marco imaginario de agitación de nuestras propias ficciones de actualidad, es propicio sospechar que la cultura contemporánea esté hecha de marcas que transforman y de grietas que hunden, de flujos barrosos de trinchera.
En este plano, la escritura, como mugre severa, debe jugar un rol activo en la esfera de los lenguajes, porque justamente, y como señalaba Perlongher, si “hay una subversión potente y patente, ella afecta al lenguaje".[5] Y entonces, debe estar al servicio de la subversión de la crítica de arte como cadáver, coincidiendo con Atalaya en que “un cadáver, por muchos conceptos abriga una multitud de vidas”.[6]
Por otra parte, su determinación es la de una apuesta ensayística, concebida ideológicamente en primera persona y, por ello, destinada a invertir cualquier dejo de tendencia intransitiva. En definitiva, nos referimos a una instancia espacial y performativa, una escritura expandida que, políticamente y en el plano de la enunciación conceptual, apela a la ficción como parte de la realidad.
En este sentido, es esta escritura una condición necesaria en el horizonte de la contingencia, porque no sólo habilita sino que procura la invención de paradigmas anclados a diversos devenires: filosóficos, sociológicos, antropológicos, etc.
En busca de la filiación entre corpus teórico experimental y palabra adversativa, esta otra escritura crítica es, como todo proceso de sedimentación, un ciclo de alteración discursiva. Un derramamiento cuya mugre severa puede disiparse y transformarse o permanecer dentro y más allá de las dimensiones enunciativas. Un llamamiento al rebatimiento y al surgimiento de nuevas instancias de proyección estético-crítica.


NOTAS
[1] “La Histeria en el Arte (retrato moral de un «artista»)”, agosto-septiembre de 1930, archivo Atalaya, publicado en: Atalaya. Actuar desde el arte, Buenos Aires, Fundación Espigas, 2004, p. 164.
[2] En Argentina, este libro fue traducido al español y publicado por Ediciones Nueva Visión en 1976 como El signo ideológico y la filosofía del lenguaje.
[3] Estrategias formuladas por Lucio Fontana para abolir el espacio ilusorio, a través de su teoría del Espacialismo, que materializó en sus series de «conceptos espaciales», constituidas por obras monocromáticas, alteradas a base de agujeros y cortes en la tela. Néstor Perlongher, “Ondas en el fiord. Barroco y corporalidad en Osvaldo Lamborghin”, en: Prosa plebeya: ensayos, 1980-1992, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2008, p. 135.
[4] Néstor Perlongher, Íbídem., p. 136.
[5] Atalaya, citado en: Patricia M. Artundo, “El crítico de arte y su universo histórico discursivo (preguntas a un archivo documental)”, Atalaya. Actuar desde el arte, Buenos Aires, Fundación Espigas, 2004, p. 15.


Publicado en: Mercado de Arte Contemporáneo: Arte Avanza 2017, Córdoba, Editorial de la UNC, Editorial Municipal de Córdoba, 2017, pp. 131-133.

jueves, 12 de enero de 2017

Pepsi, de Claudia del Río

Pepsi, la exposición reciente de Claudia del Río en la galería Diego Obligado de Rosario, se despliega como una instalación, o más bien como una suma de impresiones sucesivas. La muestra es, por un lado, un argumento. Una poética antes que la formulación de un instructivo o una serie de ellos para la creación de esa poética. Allí las piezas migran entre la producción gráfica, la escultura y el ritual y se resignifican en el marco de un círculo vicioso que responde a una cosmovisión autoral: la mirada intuitiva de esta artista que desde la década de los ochenta explora diversos sistemas de producción, previendo que unas obras sean la prueba de existencia de las otras. En esta instancia, esa condición estalla en la manifestación del que parecería ser uno de los derroteros infinitos del arte: el desprendimiento de fantasmas en el espacio.
Desde Cien imágenes huérfanas (Museo Castagnino, 2000), donde se cristalizaba cierto fervor por una concepción rizomática de la producción artística, las exhibiciones de Claudia del Río transitan el eco de experiencias legendarias. En este caso podemos citar la muestra 0,10: Última exposición futurista (1915), donde Kasimir Malevich colgó su Cuadrado negro en uno de los ángulos superiores de la sala. En Pepsi, un lápiz sin título de 2015, el esquema iconográfico de una secuencia simétrica de círculos que conforman una cruz, ha sido ubicado en uno de los ángulos de la galería. Desde ese punto de fuga, esta imagen asume una petición de principio: el orden visual debe emparentarse con el orden emocional.
La resonancia de cierto realismo intimista en algunos de sus dibujos, donde se vislumbra su acercamiento a los laboratorios de artistas como Juan Grela, puede percibirse como la consecuencia de una apuesta procedimental e ideológica. La mixtura entre el signo regional y el manifiesto universal. Por otra parte, la exhibición es también el resumen de una antología o la posibilidad de su ensayo. Collages y dibujos realizados entre 2011 y 2016, botellas de vidrio que, dispuestas sobre un espacio revestido con madera (machimbre), evocan instalaciones anteriores, y ladrillos labrados y pintados conforman el cuerpo de trabajos presentados. La condición cíclica de este conjunto se cristaliza en un diseño de montaje determinado por la repetición. Varias telas caracterizadas por la clonación de distintos prototipos de patrones ofician de soporte de cada obra y plantean las pautas espaciales del recorrido general. Comprados en distintos viajes y elegidos más que por el origen, por los diseños que en ellos se reproducen, estos paños operan con relación a una narratividad que excede cualquier ímpetu anecdótico; inclusive el del título de la muestra.
Desde esta perspectiva, Pepsi es también un correlato. Implica tanto la literalidad de este vocablo popular como la contaminación de su sentido y el desvío hacia una búsqueda específica: la de la sensibilidad suprematista, y también la de aquellas experiencias guiadas por el flujo de la misma energía constituyente de su libro recién publicado Ikebana política (Iván Rosado, 2016).

Claudia del Río, Pepsi, Diego Obligado Galería de Arte, Rosario, noviembre – diciembre de 2016.

Publicado en: Otra Parte Semanal, 12 de enero de 2017. Link al sitio: click aquí.

viernes, 28 de octubre de 2016

What Matters? ¿Qué cuenta? Was zählt?

What Matters? ¿Qué cuenta? Was zählt?
Ernesto Ballesteros, Diego Bianchi, Florencia Caiazza, Martín Carrizo, Ayelén Coccoz , Nicola Costantino, Jimena Croceri, Raúl Flores, Mauro Guzmán, Fabio Kacero, Fernanda Laguna, Adriana Minoliti, Marisa Rubio, Nicolás Varchausky

Curaduría: Susanne Greinke
Proyecto: Ayelén Coccoz – Cosima Tribukeit

Inauguración: 27.10.2016 / 19 hs
Exposición: 28.10. – 11.12. 2016

Conferencia: Nancy Rojas, 01.11.2016 / 14 hs

Oktogon, HfBK Dresden, Alemania


What Matters? ¿Qué cuenta? Was zählt? es una propuesta de intercambio internacional e intercultural, que habilita un espacio de diálogo para pensar la producción artística contemporánea. La muestra, conformada por obras de catorce artistas argentinos, articula nociones como identidad cultural, acción colaborativa, migración y prácticas experimentales a partir del impacto que las mismas tienen simultáneamente en Argentina y en Alemania.
La exposición, con curaduría a cargo de la historiadora y curadora de la institución Susanne Greinke, forma parte del programa Schools of Art que, desde 2010, fomenta el intercambio entre artistas y estudiantes de diversas ciudades del mundo con la comunidad artística de la HfBK. 
Como parte de este programa, la HfBK Dresden albergó una conferencia sobre la escena artística argentina, a cargo de Nancy Rojas, que culminó con una entrevista a los artistas Ayelén Coccoz, Mauro Guzmán, Marisa Rubio y Nicolás Varchausky.   

Notas sobre Arte Argentino Contemporáneo: el borde como paradigma (abstract)

En el campo del arte argentino, la crisis de 2001 puede ser leída como uno de los principales focos de irradiación de una sensibilidad cultural vinculada con el prototipo de la colectivización de las prácticas artísticas.
A la luz de movimientos sociales como el denominado #Ni una menos, las propuestas de las generaciones recientes de artistas exploran aquellos arquetipos de productividad cultural, intercambio y asociación asumiendo desde diferentes posiciones críticas el deseo de otredad y de subjetivación disidente. Las estrategias han dado lugar a distintos laboratorios de experimentación. En ellos se producen imágenes que habitan paradigmas de emancipación que van desde el excentricismo hasta el fuera de campo y el neobarroso ilustrado.


Foto: Cosima Tribukeit

jueves, 18 de agosto de 2016

Leopardos sueltos


En un artículo del diario La Nación del 10 de junio de 2011 se señalaba: “…el recordado y querido Federico había hecho de su vida una performance continua. Era notable entre sus amigos del arte que asistían a las inolvidables fiestas de cumpleaños con shows de ópera a su cargo, leopardos vivos y musculosos performers”. Expresiones como ésta inspiraron el uso retórico de la imagen del leopardo presente en esta declaración.

El imaginario social colectivo se arroga un concepto de moral ligado a una fatalidad: la normativización de los relatos estéticos y de los discursos programáticos.
Detengámonos en la memoria de un subsuelo, metáfora posible de otro ruedo under; un espacio de naturaleza aristocrática perfecto para la abyección, para la excentricidad civilizada.
Animales cuadrúpedos se chocan en sus andanzas por hacer caso al relato ficticio de su libertad. Se supone que todos están amaestrados o, mejor dicho, amansados.
Es de noche, a lo lejos, se escucha el enunciar de un sujeto de conductas sospechosas apodado Federica. Alguien se desploma y uno de los animales descarrila. Su rugido desnudo perturba. 
¡Escándalo! Todos y todas le temen. Los dueños del banquete no tardan en buscar chivos expiatorios mientras el desastre se apodera de esta festividad subterránea.
Leopardo, ahora mísero y grasoso, paladín del peligro y de la inmoralidad aterroriza, pero no tarda en despertar la pulsión de admiración y fanatismo. A la sazón, se vuelve entretenimiento, costumbre, museo, y con ello su presencia se desactiva.
Sedada por la realidad, la masa acepta la dicha de otro happening: ese en el que vemos al resto de los animales copiar sus actitudes.
Répétition, ensayo. Répétition, ensayo. Répétition, ensayo.
Yo, leopardo, no deseaba semejante desactivación.
Ante los avatares y reversiones pop, cinéticas y performáticas de la cultura Nietzscheana, los procuradores de la inmoralidad yacen en su propia jaula. Son auténticos leopardos que van y vienen amansados como en aquellas fiestas subterráneas de los 90, secundados por el misticismo experimentalista y por el destino de las políticas culturales propias de este mundo patriarcal y racista.
Las hijas de las filosofías de la alteridad, las herederas de la autentificación artística del uso de tacones y pelucas, las representantes de la lucha individual y colectiva, de las prácticas post-feministas, ¿nos habremos volcado a la figura del amansamiento?
¡Vaya paradoja! El paradigma del subsuelo dostoievskiano parece ser el mugiente prototipo del leopardo. Finalmente, un animal hermoso cuya dialéctica ferocidad-mansedumbre nos indica que la subcultura alta, al fin y al cabo clasista, pone en riesgo el ejercicio de la resistencia.
Las portadoras de pelucones de los 90 y de los 2000.
Las locas.
Las indies.
El grupito de las endogámicas.
Las militantes blandas.
Las que fuimos monaguillos y nos arrepentimos.
Las escultoras.
Las performanceras y las curadoras.
Las cronistas oficiales de la subcultura mainstream.
Las etcétera, etcétera.
¿Estamos desactivadas? ¿O a punto de parir un minotauro?
¿Somos libres o liberales?
¿Somos manifiestos del deseo o seguimos siendo deseadas?
¿Estamos realmente sueltas o aprisionadas?
—Quizás, solamente amansadas —aseveró su espíritu desde de la puerta. 
—Entonces, no hay de qué temer.

Epílogo

En las décadas recientes, los estudios culturales diseminaron numerosas perspectivas en torno a la representación del deseo, las relaciones sociales y políticas de poder dentro de la sexualidad y la crítica al sistema sexo-género. 
La propagación de discursos estéticos, desarrollados en determinados polos geográficos bajo estas alas de referencia, pareciera señalar la contingencia de una discusión en torno a los trayectos y tácticas de activación-desactivación ideológica de producciones que, en el pasado, forjaban un espacio de disidencia.
El punto clave es la advertencia ante la existencia de una nueva plataforma de mostración queer difundida como parte de la cultura ilustrada, normalizada.
Bajo el paradigma del leopardo suelto, recalo en la posibilidad de una mirada molecular, esencialmente crítica con respecto a las iniciativas que ahora mismo ponen en foco la relevancia historiográfica, social y estética de los imaginarios y las políticas queer en los derroteros del arte contemporáneo.

Nancy Rojas
25 de Julio de 2016

Manifiesto que integró la exposición Dórico, Jónico, Corintio. La historia del arte después del derrumbe de la norma, curada por Jimena Ferreiro en Buenos Aires, Fundación Federico Jorge Klemm, del 18 de agosto al 14 de octubre de 2016. Publicado en el catálogo de la exposición y presentado con la performance Lectura telemática en la inauguración de la muestra.

Foto superior e inferior lado derecho: Juan Renau, capturas de registro videográfico | Foto inferior lado izquierdo: Dani Umpi
Estilismo: Mauro Guzmán y Nicolás Mareco

miércoles, 18 de mayo de 2016

Curaduría expandida en el horizonte institucional de la contingencia


"Curaduría expandida en el horizonte institucional de la contingencia". Texto publicado en: Federico Baeza et al., Oasis: afinidades conocidas e insospechadas en un recorrido por la producción artística de nuestro tiempo, Buenos Aires, Fundación arteBA, 2016, pp. 99-121.

LINK A LA PUBLICACIÓN ONLINE click aquí

domingo, 8 de noviembre de 2015

Escritura programática

Un seminario taller focalizado en la redacción de proyectos artísticos
Comienzo: 18/11/2015
Duración: 5 encuentros
Miércoles de 17 a 19 hs. (sujeto a cambios)
Lugar: Laprida 627, Rosario

Destinado a estudiantes, artistas y operadores culturales interesados en incursionar en las teorías de análisis del texto, desde la lógica de la enunciación, a través de la lectura, la investigación y la práctica, con el fin de aplicarlas en el proceso de redacción y puesta en página de proyectos artísticos. 



¿Cuál es la dimensión enunciativa de nuestros proyectos artísticos?
¿Qué interlocutores estamos imaginando en el proceso de producción de un texto que se constituirá en el epicentro de la puesta en página de un proyecto?
Considerando la importancia del discurso desde la perspectiva de las teorías de la enunciación, este seminario-taller propone un ámbito de lectura, análisis y redacción. Un lugar de pensamiento crítico cuyo desafío será invertir la tendencia intransitiva de aquellos textos propios, a partir de herramientas que enriquezcan su concepción y escritura.
Siendo el objetivo principal la puesta en página de un proyecto artístico, se trabajará sobre los componentes descriptivos, didácticos, prescriptivos y programáticos del enunciado.
En este sentido, se analizarán discursos políticos (históricos y actuales), fallos judiciales y textos culturales (manifiestos, textos literarios, críticos, investigaciones, proyectos artísticos).
Asimismo, se trabajará sobre el/los proyecto/s propio/s, aplicando las herramientas de cada encuentro para pulir y perfilar las condiciones estéticas de nuestro lenguaje.

martes, 1 de septiembre de 2015

Ten cuidado / Ciclo El borde de sí mismo

Ten cuidado
Dirección: Mauro Guzmán
Intérpretes: Nancy Rojas, Luciano Ciarrocca, Mauro Guzmán
Libreto: Nancy Rojas
Escenografía: Mauro Guzmán
Visuales | Fotografía: Rafael Beltrán
Funciones: 04/09 20.00 hs. | 05/09 16.00 hs. | 06/09 18.30 hs. | 10/09 20.00 hs. | 11/09 18.30 hs.

En el marco del ciclo El borde de sí mismo. Ensayos entre el teatro y las artes visuales | Jérôme Bel (Francia), Ariel Farace (Argentina), Bruno Gruppalli & Daniel Joglar (Argentina), Mauro Guzmán & Nancy Rojas (Argentina), Silvio Lang (Argentina), Richard Maxwell (Estados Unidos), Liliana Porter (Argentina), Rubén Szuchmacher (Argentina) | Curaduría: Javier Villa y Alejandro Tantanian | Del 14/08 al 27/09 de 2015 | Museo de Arte Moderno de Buenos Aires | Av. San Juan 350 - Buenos Aires - Argentina

Ten cuidado es un proyecto que toma al género del biodrama como punto de partida, interpelado por la idea de la biografía como ficción generadora de una puesta en escena expandida. [*]
Se trata de un ensayo escénico constituido por una suma de textos basados en la historia personal de una agente del campo del arte, documentos de archivo, acciones e imágenes cinematográficas interpretadas en voz alta. Un work in progress con flashbacks subjetivos, alusivos a cierto escenario artístico y socio-cultural argentino, que expone la pulsión entre construcción y quebrantamiento de una identidad familiar, social y de género.
En escena, una curadora, ensayista y productora de arte asume el rol de intérprete. Es dirigida y, por ende, situada en un espacio de negociación con su propia biografía. Dispone su cuerpo para jugar narrativamente con los aspectos de la identidad, atravesando diferentes tópicos que van desde la propiedad del nombre como alegoría de una autoría inestable hasta la relación entre poder y desigualdad.
Tácticamente, la propuesta procura ahondar en complejidades escénicas experimentales e inconclusas, haciendo de la performance un módulo de alteración espacial, dispuesto a subvertir la actuación guionizada.
Conceptualmente, en tanto presentada dentro de un museo, esta producción habla de la curaduría como manifiesto y como drama, y también del drama como curaduría. Dentro y fuera de estos límites, explora los alcances de la interpretación y la dirección teatral como fases experimentales de lo curatorial.

[*] Surgió en el marco del seminario-taller de Biodrama, dictado por Vivi Tellas en Rosario, en 2013, organizado por el Centro Cultural Parque España/AECID y La Comedia Teatro Municipal de Rosario.

Entradas: en la recepción del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires o en Alternativa Teatral (www.alternativateatral.com)

miércoles, 29 de julio de 2015

Precursores / Sesentas - dos mil uno

Precursores / Sesentas - dos mil uno
Charla abierta
29 de Julio de 2015, a las 18 hs
Facultad de Humanidades y Artes
Rosario - Argentina
Invitan: Taller La Basurita del Fondo Nacional de las Artes y Universidad Nacional de Rosario

En el campo del arte argentino, la crisis de 2001 puede ser leída como uno de los principales focos de irradiación de una sensibilidad cultural vinculada con el prototipo de la gestión artística.
Sin embargo, la gestión en el campo del arte cuenta con una serie de precursores, entre los que resulta ineludible mencionar al Grupo de Rosario, motor del proyecto Tucumán Arde (1968); al que le siguieron distintas iniciativas desarrolladas entre los años 70, 80 y 90. Propuestas que propiciaron espacios pioneros de construcción colectiva forjando nuevos arquetipos de productividad cultural, intercambio y asociación.
Estos precursores son los que nos permiten pensar a la gestión como uno de los avatares de la cultura contemporánea, pero también como una normativa histórica, alentadora de una perspectiva artística crítica con respecto al contexto vigente.
En este sentido, son estos precursores los que abrieron el camino a la actual condición expansiva de lo que podríamos llamar una cultura de la gestión. Un modelo social destinado a trabajar con relaciones corporativas entre sujeto y utopía, manipulado en función de acciones artísticas pensadas y dirigidas.

lunes, 1 de junio de 2015

El almacén del tiempo como laboratorio

Hacia 1967, María Teresa Gramuglio señalaba: “se oye decir que el arte contemporáneo está en crisis, cuando en realidad se trata de un proceso de reconsideración crítica de las formas artísticas. Nuevas formas, una actitud constante de investigación y experimentación: estas son las vías elegidas para replantear el problema de la expresión artística. Pero todo lo nuevo no sólo sorprende e impacta, sino que hasta produce rechazo. ¿Cómo, entonces, se puede abordar la experiencia tan controvertida del arte contemporáneo?” [1]
La creación del Macro (Museo de Arte Contemporáneo de Rosario), producto de un largo proceso iniciado en los comienzos de este milenio, se enmarcó en un contexto cultural donde parecía que algunas de aquellas mismas sensaciones de los años 60 continuaban en vigencia.
Ante la pregunta acerca de cómo abordar la experiencia controvertida del arte contemporáneo el Museo Castagnino concibió dos posibles respuestas. La primera fue la creación de una colección de arte contemporáneo, destinada a convertirse en un acervo representativo a nivel nacional tanto por su espíritu federal como por su capacidad de redención histórica. La segunda: crear un museo que la albergue y que acoja los flujos artísticos del presente.
En el marco del décimo aniversario del Macro,  la propuesta curatorial Construcción de un museo de Federico Baeza, Claudia del Río, Leandro Tartaglia y Santiago Villanueva invita a revisitar esta institución, y también a realizar lecturas críticas, hoy completamente necesarias. En este sentido, reactiva la discusión en torno al rol de este museo, desplegándose sobre el imaginario del museo de arte contemporáneo como un laboratorio de reflexión colectiva.
La exposición se presenta en seis pisos del edificio. El primero muestra los títulos de las obras que integran la colección de arte contemporáneo Castagnino+macro. El segundo, el cuarto y el sexto disponen los muros de las salas convertidos en pizarras, partiendo de Pieza-Pizarrón (2006-2012) de Claudia del Río, en diálogo con producciones icónicas de este patrimonio, como las de Liliana Maresca, Roberto Jacoby y Víctor Grippo-Jorge Gamarra-A. Rossi. En el tercero se exhiben papeles de Alberto Pedrotti donados en 1980, y en el quinto, el archivo del Departamento de Educación.
El recorrido se desarrolla como un texto crítico en varios volúmenes: cada uno con sus obras, espacios liberados, escrituras del público y documentación. 
Bajo una plataforma abierta a la intervención del visitante, visualiza la compleja figura del Macro, la pone en escena y la resignifica a la luz de las no pocas propuestas que en el presente han tomado a su historia como referencia.

10 años atrás
La apertura del Macro fue, sin duda, emblemática de una época. Fue simultánea al surgimiento de numerosas instituciones y proyectos de gestión que, creados muchos de ellos fuera de las capitales culturales mundiales, ocuparon roles importantes en la discusión sobre el fenómeno de la globalización en el campo cultural. En Argentina, la efervescencia del espacio/proyecto alternativo y los diversos debates en torno a la gestión independiente crecieron notablemente luego de la crisis de 2001. Situación que el Macro también aprovechó para proponer una redefinición de los parámetros históricos y geográficos con que se leía el arte argentino hasta ese momento, a raíz de que Buenos Aires operaba como polo cultural dominante y ordenador de los discursos. 
La historia del Macro se remonta a una iniciativa de la Fundación Antorchas (1985-2006). En el año 2000, esta entidad decidió donar obras de 27 artistas a un museo del interior del país, para lo cual abrió una convocatoria a concurso pidiendo una propuesta de contraprestación a cada establecimiento inscripto. El entonces ganador ―el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca— no cumplió con lo acordado y Antorchas lanzó, a fines de 2002, un nuevo llamado. Esta vez lo dirigió solamente al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires y al Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino. 
Elegido para recibir la donación, el Castagnino, bajo la dirección de Fernando Farina, se propuso la incorporación de 100 obras con la finalidad de conformar una colección de arte argentino contemporáneo. Dicha tarea fue completada en pocos meses sobrepasando el acuerdo inicial. Se cumplió gracias al apoyo de los artistas, que aceptaron sumarse al proyecto, y al respaldo de la Fundación Castagnino y de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario. El compromiso de los artistas implicó la donación de obra recibiendo una suma de dinero equitativa, simbólica, en concepto de gastos de producción. 
La consecuencia de estas acciones fue la cesión de los ex silos Davis por parte de la Municipalidad de Rosario al Castagnino, para hacer realidad el sueño del nuevo museo de arte contemporáneo. 
El Macro abrió sus puertas emblemáticamente en 2003, con una exposición de corta duración que permitió que el proyecto quedase inaugurado oficialmente por el entonces intendente Hermes Binner un día antes de que terminase su mandato. Durante un año, el Castagnino trabajó en la definición de los parámetros del nuevo museo, en la formación de su equipo, en la gestión de sus necesidades como edificio y en la ampliación de su colección. 
El martes 16 de noviembre de 2004, un día antes de la apertura en Rosario del III Congreso Internacional de la Lengua Española y con grandes expectativas, el Macro quedó abierto al público general con una exposición donde se mostró un recorte de la colección, que por entonces ya contaba con alrededor de 250 obras. En esa oportunidad al equipo curatorial, dirigido por Roberto Echen, se sumó como invitado el artista Román Vitali. Se trabajó aprovechando la estructura vertical del edificio de 10 pisos presentando en el primero una muestra de Lucio Fontana, en los posteriores piezas contemporáneas del nuevo patrimonio (de Marcelo Pombo, Omar Schiliro, Ariadna Pastorini, Liliana Porter, Dino Bruzzone, Román Vitali, Cristina Schiavi, Sergio Avello, Lucio Dorr, Benito Laren, Julio Le Parc, Roberto Aizenberg, Guillermo Kuitca, León Ferrari, Daniel Joglar, Víctor Grippo, Ernesto Ballesteros, Elba Bairon, Lucio Fontana, Juan José Cambre y Mónica Girón), en el piso 7 una instalación con obras de la colección que simulaba la idea de depósito y en el 9 intervenciones de Luján Castellani, Leo Battistelli, Marcelo Villegas y Mauro Machado. La inauguración estuvo acompañada por el lanzamiento de Arte Argentino Contemporáneo. Una publicación de más de 300 páginas que, previo trabajo de documentación, se convirtió en ese momento en una referencia bibliográfica importante para reforzar y, en algunos casos, proporcionar legitimidad a un conjunto importante de creadores argentinos.
Con una mirada retrospectiva, la trayectoria de este museo, llevado adelante hasta ahora por tres gestiones directivas (la de Fernando Farina, la de Carlos Herrera y la actual de Marcela Römer), pone a la luz el complejo proceso de institucionalización del arte contemporáneo en nuestro país, la cambiante relación entre el arte y las políticas oficiales y el espacio crítico que, en este milenio, sigue ocupando la cultura.
Con algunos proyectos memorables, en sus comienzos, el Macro intentó posicionar al arte contemporáneo en un lugar incierto pero necesario para poner en primer plano a aquellas producciones que incorporaban la interdisciplinariedad, el riesgo, la reedición de la historia y la valorización de los procesos en la elaboración de la obra, entre otras condiciones. Intentó redoblar su apuesta inicial para convertirse en una institución significativa, no sólo a nivel local sino también nacional, sosteniendo una meta que probablemente en los últimos años ha sido difícil de visualizar: presentar pero también discutir el arte del presente.

La fábrica hoy
Alegóricamente, la muestra Construcción de un museo puede ser leída como un oxímoron. Se oxigena con el aire de una ciudad a orillas del río y vuelve a plantear a este mismo museo como almacén de obras y discursos y, al mismo tiempo, como una máquina de experimentación. Es decir, el proyecto se repliega sobre la idea original de fábrica en construcción con la que se auto-representó esta institución en 2004, para versar sobre la existencia necesaria y contingente de los museos de arte contemporáneo en el presente, sobre la relación entre el espectador y las desgastadas instituciones artísticas, sobre las políticas públicas, sobre la cultura y también sobre el patrimonio como espacio posible de redención, entre otros temas. 
En este plano, esta muestra habilita ese deseado intersticio para la participación colectiva. Y lo hace re-escribiendo curatorialmente, una vez más, la historia de las tareas que los museos, espacios independientes y galerías han asumido en el milenio actual: posicionar la producción artística vigente, releer los discursos olvidados del pasado, re-editar las historias del arte, valorar los procesos de realización de obra, entre otras.
En su reflexión intrínseca sobre el acceso público a la cultura, esta propuesta también ofrece una mirada deconstructiva. Pone en discusión cierta estructura institucional que ha hecho del arte contemporáneo un fenómeno alejado de la sociedad. A través de sus pizarras, Construcción de un museo apuesta a discutir el arte “con el público”, haciendo dialogar a las ya legitimadas obras con las ideas que aquellos espectadores han querido expresar abiertamente. Memorias, saludos, locuciones mundanas, insultos, solicitudes, notas felices y también tristes, trazan una “otra” imagen del museo, como un espacio afín a la mirada crítica y a la circulación del arte más allá del arte. Y a la vez, anuncian su fragilidad. La misma por la que se lo lee como una entidad provista también de falencias, contradicciones, e inclusive de problemas estructurales, como los presupuestarios y edilicios.
Lo cierto es que pese a cualquier debilidad, el Macro hoy cuenta con una de las más importantes colecciones de arte argentino contemporáneo ―casi 500 artistas, diseñadores y colectivos se hallan representados—. Hacia 1997, Pontus Hultén (1924-2006), quien fuera uno de los curadores más importantes de la escena internacional, decía: “La colección es la espina dorsal de las instituciones; les permite sobrevivir a los momentos difíciles”.[2] El proyecto Construcción de un museo refuerza esta idea, y también la trasciende.

Nancy Rojas

NOTAS

[1] María Teresa Gramuglio, “Arte Nuevo. Viernes 11 de agosto. 22.05 hs”, Rosario, 1967.  En: Guillermo Fantoni, Arte, vanguardia y política en los años ’60. Conversaciones con Juan Pablo Renzi, Buenos Aires, Ediciones El cielo por asalto, 1998, p. 94.
[2] Entrevista de Hans Ulrich Obrist, en: Hans Ulrich Obrist, Breve historia del comisariado, Madrid, Exit, 2010, p. 55.

Publicado en: Baeza, Federico ... [et al.], Construcción de un museo, Rosario, Ediciones Castagnino/macro, núm. 5, 2015, pp. 22-27. Descargar publicación completa: click aquí.

Crédito fotográfico: Museo Castagnino+macro, Rosario.